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miércoles, 26 de noviembre de 2014

El Hellfire Club. La historia de un templo Femdom







   La revista Tacones Altos, versión española de la estadounidense Leg Show, fue en la Argentina una verdadera Biblia del sexo fetichista en idioma castellano allá por los años noventa. En uno de sus números mensuales del año 1998, su editora Dian Hanson nos preguntaba, desde el título de su columna "Que hiciste tú durante la Revolución Sexual?" Dian nos cuenta así algunas de sus vivencias como Dómina en la vida nocturna neoyorquina de los años setenta.

    No se pueden imaginar como era la comunidad dedicada en la Nueva York de 1977 a la industria del erotismo. Entonces sí que vivíamos como las pornógrafas que éramos. Las fiestas eran maravillosas y muy perversas, los clubes eróticos nos daban entrada gratis y allá en 1978 abrió el primer club sadomasoquista con local propio. Como muchas otras, yo empecé yendo al viejo Hellfire Club....

    Mistress Mistress!!!..empezaba a sonar, nada más cruzábamos la puerta. Las mujeres entrábamos sin pagar y siempre estábamos superadas en número por los ansiosos machos suplicantes. Mistress..puedo invitarle una bebida? nos suplicaban. Y a quien no le gusta que le inviten un trago? Mistress necesita un chico para la limpieza? y te ponian en la mano una tarjeta en la que se listaban sus habilidades caseras. Para cuando acababa la noche, tenías un montón de tarjetas, algunas profesionalmente hechas, de los servicios que ofrecían los sumisos. Mistress..desea sentarse? y te traían una silla o el sumiso se ofrecía él mismo como mobiliario vivo....

    En ese club también tuve mi introducción al sexo del pie. Un patético anciano, con un taparrabos y un collar de cuero fue el primero en preguntarme: Puedo adorar sus pies, Mistress? Eso ocurrió en mi primera visita y me había estado siguiendo desde que había entrado, veinte minutos babeando mientras miraba mis pies metidos dentro de unas sandalias de altos tacones. Mis compañeras me animaron a dejarle hacer y yo, francamente, sentía curiosidad......Y aunque jamás lo hubiera tenido en cuenta como compañero de cama, el estar allí sorbiendo una bebida y hablando con mis amigas mientras él me lamía los pies, me resultó tremendamente excitante. Después de esto, tanto mis amigas como yo siempre consideramos el servicio a nuestros pies como una cosa normal en las noches que íbamos de clubes. Es lo más cerca que jamás haya estado de esa decadencia que se les supone a la nobleza de la antigua Roma. Algunas noches mis pies eran mimados por cinco o seis hombres y lamidos por tres o cuatro. Y todo ello sin una auténtica interacción verbal.....

   Admito que éramos unas Dóminas muy vagas, que aceptábamos las bebidas, las tarjetas de servicios, los masajes y la adoración y no dando casi nada a cambio; pero donde puede un hombre, hoy en día, saborear los pies de mujeres desconocidas y vivir sus fantasías al precio de unos pocos tragos? Tambien creo que éramos más auténticas que la mayoría pues estábamos motivadas por nuestros propios deseos y no interpretábamos una escena coreografiada por el sumiso para su solo placer....

    La columna adopta en los párrafos siguientes un aire nostálgico. Con el fin de los años setenta, la cocaína se vuelve una rutina en el mundo de las discotecas neoyorquinas. El glamour de la adoración fetichista le cede el lugar al SM cada vez más duro y agresivo. Dian cuenta que ella y su grupo de amigas dejaron de ir a los clubes cuando el  consumo de drogas se volvió moneda corriente sumado al abuso en prácticas cada vez mas extremas. El golpe de gracia llegó cuando el SIDA se volvió pandemia y la mayoría de los clubes de sexo debieron cerrar sus puertas. De todas formas, cuando quienes manejan un club nocturno pierden el rumbo y se olvidan de privilegiar el confort y la satisfacción de las damas, sólo es cuestión de tiempo para que les llegue la inexorable sentencia de cierre. El negocio de la noche siempre ha sido un territorio extremadamente sexista.

   Estoy contenta de haber experimentado los años setenta y de haber sobrevivido para poder contar estas historias. Y lamento que no pudieran haber estado allí, cuando a las mujeres les gustaban tanto los fetiches como les gustan a ustedes.
   
Dian Hanson






Fuente: Tacones Altos N° 48, septiembre 1998.

lunes, 20 de octubre de 2014

Cuando comenzó tu fetiche? (parte I)





   Uno de los placeres que más me gratifican cuando escribo para el blog es el de establecer un ida y vuelta con lectores que me dejan sus testimonios. Hoy rescato del archivo al comentario de Miquel Andreu para mi columna Los Ornamentos de la Profana Hermandad. Miquel nos cuenta sus inicios en el fetichismo con mucha sencillez pero a la vez con riqueza y pasión.

   Mis conocimientos sobre fetichismo son muy básicos. Desconozco la existencia de fetichismo basado en elementos de uso masculino, si exceptuamos la cultura homosexual. Ninguna mujer me ha comentado nunca un recuerdo de infancia basado en una imagen de un objeto masculino… Será la mente del hombre la que necesita esos agarres para crear una fantasía y con ella un mundo interior ?

Lo reconozco de antemano, mi respuesta es clásicamente sexista. Los hombres y algunas mujeres nos sentimos muy atraídos por la belleza femenina. No existe por parte de las mujeres (o existe pero muy atenuado), un sentimiento complementario hacia los hombres. El fetiche no es otra cosa que el elemento que profundiza esa belleza y le otorga un poder de atracción irresistible. Al decir esto, afirmo que la belleza femenina existe y que no es una construcción social impuesta por los vendedores de lencería o por los fabricantes de zapatos de tacón. En todo caso, ellos sólo satisfacen demandas: la demanda de las mujeres por incrementar nuestro atractivo y la demanda de los hombres por incrementar su deseo. Nada avala mejor mi tesis que el crossdressing. Como mi sumiso marido suele decir: Las mujeres si lo desean, pueden vestirse, y de hecho lo hacen, como el mecánico o el verdulero pero nunca conocí a un varón crossdresser que al momento de vestirse de mujer elija esa clase de ropa.

   Dian Hanson, cuando trata este tema, lo hace desde un punto de vista más psicológico. En mi columna El fetiche es una cuestión de amor, posteada en noviembre del 2012, cito a Dian cuando sostiene que los fetiches suelen comenzar cuando un niño se siente atraído por algo brillante, suave o colorido (raso, seda, lentejuelas, pieles) pero que es percibido por los adultos como femenino. Entonces, es alejado de ello, a menudo con severidad. Las niñas no suelen experimentar estas experiencias de mutilación. Pero en el niño, la fijación en ese objeto puede no desaparecer sino que se expresará años después en el ámbito del fetichismo. Los fetiches se inician, de acuerdo a esta teoría, cuando un niño, ansioso y experimentando, entiende que si expresa ese deseo, rompe las reglas establecidas y corre riesgo de perder el amor de sus padres. El fetiche, según Hanson, tiene mucho que ver con la búsqueda del amor. Comprendido este punto esencial, vuelvo al testimonio de Miquel.

   Mi fetichismo nace de niño, de muy niño. El recuerdo indeleble es el de una mujer de carnes prietas. Yo estaba detrás de ella, de pie. Mis ojos coincidían con la parte más volumétrica de sus posaderas. Llevaba una falda ajustada que marcaba tipo redondeado. La falda se estrechaba mientras descendía por los muslos. Llegaba justo a la altura de la rodilla, a media altura. Luego, unas medias semitransparentes negras lucían una línea que empalmaba el negro de la falda con el de unos zapatos de salón. Recuerdo aquellas formas voluptuosas de su cadera y su pierna (entonces no era capaz de entender que me sucedía mientras la miraba), la medias con la costura y el tacón alto de sus zapatos. Creo que construí mis primeros pasos en el fetichismo, a partir de aquella altura que me permitía observar caderas y piernas torneadas por una moda que enaltecía la forma femenina.

La experiencia de la infancia que Miquel comparte es la de millones de hombres. Una visión femenina, mágica y fundacional determina su sexualidad de por vida. La raíz que subyace detrás de todas estas imágenes es la misma: una mujer que está vestida y arreglada de modo tal que su belleza se transluce en poder de atracción sexual. Ese niño, cuando sea adulto, buscará el amor como los demás, pero esa búsqueda tendrá la marca del fetiche. Y si se atreve y le toma el gusto, él mismo intentará transformarse en la mujer de su deseo y buscará el amor en otra mujer que comprenda y estimule ese deseo.

   Ahora, ya no tengo remedio. Mis 180 centímetros de altura no son un impedimento para escanear a una mujer y todo lo que lleva puesto. Lo visible y lo invisible. Por eso, cuando tengo la suerte de desnudar a una y conocer como se viste por dentro siempre pierdo la apuesta que hago conmigo mismo. Mi fantasía nunca coincide con la realidad. Y eso es estimulante, añade un aliciente al de por si ya excitante del descubrimiento de su cuerpo y su deliciosa vergüenza.

Miquel, gracias una vez más por compartir tu testimonio. Mi deseo, mientras escribo estas líneas finales, es que los sumisos fetichistas encuentren el amor sobre el que tanto fantasean, que la fantasía se haga realidad y que sepan ser dignos escuderos de la dama que sabe vestir medias negras con zapatos de tacón o calzar botas marrones de plataforma porque así es como ella enaltece el poder sado y sensual de su femineidad.





lunes, 5 de noviembre de 2012

El fetiche es una cuestión de amor

      

   Pocas personas en el mundo son capaces de hablar tan claramente sobre el fetichismo y sus cultores como Dian Hanson. Editora de revistas fetichistas y pornográficas durante más de veinte años y habiendo vivido (y también sobrevivido) a toda la movida sado neoyorquina de fines de los ’70, previa a la aparición del SIDA y a la moral reaganiana, Dian, a diferencia de muchos otros editores de pornografía, no se ha caracterizado por despreciar a sus lectores sino por intentar entenderlos, apreciarlos, valorar sus fantasías y establecer con ellos un correo de ida y vuelta con lo que ha logrado hacerse de una legión de fieles seguidores que le han abierto su corazón y sus más íntimos deseos. Nada resulta más tranquilizador y agradable para un hombre fetichista que un par de oídos femeninos que se interesen por sus fantasías en lugar de juzgarlas peyorativamente. Parece algo obvio, pero resulta que no lo es tanto. El fetichista fue, es y será un tipo generalmente despreciado, tanto por los vainillas como por los ortodoxos cultores del BDSM. Para ambos, no es más que un pajero
   
   Recordaba a Dian el otro día cuando leía en High Heels Place a un forista varón que comentaba, un poco enojado, acerca del porqué la palabra fetish parece estar invariablemente dirigida a un hombre. El hecho de que las mujeres por lo general no desarrollen una sexualidad de tipo fetichista, en vista de Hanson, es el resultado del intenso escrutinio cultural al que se ven sometidos los hombres. Hanson sostiene que los fetiches suelen comenzar cuando un niño se siente atraído por algo brillante, suave o colorido (raso, seda, lentejuelas, pieles) pero que es percibido por los adultos como femenino. Entonces, es alejado de ello, a menudo con severidad. Las niñas no suelen experimentar estas experiencias de mutilación. Pero en el niño, la fijación en ese objeto puede no desaparecer sino que se expresará años después en el ámbito del fetichismo. Los fetiches se inician, de acuerdo a esta teoría, cuando un niño, ansioso y experimentando, entiende que si expresa ese deseo, rompe las reglas establecidas y corre riesgo de perder el amor de sus padres. El fetiche, según Hanson, tiene mucho que ver con la búsqueda del amor.
   
   Si el BDSM  puede ser definido como un conjunto de respuestas emocionales, el estímulo que el fetichista necesita para desencadenar dicha respuesta es una experiencia sensorial, sensual, sensitiva. A diferencia del sumiso convencional (generalmente de sexo femenino) que llega en busca de un dominante para descargarle cual mochila de adoquines su entrega sumisa que no es otra cosa que la necesidad de que alguien se haga cargo de su sexualidad y también de su vida, el sumiso fetichista sólo se somete si percibe en una Dómina un estímulo que él registra como sensual. Sólo necesita el estímulo correcto, esta vez sin mutilaciones. El problema general es que las mujeres que se dicen dominantes rara vez entienden esta situación y pretenden, con su típica e ignorante soberbia, que su poder estará establecido el día en que consigan resetear la mente del sumiso para poder escribir allí lo que ellas quieren. En lugar de comprender la realidad de un hombre que quizás tiene mucho para dar, prefieren contruir mitos sobre el deber ser. Por supuesto que en estos casos el fracaso está a la vuelta de la esquina. No debe haber cosa más irreductible en la psiquis de una persona que una fantasía sexual acariciada durante años de masturbaciones.

   Ellos no son más que pajeros. Punto final a la cuestión.

   Un sumiso fetichista suele ser un hombre que se ha atrevido a desafiarse a sí mismo y a asumirse. Hace poco, en otra columna, escribí sobre los "masturbadores indómitos que conservan la inocente perversidad del deseo sexual puro y virgen. De la relación estímulo–respuesta que no está contaminada con ningún condicionamiento social, comunitario ni ético". Me refiero justamente a esta clase de hombres, que llegan hasta nosotras con un largo historial de masturbaciones, deseos y fantasías que entendidas y asimiladas en un marco de respeto mutuo, pueden abrir un mundo de juegos sexuales de riquísima variedad.

   Vuelvo a Dian Hanson: El fetiche tiene mucho que ver con la búsqueda del amor. Cuando me lamen las botas que yo elegí primorosamente para seducirlos, yo los amo y ellos me están dando amor. No el amor cursi que a lo mejor las mujeres esperamos, incluidas las chicas bedesemeras que sueñan con el collar, la cartita y las esposas de peluche. Es un amor diferente, hablado en un lenguaje diferente, pero que las mujeres podemos entender fácilmente si nos lo proponemos. Convendría que las mujeres les prestemos más atención a estos tímidos galanes en potencia. A lo mejor te llevás una sorpresa...te lo dice una que vive sorprendida de las muestras de amor incondicional y romántico que recibe por parte de tantos pajeros.






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