El universo del sado Femdom tiene su Big Bang en el deseo que la mujer fetiche genera en sus adoradores. Esa adoración tiene una fuerte impronta estética. A partir de la estética fetish, las mujeres sádicas y nuestros esclavos y esclavas recreamos antiguos rituales de vampiresas y víctimas, de flageladoras crueles, de humilladoras, de maridos cornudos que acompañan a esposas insaciables.
En el mundo occidental de hoy, existe una identificación inequívoca entre ciertas vestimentas y rituales con el dominio sexual que algunas mujeres ejercen sobre otras personas que desean ser dominadas por ellas. La identificación entre esta forma de sexualidad y sus símbolos fetichistas ya tiene alcance universal. El poder sexual de la mujer y el símbolo fetichista se han vuelto indistinguibles.
Para las mujeres que gozamos con el sexo Femdom, un collar de cuero, un par de botas o una fusta representan mucho más que adornos y vestimentas. Simbolizan una forma de vivir el sexo y hasta la vida misma. Lo mismo ocurre con la lencería, los zapatos altos y el uniforme de mucama con los que una sissy es travestida por su Ama. No son sólo bellas prendas de vestir: son elementos simbólicos indispensables para el placer sexual de ambas a través del roleplaying del sissismo.
En el mundo de la sexualidad Femdom, los goces se explican a través del entendimiento de un juego de símbolos por parte de personas inteligentes que son capaces de comprender lo que dichos símbolos significan. Ni siquiera es necesario meternos en terrenos del BDSM para comprender el poder del símbolo fetichista en la construcción de la femineidad. Basta preguntarle a cualquier mujer elegante de cualquier época sobre su relación con determinados zapatos, carteras, vestidos, make-ups. Ella nos contaría como cambia su personalidad y su estado de ánimo con sólo ponérselos y mostrarse en público. El arreglo personal en una mujer puede ser visto como un cambio de piel que nos predispone a una cierta actitud y es posible conectarlo con el pensamiento mágico de los albores de la Humanidad en donde el cazador primitivo se revestía de la piel del animal cazado para absorber parte de su fuerza y poder.
Como todo juego, al juego del sexo Femdom se lo disfruta cuando se lo juega en serio. Cuando el artificial maquillaje que complementa al látigo de la domadora y las brillantes y negrísimas botas de tacones estratosféricos son acompañados por la personalidad y la convicción de que un poder real emana de quien viste todo esa armadura fetish elaborada hasta el detalle. Sólo entonces la parafernalia fetichista es vivida con alegría y felicidad, el nick y el nombre real casi confluyen y la máscara se parece tanto al rostro. La vida real y la sesión fetichista no están separadas por un abismo porque toda la artificialidad del rol se sostiene en base a la naturalidad con que se lo vive. Los símbolos y los rituales cobran vida propia. No se actúa un personaje, se vive y se goza una persona.
La adoración fetichista nos permite acceder a un mundo mágico de placeres sexuales de dominación y sumisión que serían inaccesibles por otras rutas. Si las vestimentas y rituales fetish nos provocan tanto placer que se han vuelto parte inseparable de nuestra sexualidad, es porque son el símbolo artificial que expresa a la perfección la realidad natural de nuestras pasiones y nuestros deseos.






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