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miércoles, 9 de abril de 2025

El perenne universo masoquiano (parte II)

 




  El océano infinito de tiempo y espacio en donde las mujeres dominantes gozamos de la sensación de sentirnos poderosas y sensuales, fusta o carterita en mano, es cambiante en su flujo y reflujo a lo largo de los siglos. Pero la esencia jamás cambiará: el juego se juega de un lado con la seducción del poder de la hembra femme y por el otro, con la respuesta deseante de los galantes adoradores, seducidos ante su presencia y comprometidos a brindarle todo lo que ella desee.

   Las edades cambian, las costumbres se modifican pero la esencia de la dominación femenina es siempre la misma. Desde la literatura, fue definida por un maestro del romanticismo extremo, Leopold Sacher Masoch, quien esculpió una obra maestra de lujuria fetichista llegando hasta extremos que jamás ningún otro pudo alcanzar, y por un filósofo? pornógrafo? dramaturgo loco?; el legendario Marqués, cuando estableció una Filosofía desde un femenino Tocador en donde la satisfacción del deseo es el único punto fijo e inmutable en un sistema de muchas variables.

   Gilles Deleuze, en un escrito en donde analiza la novela La Venus de las Pieles de Leopold Sacher Masoch, sostiene que jamás un masoquista soportará a una mujer verdaderamente sádica. Los varones sumisos gozan sensualmente con cierta naturaleza sádica en la mujer pero siempre la mayoría pretenderá regular esta naturaleza con arreglo a un proyecto secreto que fracasaría por completo con una verdadera sádica. No funcionará así o funcionará parcialmente. La armonía en nuestras relaciones de vida mujer dominante - varón sumiso está tejida por ese juego entre lo que ellos proponen desde su fantasía y lo que nosotras realmente somos, un juego que refleja nuestras esencias, tanto la masculina como la femenina. Esa dualidad fantasía masculina y deseo - seducción femenina y dominación es la estructura vertebral del universo masoquiano.

   Apuesto a que el maremoto cambiante de fetiches, rituales y deleites de los años y siglos por venir no afectará las bases sobre la que se sustenta el poder femenino ni modificará una construcción sólida y duradera a prueba de modas y estilos. La moderna tecnología textil puesta al servicio del fetichismo construye belleza y excitación como nunca antes y a veces me pregunto cual será el límite, pero ni la modelo fetish más estilizada y subyugante en su rol de superheroína nos debe hacer confundir: la dominación femenina no es ni será vanguardista.

   Las formas se modernizan pero la esencia es profundamente conservadora. Las mujeres dominantes sembramos nuestro futuro remontándonos a lo más ancestral de Dalila, Isis, Helena y Afrodita. El porvenir de la dominación femenina descansa en las firmes raíces del perenne tronco masoquiano. Nosotras somos la seducción; ellos son el deseo. 





domingo, 14 de enero de 2024

Sade. Patrimonio nacional francés

 



   La historia de la escritura de Los 120 días de Sodoma es una de las más apasionantes y también de las más penosas de la historia de la literatura. Su manuscrito da buena cuenta de ello: una tira de más de doce metros formada por infinidad de hojas de 11 centímetros, encoladas entre sí, y escritas por ambos lados con letra minúscula. En 1784 el marqués de Sade ingresaba en la prisión de la Bastilla y, lejos de dejar a un lado la literatura, el hombre que estuvo encarcelado unas doce veces a lo largo de su vida, que llegó a pasar entre rejas unos 30 años, decidió que tenía que escribir Los 120 días de Sodoma. Y así lo hizo, a escondidas, con un papel que fue introducido de contrabando en la celda. En ese desolador contexto, incomunicado del mundo, Sade sintió la necesidad de escribir la historia más depravada jamás contada, la de cuatro aristócratas licenciosos que encarcelan a 28 adolescentes y las someten a todo tipo de torturas sexuales antes de matarlas. Georges Bataille no dudo en calificar esta obra y el resto de novelas de Sade como apología del crimen.

   Hasta cierto punto, era lógico pensar que sus obras fueran prohibidas durante todo el siglo XIX y buena parte del XX. Era lógico que Francia no se sintiera precisamente orgullosa de su escritor más libertino. Sin embargo, la fama es veleidosa, y el nombre que un día es denostado al día siguiente es encumbrado. Lo vimos en Francia con Baudelaire o en el Reino Unido con Oscar Wilde. Sin embargo, la decisión de declarar Los 120 días de Sodoma como tesoro nacional francés no responde solo al deseo de repartir justicia literaria; tras esta determinación se esconde una estrategia que tiene que ver más con el manuscrito que con la propia figura de Sade.

   Cuando los revolucionarios asaltaron la Bastilla en 1789, el escritor fue sacado de su celda y trasladado a otra prisión. Se vio obligado a abandonar todas sus pertenencias personales a toda prisa, incluyendo el manuscrito de Los 120 días de Sodoma. Al no encontrarlo más tarde en la fortaleza, saqueada y demolida, escribiría que derramó lágrimas de sangre pensando que lo había perdido para siempre. Pero no se perdió sino que fue hallado por Arnoux Saint-Maximin en una grieta de la pared en la celda que ocupaba Sade en la Tour Liberté. Este lo entregó al abuelo del marqués de Villeneuve-Trans, en cuya familia permaneció durante tres generaciones. A finales del siglo XIX, se vendió a un psiquiatra de Berlín llamado Iwan Bloch, que lo publicó en 1904 bajo el seudónimo de Eugene Dühren, en una primera versión llena de errores de transcripción.

   En 1929 el manuscrito vuelve a Francia: Maurice Heine lo adquiere por un alto precio en nombre de la célebre pareja de mecenas Charles y Marie-Laure de Noailles. En 1982, el manuscrito fue robado a un descendiente del vizconde de Noailles, sacado ilegalmente de Francia y vendido en Ginebra al coleccionista de libros raros, en su mayor parte eróticos, Gérard Nordmann. En junio de 1990, Francia considera que el manuscrito había sido robado y que debía ser devuelto a la familia de Noailles, pero el Tribunal Federal Suizo sentenciaba en mayo de 1998 que Nordmann había adquirido el documento de forma legal. Finalmente, los herederos de Nordmann decidieron revenderlo. El 3 de abril de 2014, Gérard Lhéritier, fundador del fondo de inversión Aristophil, pagó 7 millones de euros por el texto, con la intención de cedérselo a la Biblioteca Nacional Francesa después de cinco años. A partir de ese momento se conviertió en uno de los manuscritos más caros de Francia, asegurado por un valor de 12 millones de euros.

   El problema es que la firma de inversión Aristophil fue liquidada en 2015, después de ser acusada de llevar a cabo un fraude piramidal que la llevó a malversar unos 850 millones de euros. La compañía que había adquirido más de 130.000 documentos en 12 años, gracias en gran medida a las inversiones de sus clientes, se declaró en quiebra. Los activos de la compañía se liquidarían gradualmente durante los próximos seis años. A partir de ese momento el rollo de Los 120 días de Sodoma entró en tierra de nadie judicial, mientras se inventariaban los fondos de Aristophil con vistas a liquidarlos.

    El 20 de diciembre de 2017 tuvo lugar la primera subasta de manuscritos y obras de arte de la colección Aristophil, que incluía el texto de Sade como uno de los documentos más importantes. Y aquí es donde entra la jugada maestra del gobierno francés declarándolo tesoro nacional: de esta forma el rollo fue retirado de la subasta y adquirido directamente por el estado, por una cantidad indeterminada que se sospecha que ronde los 8 millones de euros. El mismo destino que el manuscrito de Sade tuvo el manifiesto surrealista que André Breton publicó en 1924 y donde definía su movimiento artístico. Así, este valiosísimo documento histórico también fue declarado tesoro nacional y sacado de la subasta.

   Los surrealistas, por cierto, reivindicaron a Sade, considerándolo uno de sus principales precursores. A principios del siglo XX, Guillaume Apollinaire, que creía que Sade era el espíritu más libre que haya existido jamás, editó sus obras. Con el paso de los años, la reputación de Sade se ha ido rehabilitando poco a poco en su país natal. Según sus defensores, exploró los impulsos ocultos de la sexualidad humana mucho antes de Freud y fue uno de los primeros defensores de la libertad sexual y política. Aunque, todo hay que decirlo, Los 120 días de Sodoma sigue siendo un plato difícil de digerir para estómagos sensibles.


Fuente
https://lapiedradesisifo.com/wp-content/uploads/2018/01/120journees.jpg

jueves, 18 de febrero de 2021

Cuando la sumisión está en tu naturaleza





   En el mundo de las comunidades BDSM, algunas mujeres dominantes ocupan un sitio especial porque sólo aceptan rodearse de hombres sumisos que reconocen su jerarquía, las cortejan con adoración y pagan sin reparos los tributos que ellas exigen para mantener un estilo de vida que consideran propio de su condición de Dóminas.

   La pregunta ética que a veces surge en los debates es si corresponde que lo hagan. Si estas conductas no están reñidas con el carácter moral que algunos pretenden asociar al BDSM. Si ellas abusan de los hombres que las adoran. Y la respuesta es muy simple. Ellas lo hacen porque pueden hacerlo.

   El Ellas pueden hacerlo nos remite a la eterna discusión sobre qué es el poder en las relaciones humanas. 

   Podemos definir el poder como la posibilidad que algunas personas tienen de imponer su voluntad a otros pasando por alto toda resistencia. Cuando en lugar de resistencia, se obtiene obediencia, el poder se transforma en dominación. Esa obediencia a la dominación puede obtenerse mediante tres formas: 

  • los derechos legales 
  • los mandatos tradicionales 
  • la naturaleza humana.

   El poder se vuelve autoridad legítima cuando los individuos que componen la comunidad creen en la legalidad de un sistema de derecho. De acuerdo a esta primer forma, cuando dos o más personas establecen reguladamente mediante consensos previos cuales van a ser los derechos y la obligaciones de cada parte en una relación BDSM, se ha establecido entre ellos un sistema de derecho que legitima la autoridad de quien domina sobre quien se somete.

   En los personajes de las novelas de Sade, estratificados en la Francia prerrevolucionaria, se daba por sentada la superioridad de unos sobre otros, de la nobleza sobre los plebeyos. Una superioridad que nadie discutía y que estaba basada en mandatos y tradiciones que se remontaban a los tiempos del Imperio Romano. De acuerdo a esta segunda forma, una parte de la sociedad, por una cuestión de noble cuna y avalada por un arbitrario mandato divino, tiene poder sobre los bienes, la libertad y hasta sobre la vida de otros.

   Existe un tercer factor, además del derecho y las tradiciones, mediante el cual el poder obtiene obediencia. Un poder puede ejercerse porque del otro lado hay alguien cuya naturaleza lo impulsa a la sumisión. Toda la obra literaria de Leopold Sacher-Masoch tiene como piedra angular la existencia de un poder femenino que nace de la belleza y capacidad de seducción de la mujer y que es capaz de arrastrar a los hombres a la sumisión explotando su naturaleza lujuriosa y su tendencia al amor romántico llevado al extremo. 

   Las mujeres que saben excitar a los hombres mediante el deseo fetichista son dueñas de un enorme poder sexual. Este poder es fascinante porque tiene muy poco de consciente, nace de profundas pulsiones que habitan en la mente humana y hasta puede aspirar a una legalización. Uno de los puntos culminantes de La Venus de las Pieles es justamente la redacción de un contrato de esclavitud voluntaria que pretende legalizar la relación entre Wanda y Severin. Se expresa la naturaleza mediante un instrumento legal. 

   En sus novelas, Leopold Sacher-Masoch expuso con claridad hasta donde es capaz de llegar un hombre de tendencias sumisas con tal de complacer a la mujer que adora. Si no fue el primero, seguramente fue el más poético en describir la naturaleza del corazón masculino que late al ritmo del ferviente deseo que le despierta la comunión con una déspota bella y altanera. En pleno siglo XXI, cuando las sucesoras de Wanda ejercen el poder de su seducción sexual para esclavizar a los hombres sumisos y hacerlos sentir inmensamente felices de su condición, es inútil juzgarlas o preguntarles porqué lo hacen. Ellas lo hacen porque pueden hacerlo.




martes, 2 de diciembre de 2014

Sade. Doscientos años de su muerte

   



   Una visión particular de Mario Vargas Llosa con respecto a los doscientos años de la muerte de Sade, que se conmemoran hoy.

El divino marqués de Sade en el museo

   Donatien Alphonse François, marqués de Sade (1740-1814), ha entrado en el panteón cultural de Francia por todo lo alto. Su obra dejó de estar prohibida hace medio siglo, ha sido editada en tres volúmenes por la más prestigiosa colección literaria, la Pléiade, y ahora el Museo de Orsay le dedica una vasta exposición: Attaquer le soleil (Atacar al sol). De este modo, la frivolidad del siglo en que vivimos -la civilización del espectáculo- va a conseguir lo que no lograron gobiernos, policías y la Iglesia, que a lo largo de dos siglos lo persiguieron con encarnizamiento: acabar con la leyenda maldita que rodeaba al personaje y a sus libros y probar que ni aquél ni éstos eran tan peligrosos ni malignos como se creía. Y que, a fin de cuentas, aunque sus ideas resultaban, sin duda, bastante apocalípticas y escabrosas, como escribidor era recurrente como un disco rayado y, pasados algunos sobresaltos, generalmente aburrido.

   Para disfrutar a Sade era indispensable la nerviosa clandestinidad, procurarse esas ediciones de catacumba como las codiciables que se exhiben en el Museo de Orsay, casi siempre con pies de imprenta falsificados y que se salvaron de milagro de los secuestros e incineraciones, y sumergirse en sus páginas con la sensación de estar transgrediendo una ley y cometiendo pecado mortal. Como hoy en día Las 120 jornadas de Sodoma, Justine o los infortunios de la virtud y Juliette o las prosperidades del vicio se venden en las más respetables librerías y se pueden leer en todas las buenas bibliotecas, su atractivo es bastante menor y, como ocurre siempre con la literatura monotemática, tanta ferocidad recurre de tal modo en sus páginas que deja de serlo y se vuelve juego, irrealidad. En la inmensa obra que escribió hay, me parece, apenas una genialidad literaria: el breve Diálogo entre un sacerdote y un moribundo, en el que luce un pensamiento condensado y firme, sin las retóricas blasfemias y los morosos discursos exaltando las depravaciones, la traición y los crímenes que entumecen sus otros libros, tanto los históricos como los eróticos.

   Para disfrutar a Sade era indispensable la nerviosa clandestinidad.

   La exposición del Museo de Orsay, excelente, tiene como comisaria a Annie Le Brun, gran conocedora de Sade y autora de un sutil ensayo sobre él, y muestra algo bastante obvio: que el sadismo no lo inventó el divino marqués, pues la literatura y las artes plásticas ya habían descrito la crueldad y la violencia sexual con imaginación, audacia y belleza desde los tiempos más antiguos. Pero es verdad que probablemente ningún artista, escritor ni filósofo fue tan lejos como él en la exploración de esas profundidades humanas donde deseos e instintos entremezclados producen formas indecibles del horror. Goya, naturalmente muy presente con grabados y pinturas en esta muestra, lo sintetizó de manera luminosa en la leyenda de uno de sus aguafuertes: "El sueño de la razón produce monstruos". Sade mostró en sus novelas que los deseos sexuales, exonerados de todo freno, convierten al ser humano en una máquina depredadora y carnicera y que una sociedad que los dejara desplegarse con absoluta libertad podría llegar a acabar con toda forma de vida en el planeta.

   Esa aterradora utopía la defendió de manera teórica en sus escritos literarios y filosóficos, en nombre de un individualismo sin fronteras y un ateísmo apocalíptico, pero, en la vida real, sus excesos fueron, en verdad, limitados, si se los compara con los de cualquier dictadorzuelo tercermundista, no se diga un Hitler o un Stalin. La verdad es que se pasó buena parte de su vida en cárceles y manicomios, o huyendo de sus perseguidores, y que en su prontuario delictivo no hay un solo crimen, sólo azotes a algunas prostitutas y, lo más grave, haber hecho tragar a otras unas pastillas que producían cuescos, pestilencia que, por lo visto, lo inflamaba hasta el delirio.

   Lo que es una lástima es que no escribiera su autobiografía, porque lo que sabemos de su vida, aunque no es mucho -su mejor biografía la escribió Gilbert Lely, un compañero mío de la Radiotelevisión Francesa, que, cuando no estudiaba al divino marqués, se ganaba la vida como locutor-, revela a un aventurero de polendas. Estuvo dos veces condenado a muerte y las dos se fugó de la cárcel, secuestrando, en una de ellas, de paso, a su propia cuñada, que era monja. Cuando el pueblo de París asaltó la prisión de la Bastilla, donde él estaba preso, exhortó a las masas revolucionarias, desde un balcón, para que abrieran todas las rejas en nombre de la libertad. En una de sus breves temporadas sin cautiverio, fue un activo revolucionario, pero los jacobinos lo consideraron demasiado "moderado" y lo condenaron por ello a la guillotina; lo salvó la oportuna muerte de Robespierre. Pero quizás el período más extraordinario de su vida fue su encierro en el manicomio de Charenton, donde escribió la mayor parte de sus libros y donde se dedicó a montar representaciones teatrales de su invención con los locos como actores, espectáculos que atraían, se dice, a las familias parisienses más ilustres.

   Al malvado más famoso de la literatura nunca le faltaron mujeres y, aunque fue un gordo fofo precoz, como sus horrendos personajes libidinosos, los testimonios femeninos sobre él -salvo los de su esposa legítima, Renée Pélagie de Montreuil, que lo mandó a la cárcel y al manicomio cuantas veces pudo- hablan de un hombre encantador, refinado y elegante en su trato y de una galantería irresistible con las damas. Siempre se declaró un pacifista y, el colmo de los colmos, hasta escribió un manifiesto contra la pena de muerte.

   Como todos los grandes escritores malditos, Sade despertó siempre pasiones, tanto en sus admiradores como en sus detractores. La muestra del Museo de Orsay da cuenta sobre todo de los primeros, y, entre ellos, principalmente de los surrealistas que le hicieron homenajes, algunos deslumbrantes, como el retrato imaginario de Man Ray, de 1938, o las obras inspiradas en él de Hans Bellmer. Más aún que la literatura, la pintura y el cine modernos delatan resabios sadianos, por lo menos en la selección de obras de la exposición. Entre las películas son sin duda las de Buñuel las que parecen más directamente inspiradas en las propensiones del divino marqués, sobre todo en las escenas perversas de Él, con Arturo de Córdova, que reciben al visitante en la entrada de la exposición. Quizás lo que falte en ella sea una mayor presencia de Freud, quien, no como literato ni artista, sino como psicólogo se adentró por las mismas cavernas de la intimidad humana que Sade y dio una explicación racional totalizadora a lo que el divino marqués conoció a través de la intuición, sus propios fantasmas y la imaginación, la existencia de esa violencia empozada en el fondo irracional de la persona humana, que encuentra en el sexo una vía privilegiada de expresión, algo que la civilización modera luego en formas más benignas, creativas en vez de destructivas, aunque sin erradicarla nunca del todo. Lo que significa que, como ha ocurrido y sigue ocurriendo en medio de las sociedades más avanzadas, la violencia estalla a menudo de manera incontenible, no sólo a través del deseo individual ciego, también en todas las formas colectivas posibles del fanatismo, desde el religioso hasta el político y el ideológico. Paradójicamente, el terrorismo que en nuestros días vuelve a hacer de las suyas por el globo, aunque los terroristas no lo sepan, es el mayor homenaje que rinde nuestra época al divino marqués, al que, aunque había pedido ser enterrado en una tumba laica y sin nombre, se le hicieron honras fúnebres muy católicas en el manicomio de Charenton, donde murió, apaciblemente, a sus 74 años de edad.


Mario Vargas Llosa.

http://www.lanacion.com.ar/1740810-el-divino-marques-de-sade-en-el-museo

jueves, 6 de junio de 2013

La espesa contradicción del BDSM







   El fascinante tema del poder y la forma en que el poder se establece en las relaciones humanas ha sido tratado extensamente por muchos filósofos y escritores en los que muchos practicantes de BDSM suelen abrevar cuando de sostener posturas se trata. Pero no por casualidad, en esas discusiones hay dos nombres que suelen resonar justamente por su ausencia. No suelen ser citados. Me estoy refiriendo a Sade y a Sacher-Masoch. Llama la atención que sadismo y masoquismo en todas sus variantes y posibles interpretaciones sean hoy apenas algo más que conceptos abstractos, referencias a parafilias relacionadas con el dolor o pálidas entelequias filosóficas que no reflejan los ardores sexuales de los protagonistas de las obras de aquellos cuyos apellidos dieron nombre a dichos conceptos.


Todo es de a dos. Tu goce vale tanto como el mío. Te devolveré peso a peso lo que te costaron estas parafernálicas botas altas. Adán, devolveme la manzana porque ya no cometeré el crimen de ofrecértela para tentarte.


   A Don Leopoldo y al Marqués apenas se los comenta. Es como si fueran dos tíos viejos a los que hay que ir a visitar cada tanto. Pero siguen estando ahí, omnipresentes. Sade y su retorcida filosofía latente en una obra literaria que se sostiene sobre el concepto feudal de la nobleza, de una clase superior con poder sobre una plebe que nace para servirla; tan parecido a lo que las Dominatrices proponemos en la egoísta búsqueda de nuestro propio y arbitrario placer, sirviéndonos de los sumisos porque para eso están. Y qué decir de Don Leopoldo, hijo y funcionario del Imperio Austrohúngaro, criatura de la sociedad europea burguesa del siglo XIX en donde los hombres ya son ciudadanos y gozan de ciertos derechos pero, vaya paradoja, pareciera que la vida sólo merece ser vivida cuando se renuncia a los mismos para entregarse en forma absoluta al placer de adorar como esclavos a altivas diosas paganas envueltas en pieles, látigo en mano, déspotas tan bellas como crueles, que hacen uso y abuso de su hermosura que conduce a sus sumisos por un camino de éxtasis que sólo puede concluir en extravío.


Mi obligación es reivindicar tus derechos como sumiso. Tengo responsabilidades, debo cuidarte. Le echaron pintura a las pieles de tu Venus. En realidad, soy tan fea y tan poco griega que hago bien en bajarme del caballo y ser una más, como las otras. Me vuelvo sola, no me pagues el taxi, no quiero abusar. Si hace falta alguien que lave los vasos, cuenten conmigo.


   El sado Femdom nos propone un mundo de relaciones entre amas y sumisos cargadas de una imaginería de mujeres erotizadas, flageladoras crueles, jaulas, látigos, tacones clavándose en espaldas, maridos cornudos y humillados. El Femdom así vivido es una fractura, una brutal diferencia con todo aquello que la sociedad moderna propone como un sano modelo de relación. El BDSM aparenta ser de avanzada porque rompe con ciertos preceptos de la sexualidad convencional pero el Femdom clásico, anclado en don Leopoldo y en el Marqués, te lleva en un viaje en el tiempo hacia una época cuasifeudal. El sado no es vanguardista como muchos de sus cultores te quieren hacer creer sino que es retrógrado y arcaico. Te propone que el mejor orgasmo llegaría si los avances sociales de los últimos trescientos años no hubieran existido. Ese retroceso a la Edad Dorada de la Injusticia no es un elemento accesorio porque es allí donde reside su encanto y es la piedra fundamental de las sensaciones placenteras que despierta.


Vienen con decálogos. Normas que debo cumplir. Tienen un diccionario de siglas forasteras. Cuando te prostituya, aceptaré recibir dinero de utilería. Postearon galerías en donde ellas te pisan con zapatillas sucias y te clavan en la espalda uñas descuidadas pero igual debes llamarlas Amas porque ser Ama no es más una construcción cultural y cualquiera tiene el derecho de definirla como más le guste.


   El concepto de consenso nace como un reaseguro de que no somos tan loquitas despues de todo. El consenso nos devuelve a nuestra realidad convencional. Todo es un juego. Por fuera de ese consenso previsible y banal está el peligroso territorio del abuso. Pero el enemigo no es el abuso. Nadie nos engaña, el fantasma del abuso en el BDSM es una sábana vieja y sucia que algunos dominantes sacan a pasear por los foros cuando les conviene para pavonearse diciendo que ellos son los amos responsables, los amos que sólo se mueven dentro de lo sano, seguro y consensuado. El enemigo es la contradicción. La contradicción evidente, la espesa contradicción en que viven aquellos que predican un estilo de vida alternativo en lo sexual, un BDSM que presuponen de avanzada y que se corresponde con sus posiciones filosóficas, sociales y políticas vanguardistas, plenas de declaraciones igualitarias y altisonantes apelaciones a los derechos humanos. Buscan justicia, igualdad y derechos pero pretenden acceder al Marquesado. Proclaman a viva voz que la belleza no importa pero miran de reojo el trono de Venus. Las pulsiones eróticas deben necesariamente ser controladas para que encajen en medio de tanta corrección política, de tanto discurso emancipador, de tanta sed de justicia.

Les creíste? Por supuesto que no. Olvidate de lo que te contaron. Yo soy la Señora, seductora y superior. Todo es Mío, todo es para Mí. Puedo castigarte, premiarte, enamorarte o abandonarte si así me place. Soy adorada sin culpas. No hay principios fuera de Mí ni hay más ley que Mis deseos.


Don Leopoldo y el Marqués, desde mi mesita de luz, en púrpura y negro, finalmente sonríen.








martes, 12 de marzo de 2013

Don Leopoldo y el Marqués



   


   En los inicios del siglo XX, con el despertar de la física cuántica, el físico Ernst Rutherford propuso un modelo para la estructura del átomo que lleva su nombre. Dicho modelo fue posteriormente desechado cuando experimentos posteriores demostraron que la estructura del átomo era diferente de la que Rutherford había propuesto. Sin embargo, la noción intuitiva que la mayoría de las personas medianamente instruidas en el tema tienen sobre el átomo sigue coincidiendo con el modelo de Rutherford. Así también cuando se habla de sadismo, se piensa intuitivamente aún dentro del BDSM en la definición que nace del concepto expresado por Krafft-Ebbing, quien definió al sadismo como una parafilia, una desviación patológica íntimamente emparentada con el goce mediante el dolor. Este mismo autor también postuló una variedad de perversión sexual en la cual la satisfacción está íntimamente relacionada con el sufrimiento y la humillación. La llamó masoquismo, inspirado en el segundo apellido de Leopold Sacher-Masoch.

   A partir de esta interpretación, es que nace de Krafft-Ebbing en adelante el concepto de sadomasoquismo, con lo cual los nombres de nuestros héroes Sade y Sacher-Masoch han quedado indisolublemente ligados, como bailando un tango tristón con letra de psicólogos aburridos y música de charlatanes pedantes. El Marqués, por motivos obvios, no pudo presentar objeciones a este modelo pero parece que a don Leopoldo no le gustó ni un poco el encontrarse de pronto analizado bajo la fría, clínica, desapasionada mirada de un especialista en parafilias. Justo a él iban a explicarlo mediante la ciencia! a él, un maestro en pintar las más excelsas pasiones románticas con los más vivos tonos de la lujuria y el éxtasis sexual!

   Son realmente Sade y Sacher-Masoch (o mejor dicho, sus personajes principales) opuestos intercambiables que encajan en el concepto de sadomasoquismo?

  


   

   El primer punto fundamental para entender el error básico de este matrimonio arreglado por conveniencia es el abismo social que los separa. Sade era noble, descendiente de una de las mas antiguos linajes de Francia, y criado como tal, señor feudal con la convicción de que realmente podía disponer de vidas y haciendas de los inferiores. En él y en sus personajes, se da por sentada la superioridad de una clase sobre el resto (su adhesión a la Revolución Francesa puede haber sido una mera cuestión de supervivencia).

   En cambio Leopoldo, siglo después, es un referente de la sociedad burguesa de su tiempo, hijo de un funcionario, pero sin tener incorporado el concepto del poder que otorga un título de nobleza. El poder en Sacher-Masoch es una sensación que nace de su noción fetichista y romántica, no es una cuestión de noble cuna. Podemos argumentar que Sacher-Masoch no inventó nada pues que un hombre enamorado de una hermosa dama encuentre placer sometiéndose a sus caprichos, no es algo que empiece en el romántico siglo XIX. Pero lo que sigue resultándome inquietante y hermoso a la vez, es la forma poética en que relaciona ese sometimiento con el amor ideal y en todos los recursos típicamente masculinos que suelen utilizar los personajes de sus novelas para atrapar a la mujer que desean y llevarlas a sus territorios fetichistas. En La Venus de las Pieles, ofreciéndole en el famoso contrato hasta su propia vida, Severin logra finalmente que Wanda sea suya. Aún en los momentos más duros de la novela, hay una constante pasión amorosa en Severin hacia su dama fetiche lo que me genera sentimientos de ternura al leerla, hay algo en él del niño entusiasmado con el juguete que siempre deseó y yo suelo observar en muchos sumisos conductas similares. En Sade, en cambio, el enfoque es totalmente diferente y es ajeno a ese tipo de sentimientos o directamente los niega o ridiculiza.

   En el prólogo que Gilles Deleuze escribió para La Venus de las Pieles, el filósofo francés descree de la visión habitual según la cual sadismo y masoquismo son opuestos intercambiables. La interpretación que Deleuze hace de Sade y de Sacher-Masoch es muy diferente. El sádico es algo así como un quebrantador de reglas, que no reconoce otra ley que su propio capricho del momento mientras que el masoquista, visto según el prisma del propio Leopoldo, es alguien que, muy escrupulosamente, pone su libido en realizar un contrato previo donde están muy especificados los derechos y obligaciones de cada cual; del que es sometido y del que somete. En la letra del acuerdo está el morbo de su sometimiento.

   Esto significa que las razones fundamentales que mueven a los personajes de Sade y Sacher-Masoch son dos sistemas de pensamiento casi opuestos, que pueden coexistir pero no complementarse totalmente. El sádico no tiene ley, no admite ley mas que su capricho, que a su vez es aleatorio y cambiante pero el masoquista es contractual, quiere firmar (simbólicamente o no) un acuerdo previo de que cosa sí y que cosa no. Según esta visión, el sadomasoquismo como tal no existe pues no son homologables los universos de fantasía y de goce del sádico y del masoquista por más que parezcan opuestos complementarios en una primera visión.

   Este concepto del sadismo, tan distinto al anterior de Krafft Ebbing, está mucho más cercano a mi realidad sensual y femenina. En mi interior siempre me reconocí como sádica así como siempre rechacé la utilización del dolor como herramienta de dominación. Como escribí alguna vez, yo domino para darme los gustos y provocar dolor no figura entre ellos. Además, desde la primera vez que asistí a una fiesta con gente del ambiente BDSM, tuve conciencia que no soy ni seré proveedora de castigos ni me interesa el manejo de las técnicas comunes del BDSM porque me alejarían cada vez más del deseado orgasmo de dominatriz que sólo llega cuando Yo soy servida de acuerdo a Mis deseos y caprichos y no cuando tengo que estar atenta a lo que sucede con el otro.

   Que nadie se confunda: no me caben dudas que son las concepciones de sadismo y masoquismo de Krafft-Ebbing y sus seguidores las que tienden a prevalecer. La razón es más que obvia: el término sadomasoquista resulta algo tranquilizador para la gente común. Después de todo, una pareja sadomasoquista no deja de ser una pareja que ha consensuado su vida sexual en donde uno da y el otro recibe, de acuerdo a sus particulares reglas y sus códigos. Los expertos en BDSM repiten, con la aprobación general de sus seguidores Lo único importante es que todo sea consensuado. Se ha frivolizado bastante este concepto de sadomasoquismo, en el que se basa la venta de lencería hot y accesorios varios para parejas que apuestan a vivir una vida sexual más rica mediante el pegame que me gusta pero que no deja de ser un juego sexual consensuado entre opuestos complementarios. Pero si nos atrevemos a ir más lejos, si removemos la hojarasca que tanto psicólogo acumuló desde Krafft-Ebbing para acá, si dejamos de lado a tanto versero dando vuelta por los foros BDSM y nos atrevemos a emprender un viaje mental para encontrarnos cara a cara con alguno de los personajes del Marqués o nos reconocemos en las bellas y despóticas heroínas de Leopoldo, tendremos que aceptar que hay algo en nosotros mismos, en nuestra psiquis, que está relacionado con la excitación y el placer que nos produce el ejercicio arbitrario y despótico del poder, sea ejerciéndolo o sintiendo su ejercicio por parte de otro. Algo que puede ser muy diferente de lo que muchos están dispuestos a a aceptar en nuestro BDSM de cabotaje, de parejitas acollaradas, de noviecitos jugando con esposas de peluche y jaulitas de cotillón... tan sensato, tan seguro y tan consensuadito.







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