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viernes, 17 de junio de 2022

Nathalie Rattner presenta a Onyx

   La obra de la artista canadiense Nathalie Rattner ilustró mi blog hace años con el arte del retrato a lápiz de la chica pin up en general y de Bettie Page en particular. Pero Nathalie también es la dueña de su propia heroína con la mejor tradición sexy – picaresca de las pin ups, una chica llamada Onyx. 

   En esta serie de dibujos, Nathalie Rattner homenajea a Bill Ward, imitando con Onyx las poses sensuales de sus modelos y el estilo del lápiz difuminado. Para completar la sensualidad de esta entrada, te sugiero echar una mirada a las siguientes direcciones

a) La entrada anterior de Nathalie en mi blog.

http://sadobyroxy.blogspot.com/2014/03/nathalie-rattner-y-el-arte-de-pintar.html

b) La página personal de Nathalie con todas las aventuras de Onyx y mucho más.

http://www.nathalierattner.com/

c) Las telephone girls de Bill Ward, inspiración de Onyx

http://sadobyroxy.blogspot.com/2013/08/las-chicas-de-bill-ward-te-llaman-por.html

 

   Sin más para decir, les presento a Onyx

 



































lunes, 25 de noviembre de 2019

Tacones altos. Shoedog






   Quienes googleen la palabra shoedog, probablemente se topen con la tapa de un libro que es la autobiografía del fundador de Nike, Phil Knight. Pero como tantas otras palabras relacionadas con la vestimenta, en especial con la vestimenta femenina, mucho más especial con el calzado femenino, shoedog tiene un significado oculto, sólo conocido por los fetichistas de los tacos altos.

   Un shoedog es en principio un vendedor de calzado para mujeres que pone mucho empeño en su tarea. Pero una segunda lectura le da un significado algo diferente. Shoedog no es un vendedor de zapatos que podría vender cualquier otra cosa en una gran tienda. Un shoedog es además un fetichista apasionado por los zapatos y por los pies femeninos. Es un devoto admirador de sus clientas, de todas ellas, no sólo de las más hermosas o de las que tienen los pies más cuidados. Es un experto en su oficio, un sabio de los talones, los arcos y los dedos, que sabe como usar las palabras para hacer sentir a su clienta confortable y complacida, sin acosarla ni intimidarla, sin atravesar los límites de su obsesión.

    Un breve rastreo en Internet del término shoedog nos lleva en primer lugar al año 1962 y al escritor Leslie Fiedler. En un cuento titulado An expense of spirit, Fiedler pone en boca de su protagonista la frase I am a shoe salesman, a shoedog my colleagues prefer to say... Décadas después, el novelista George Pelecanos publicó en 1994 una novela titulada justamente Shoedog en donde el propio protagonista, un vendedor de zapatos, se describe como ...un perro que cuando cruza un puente, no mira a derecha ni a izquierda, mantiene su cabeza recta y su mirada fija porque toda su atención está en alcanzar el otro lado del puente. El perro de los zapatos sólo presta atención a los pies y el calzado de las damas. No pierde tiempo en otros menesteres.






      Desde nuestro lado femenino, encontrarnos con un verdadero shoedog del otro lado de la caja cuando salimos de compras de zapatos o botas es una de las experiencias de shopping más gratificantes que una mujer fetichista puede experimentar. Y puedo atestiguar que en mis recorridos por zapaterías de varios países, he tenido varias. 


martes, 12 de febrero de 2019

Dominación financiera





   Teresa Calandra, para quienes no la conocen, fue una gran mannequin argentina de los años setenta, los años de oro de nuestro modelaje, cuando compartía pasarelas con divas como Carmen Yazalde, Mora Furtado, Teté Coustarot o Evelyn Scheidl. Con los años, y aprovechando que su voz era tan sensual como sus piernas, se inició como periodista y comentarista de modas. Hace años, conduce en la televisión su propio magazine semanal Con Teresa sobre moda, viajes y tendencias que rebosa glamour y belleza. De la presentación del programa de Teresa Calandra, extraje estas dos frases que expresan con pocas palabras todas las maravillas que el universo Femdom tiene reservado para las mujeres.

En el mundo de una Mujer, todo puede ser perfecto.
Para Nosotras, lo mejor.

   Yo pertenezco a la raza de mujeres dominantes que nos regocijamos en la estética femenina del clásico diva style. Parte del encanto que irradia ese estilo es que suele ser costoso. No cualquier mujer puede permitirse pagar gustos caros y superfluos pero para las Dóminas de cierta clase, ese es un detalle menor. Adivinen quienes son los que pagan las cuentas. Supongo que habrán acertado.

   Cuando hablo del fetiche del diva style, estoy hablando de algo mucho más profundo que de usar perfumes, carteras o zapatos elegantes. Me estoy refiriendo a una manera femenina de vivir la vida con un estilo que la revista Leg Show, en su edición española, denominaba con genial síntesis, Hay mujeres que llevan un estilo de vida que puede ser definido como un estilo de tacones altos. Esta forma glamorosa de vivir la femineidad tiene un fuerte nexo con la dominación femenina porque los gastos que dicho estilo de vida implica no son solventados por las mujeres que lo gozan sino por los hombres sumisos que las acompañan y que acceden con mucho gusto a abrir su billetera para complacerlas en todo lo que ellas requieren y desean. Por supuesto que los deseos de ellas siempre refuerzan su encanto a los ojos de ellos.





   No niego que suelo ser sádicamente manipuladora. Me aprovecho de mi condición femenina para obtener de los hombres, y en especial de mi esclavo marido, lo que quiero, cuando quiero y como quiero. Los lujos no me generan culpa sino todo lo contrario; siento que merezco ser siempre tratada de una forma especial y única. Me gusta ser cortejada. Me divierten los viajes, las piscinas, la ropa elegante, los zapatos de estilo, sentarme en buenos sillones y dormir en cómodas y bien cuidadas alcobas. Vivo la dominación femenina como si estuviera sentada en un trono en donde soy atendida y adorada como siento que debo serlo.

   El clásico estereotipo de la mujer dominante es mucho más que un outfit exterior; desde el interior de su modo de vivir, nos presenta a una mujer de aspecto y modos altamente erotizados que pone su placer y la satisfacción de sus caprichos como piedra fundamental de cualquier relación o experiencia en la que participe. Una mujer que suele gozar de gustos refinados porque siempre tiene a su lado a un hombre que disfruta complaciéndolos. Junto a Ella, no hay lugar para altares en donde quemar incienso en homenaje a la entrega del sumiso porque el único pedestal está destinado para el trono de la Diosa.

   Esta forma de entender y de gozar el sadismo (muy diferente a la concepción del sadismo como administración de dolor en forma controlada) siempre generará condenas por su propia naturaleza, supuestamente inmoral e injusta. En el mundo de la sexualidad BDSM, no debe haber mayor desigualdad entre hombres y mujeres que aquella en donde el placer se apoya en los regalos y atenciones de los hombres hacia las damas y nunca al revés. A menor igualdad, mayor placer.

   A quienes nos critican desde la típica posición moralista del BDSM de los amos y las sumisas, yo les recuerdo que nuestros esclavos no son ni atados ni forzados ni violados. Podrían decir no quiero, no pago, no te lo compro. Pero no lo dicen. Les tocó el supuesto lado perdedor de la desigualdad pero ellos siempre sonríen mientras ponen la tarjeta para pagar porque saben mejor que nadie que no cualquiera es elegido y seleccionado por una Dómina para cumplir con ese rol. Ese rol tan criticado desde afuera del Femdom por los maestritos del librito BDSM y a la vez tan codiciado desde adentro y que tan felices los hace. Como los galantes sumisos que son, ellos también creen, al igual que Teresa Calandra, que en el mundo de una mujer todo puede ser perfecto y desde lo más profundo de su sumisión desean para Nosotras, lo mejor.



La Dominación financiera...por Bill Ward








domingo, 17 de julio de 2016

Dadaísmo en el sexo BDSM







   Cien años atrás, el 14 de julio de 1916, el poeta Hugo Ball leyó un manifiesto frente a los asistentes del Café Voltaire de Zurich. La ciudad se había transformado en un hervidero de intelectuales y artistas procedentes de toda Europa, por obra y gracia de la neutralidad suiza en la primera guerra mundial. El movimiento al que Ball daba formalmente inicio había nacido de las reuniones en el propio Café Voltaire y se denominó dadaísmo. Su hermoso y utópico objetivo era hacer tabla rasa con todo convencionalismo artístico y moral. Con su proclamación de que toda obra humana podía ser considerada como arte, precursor del pop art, de los happenings masivos y de los movimientos contraculturales del siglo XX, Dadá cuestionaba el concepto mismo de arte en un intento supremo por liberar la creatividad humana de toda restricción.


   Mientras tanto en Nueva York, Marcel Duchamp, el pintor francés que había huido de la guerra como tantos otros, se había convertido en el referente de otra efervescente movida cultural. En 1917, la Sociedad de Artistas Independientes a la que Duchamp pertenecía, organizó una exposición de arte sin premios ni jurados. Allí Duchamp presentó una obra que lo haría célebre. Firmó un urinario con el pseudónimo R. MUTT y lo envió a la exposición con el título de Fuente. 






   Así fue como Duchamp y su grupo comenzaron a ser conocidos como los dadaístas de Nueva York. Para 1919, Duchamp realizaría su ready made más famoso: los bigotes y la barba sobre la Gioconda, titulada L.H.O.O.C. que significa Elle a chaud du cul (Ella tiene el culo caliente). Así Duchamp dinamitaba el respeto histórico por el arte, por aquello que se exhibe y se estima como arte, usando un procedimiento simbólico para quitarle valor histórico.





   Un siglo después, el BDSM nos encuentra navegando en una corriente de sexualidad Femdom que también explora formas de dinamitar en forma simbólica los valores patriarcales que solemos tener incorporados como propios en nuestra sociedad. Los hombres siempre necesitaron controlar la propia inseguridad de no poder satisfacer sexualmente a la hembra y enfrentados al abismo del temor, no suelen encontrar mejor método que intentar controlar a la misma hembra. La dominación femenina no sólo rompe todo control sino que propone recorrer nuevas  superficies de placer como el cuckolding y la sissificación, que juegan con el tabú de la ruptura de la identidad masculina tal como ha sido vista históricamente. 


   El cuckolding pone en juicio la capacidad del hombre para poseer a su esposa en su doble acepción de ser el único capaz de llevarla hasta el orgasmo y de ser el único autorizado a poseerla como algo propio que jamás puede cederse porque se necesita dormir con la seguridad de que los hijos (los futuros herederos) son de su sangre. Enfrentando estos temores tan ancestrales, la esposa cuckoldress es libre para gozar de los hombres que la atraen incluso en la presencia del marido cornudo; a veces él debe acompañarla en sus correrías haciendo de chofer o criado, limitado a un rol secundario o simplemente observando.


   En el sissismo, el sumiso es vestido de mujer haciendo entrega de la actitud viril que está asociada a la dignidad del varón. Así como la chica cross se dedica a perfeccionarse como mujer sin que haya necesariamente una excitación erótica de por medio, las sissies son sumisos feminizados por una Dómina mujer con un necesario nivel de forzamiento sexual que puede incluir escenas de sodomía, humillación, ridiculización y prostitución forzada. En la petticoat discipline (disciplina en enaguas) la sissy goza y se complace en entregarse para ser usada por la mujer sádica que la domina como mucama o putita, destruyendo en forma ritual toda relación con la clásica imagen masculina.


   En esta semana en que se cumple un siglo de aquel manifiesto de Zurich que dió impulso a todo un movimiento que fue artístico y revolucionario a la vez, quiero afirmar que al celebrar nuestras sesiones, las dominatrices estamos haciendo mucho más que entregarnos al goce sádico de los sentidos. Al estar nuestros rituales tan cargados de simbolismos, nos hemos convertido, quizás sin saberlo, en las modernas dadaístas del sexo. A lo largo de los años, entre orgasmos y risas, hemos transformado a los cuerpos humanos sumisos en orgiásticas obras de arte que encubren sutiles operaciones de desmonte de todos los convencionalismos patriarcales. A cien años del nacimiento de Dadá, creo que Hugo Ball y Marcel Duchamp estarían muy orgullosos de Nosotras.










Imágenes: Bill Ward



viernes, 17 de junio de 2016

Los precursores. Bill Ward





   Bill Ward, neoyorquino de nacimiento y nacido en 1919, es unánimemente considerado uno de los padres fundadores del comic erótico. Su biografía ya fue esbozada en esta entrada de mi Magazine cuando presenté a sus preciosas telephone girls. Hoy quiero recordarlo por segunda vez con otra serie de cartoons que pertenecen al mejor período creativo de Ward, alrededor de los años cincuenta. 

   La primera de esta serie es mi favorita; la chica que vuelve de una fiesta de sexo y le pide a su amiga que le recuerde que nunca más debe ir a una orgía en lo de Mary Jo porque no hay hombres. Se lo dice con cara de cansada, con la ropa arrancada y la piel cubierta de besos femeninos. Si lo sabré yo, no hay nada como una fiesta ladies only para quedar de cama. La siguiente es genial: la chica de grandes tetas que atiende el bar le pregunta al empleado de la construcción que trabaja echando cemento si ya está empezando a ponerse duro. Si lo que está poniéndose duro es el cemento, los pezones de la chica o la entrepierna del muchacho, no lo sabemos. La que le sigue es una vampiresa clásica de Ward que aparentemente sólo sabe pegar cartas con la lengua; motivo más que válido para ser contratada de inmediato.

   En las restantes imágenes, la seducción femenina es para Ward un encantador cuadro de costumbres en donde exhibir con cinismo y humor cómo es esto de las bellas y manipuladoras mujeres que siempre obtienen lo que quieren. Desde la chica que intenta escalar una montaña en tacones altos y le reclama al muchacho que la acompaña debiste dejarme vestir el otro uniforme que uso cuando hago autostop hasta las clásicas putas finas hermosamente enguantadas hasta los codos, fumando en boquillas y envueltas en pieles pagadas por sus acaudalados amantes, Bill Ward siempre pone los puntos con claridad y sin vueltas. Uno de los más grandes maestros del Femdom gráfico. 
































































sábado, 21 de febrero de 2015

Las tetas






 Ensayo sobre las tetas

   Ahora que llega el calor y por toda la ciudad afloran las tetas con su vanguardia prometedora de un tiempo blando, vale quizá entregarse a esa curiosidad primaria que generan las tetas en la vida de los hombres. Primero están las tetas paradigmáticas, formativas. Las tetas alarmantes del cine o la TV. Depende la edad de cada uno. Para una generación fueron las tetas de la Loren en Bocaccio 70 o de Anita Ekberg en La Dolce Vita. Para otros habrán sido las tetas de la Cucinotta en Il postino, o las tetas ya más estilizadas y armónicas de Mónica Bellucci en Malena. El cine italiano siempre fue proveedor de grandes tetas mediterráneas.

   Las tetas americanas en cambio siempre quedaron en un tercer plano, detrás de las explosiones y los autos chocadores. Estados Unidos no fue ni es un buen proveedor de tetas, a excepción de las tetas de Lynda Carter en La Mujer Maravilla que eran bastante notables, tetas atléticas, altivas, heroicas, increíblemente controladas por ese corset con estrellitas. Wonder Woman provocó en muchos las primeras inquietudes masculinas, el primer desasosiego, esa terrible sensación de falta que nos dejaba temblando ante la tele y el Nesquik, sin entender bien por qué. Pero en general, las tetas yanquis suelen ser más silicónicas, como las de Pamela Anderson en Baywatch. O, si son naturales, como en el caso de la morena totémica Tyra Banks, ni tienen gracia ni son sexies. Tyra es tan poco sexy que en su programa invitó a un famoso cirujano plástico para probar, en vivo, que sus tetas son naturales. El cirujano se las palpó y le hizo una mamografía en directo, frente al público invitado. A Tyra, emocionada, se le entrecortó la voz explicando que hacía eso porque estaba harta de que dijeran que sus tetas no eran suyas.

    A nivel nacional, todavía la Coca Sarli no ha sido desbancada de su puesto de diva exclusiva del fetichismo mamario, con una filmografía entera dedicada a sus tetas panorámicas, sus tetas como auspiciadas por la oficina nacional de turismo, porque asomaban en todos los lagos, las montañas y las cataratas del país, dándole una categoría geográfica a esas tetas exhibidas a la par de la exhuberancia del paisaje. Sus largas flotaciones en la hidrografía argentina no tienen y quizá no vuelvan a tener un parangón.

   Después de las tetas virtuales y mediáticas, aparecen en la vida de uno las tetas reales, quizá todavía no palpables, pero sí visibles. Aquellas tetas que uno vio por primera vez desnudas, en persona, no se olvidan nunca más. Cuando estaba en segundo año del secundario, me llevé a marzo Lengua y literatura y tuve que tomar clases particulares de análisis sintáctico con una profesora que venía a casa. Se llamaba Teresa. Yo tenía quince años y ella no pasaba de los veinticinco. Era diciembre y hacía calor. Teresa venía a casa con unas musculosas sueltas, sin corpiño. Un día, sentados juntos, inclinados frente a las oraciones para analizar, le vi a través del escote las tetas, las puntas de las tetas, los pezones rosados. Sentí una alteración violenta, como si se me frenara toda la sangre de golpe y me empezara a fluir en la dirección opuesta. Ella se dio cuenta y se acomodó la musculosa sin preocuparse demasiado, dejando que volviera a pasar lo mismo varias veces. Tomé más clases, estudié mucho y di un muy buen examen. Nunca me olvidé de las estructuras sintácticas de Teresa. El relámpago clandestino de sus tetas veinteañeras le dio un erotismo a la materia que ningún profesor del colegio lograría infundir jamás.

   La mirada de los hombres dobla. Cuando pasa una mujer con lindas tetas la mirada de los hombres se curva, busca, se inmiscuye a través de los pliegues, a través de los escotes o los botones mal cerrados, y adivina, sopesa, sentencia. Las mujeres modelan sus tetas como quieren. La ropa puede levantar las tetas, ocultarlas, ajustarlas, trasparentarlas, sugerirlas, agrandarlas. Es bueno conocer todos esos trucos, no tanto para no dejarse engañar, sino más bien para participar y entregarse al juego. Las tetas de los años cincuentas, por ejemplo, eran cónicas, eran parte de un torso sólido y apuntaban amenazantes; después, en los sesentas, las tetas desaparecieron un poco de escena en el hippismo de las pacifistas anti corpiño; en los ochentas empezó la fiebre de las siliconas; y ahora las tetas son como globos apretados y empujados hacia arriba por el famoso wonderbra. Hay que tener en cuenta que el wonderbra da forma, pero también rigidez. Y es una lástima porque no hay nada como ese temblor hipnótico que va a un ritmo aparte de los pasos de la mujer, como un contrarritmo, una síncopa propia de las tetas naturales en acción.

   Las tetas tienen vida propia, eso es sabido; no son como el culo por ejemplo que se mueve dirigido por su dueño. Las tetas parecen difíciles de controlar. En ocasión de cabalgatas, escaleras y trotes para alcanzar el colectivo, pueden incluso ser graciosas, torpes y poco serias. Algunas mujeres sin embargo tienen la habilidad de dirigirlas. Nuestra deslumbrante Carla Conte por ejemplo, sabe hacer un mínimo taconeo entusiasta, un rebote de afirmación, de plena simpatía, de aquí estoy, que le provoca un temblor hacia arriba que termina en una especie de vibración de trampolín a la altura de sus tetas plenipotenciarias de chica de barrio. Un movimiento que le ganó televidentes y que detiene el zapping. Dentro de los cambios evolutivos, que van del homo sapiens al homo mediaticus, la función más importante de las tetas hoy en día ya no es la reproducción sino la capacidad para aumentar el rating.

    Pero volviendo a las tetas reales de este lado de la pantalla, ¿cómo se accede a ellas, cómo se alcanzan y develan? Las mujeres tetonas tienen una habilidad desarrollada durante años para frenar las manos de los hombres-pulpo. El hombre-pulpo es el que no da abasto, el que ya tiene las dos manos agarrando cada cachete del culo y va por más, porque quiere además palpar simultáneamente la abundancia de las tetas y es como si les nacieran dos brazos suplementarios para alcanzar ese fin. Pero las mujeres tetonas tienen mucha destreza, saben interponer el codo y bloquear todo intento de avance. Hay que aprender que si una mujer detiene una mano no hay que insistir, sino intentar más adelante por otro lado, despacio, sin apurarse. Nunca jamás debe intentarse tocarle las tetas a una mujer antes de darle un beso, porque sería un fracaso (hay excepciones, hay abordajes muy acalorados por detrás que vienen con doble estrujamiento de tetas y beso en el cuello, pero no son muy frecuentes entre desconocidos). En general las tetas se exploran durante el beso, en lo más apasionado del beso. Una vez instalados en ese vértigo, se puede subir una mano por la espalda que explore debajo del elástico del broche del corpiño, pero sin desabrochar nada todavía, en una caricia que llegue a la nuca, que disimule un poco pero que a la vez diga ya estoy acá debajo de esta lycra tirante y no me voy a detener. Si la mujer accede tácitamente (porque nunca hay que preguntar ni pedir permiso) entonces ahí sí, se puede intentar desbrochar, desmantelar la delicada ingeniería del corpiño, desactivar esa tensión tan linda, lo elástico, lo tirante de las tetas sujetadas entre diseños de moños y florcitas. Y entonces llega la verdad, sin íntimos trucos textiles, la doble realidad pura y palpable. Entonces aparecen, asoman en estéreo, se despliegan las tetas en todas sus variantes como ejemplos de la biodiversidad. Tetas duras, nuevas, tetas derramadas, pesadas, tetas blandas, inabarcables, tetas sin caída, sin pliegue como cúpulas altas de pezones rosados, tetas apenas sobresalientes pero halladas finalmente por las manos, tetas enormes y llenas, tetas asimétricas, tetas breves pero puntiagudas de pezones duros, tetas lisas de aureolas enormes apenas dibujadas, tetas blancas, morenas, con marcas de bikini, tetas chiquitas y felices, tetas tímidas, esquivas, o desafiantes, orgullosas, guerreras. Todas lindas, dispuestas para el beso, la lengua, el mínimo mordisco, y provocando una sed desesperada cuanto más grandes, una actitud ridícula del hombre que de repente actúa como un cachorro ciego y hambriento y desbocado.

   Y sin embargo esa sed no termina de saciarse. Hay algo misterioso en la atracción por las tetas. Porque, ¿qué se busca en las tetas? Las atracciones de la cintura para abajo tienen un objetivo siempre más claro y complementario, que termina consumándose sin demasiado equívoco. Pero en las tetas, ¿qué buscan los adultos? Que todo sea un simulacro de lactancia no cierra bien. Demasiado edípico y cantado eso de buscar repetir ese vínculo nutricio con la madre. ¿Y además las mujeres qué ofrecen cuando ofrecen sus tetas? Dicen que la existencia de las tetas tiene un propósito de atractivo sexual (además de su fin alimentario). Dicen que al estar erguidas las hembras humanas tuvieron que desarrollar una especie de reduplicación del culo en la parte de delante de su cuerpo para atraer a los machos. Ése es el fin que cumplirían esas dos esferas juntas a la altura de las costillas superiores: ser un señuelo similar a un culo llamativo. La explicación parece bastante ridícula y quizá por eso mismo, porque el cuerpo humano es bastante ridículo, sea cierta.

   Las tetas son insoslayables. Imanes de los ojos. Las tetas invitan a la zambullida para pasarse un verano entre esos dos hemisferios. Son más fuertes que uno. Hay una fuerza hormonal y animal que supera todo intento represivo y civilizatorio por no mirar, por no quedar como un primate bizco de deseo. Mirar todo el tiempo a los ojos a una mujer con un buen escote es un difícil ejercicio de autocontrol, es casi imposible que los ojos no se nos resbalen a esas curvas, que no caigan y se entreguen con toda la mirada a la gravitación de la redondez de la tierra. Porque hay tetas que son insostenibles, y provocan incredulidad. Uno mira una vez y vuelve a mirar pensando ¿Vi bien?  Y sí, uno vio bien, y esa visión genera una inquietud, una insatisfacción total de la vida, uno quiere entrar en ese mundo blando y suave, uno se siente lejos de esas tetas, desamparado como un soldado en la trinchera.

   El anoréxico gusto de la época propone un ideal de mujer flaca pero con grandes tetas, algo raro que se da sólo en casos prodigiosos. Por eso la superabundancia de tetas falsas en los medios, tetas que quedan estrábicas, desorientadas, y a veces un poco ortopédicas. Se exigen mujeres escuálidas que terminan poniéndose siliconas porque sin prótesis presentarían unas tetas apenas protuberantes, tetas de bailarina de ballet; una belleza sutil y sugerida que la tele parece no poder aceptar.

   Una regla extraña pero frecuente hace que las tetonas sean chatas de culo, y las culonas sean chatas de arriba. Como si en la repartija hubiera que optar por una u otra opción. La mujer latinoamericana suele ser más dotada de grupas que de globos. La mujer promedio brasilera, por ejemplo, con su mezcla afro-tupí, suele tener unas poderosas pompas brunas y ser bastante chata de tetas. En cambio las mujeres europeas, nórdicas, suelen presentar, como escuché decir una vez en un canal de cable, un volumen mamario importante. Las alemanas teutonas, las suecas, las valquirias escandinavas, son mujeres con toda la vida por delante. Avanzan heroicas con grandes tetas redondas, doradas, divergentes. En Francia se hace más un culto a las tetas que al culo, y sin embargo las francesas, con excepciones normandas que cortan el aliento como la impresionante Laetitia Casta, suelen ser magras, escasas y finas.

   Quizá las tetas no sean indispensables, pero dan alegría. Por suerte, las argentinas, gracias al encuentro de las sangres nativas y la inmigración mediterránea, suelen tener medidas armónicas, lo que quiere decir que están bien de todos lados. Y si nos llegara a tocar enamorarnos de una mujer sin tetas, habrá que apechugar, quererla y echar de vez en cuando unas pispeadas nomás, disimulando. Hay que tener cuidado. Un amigo tuvo un lapsus que precipitó su separación. Su novia, que era muy chata y celosa, se cansó de pescarlo mirando escotes por la calle y le vaticinó: Vos un día me vas a dejar por una tetona. Y él, queriendo arreglarla le contestó: Sin vos estaría perdido, amor, sos mi tabla de salvación.







Pedro Mairal.
 
Fuente: http://elseniordeabajo.blogspot.com.ar/


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