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domingo, 26 de abril de 2026

El poder del símbolo fetichista (parte II)

 



   El film sueco Soy Curiosa de Vilgot Sjöman es uno de esos documentales sobre sexo y sociedad que fueron en su momento revolucionarios y controvertidos y que hoy apenas despertarían sonrisas. Nos cuenta la historia de Lena, una insistente y rebelde joven y su cruzada personal por entender la condiciones sociales y políticas en Suecia en los años sesenta, así como su determinación de explorar su propia identidad sexual. Me detengo en una escena que me parece brillante por su don de síntesis: Lena pregunta  acerca de la diferencia de clases sociales en Suecia, si la sociedad sueca es clasista o no y uno de los entrevistados responde: si estamos desnudos no hay diferencias de clase pero ponle ropa a la gente y ya tienes una sociedad clasista.

   La lucidez con que aquel sueco anónimo definió las relaciones de poder a través de la ropa tiene un aire familiar con la frase más actual de Ru Paul. Nacemos desnudos: todo lo demas es drag. Nada más habitual en las sesiones sexuales de dominación femenina que la dominadora esté fetichizada, draggeada, mientras el sumiso yace desnudo, sin atractivos y vulnerable. El CFNM (clothed female naked male) define por sí mismo quien manda y quien obedece. A través de la vestimenta (o de la ausencia de la misma) definimos culturalmente quien es quien y cual es el rol de cada uno. 

   En la fantasía Femdom, el look de la dominatriz la convierte en una diosa sexy, qué duda cabe, pero además cumple con lo que los sumisos y las sumisas esperan de una mujer dominante. Es una relación simbiótica de complementos. Con el fetiche te estimulo, con el fetiche me adorás, fetiche es lo que esperás. Entonces fetiche te doy y obtengo lo que yo quiero; el poder de dominarte. La mayoría de las mujeres que se ponen bellas para seducir o simplemente para verse más atractivas no se definen como fetichistas pero manejan el mismo concepto. No hace falta meterse en el BDSM para constatar algo tan obvio. 

    El fetiche es un poderoso constructor de fantasías antiigualitarias y placeres sensoriales pero en su faz más oculta es también un modo particular de relacionarse en el sexo y hasta es capaz de generar toda una cosmovisión estética de la vida y de la sociedad. Las vestimentas y actitudes, los objetos del fetiche, ya no se usan solamente para excitar los sentidos sino que son resignificados desde una cultura que organiza el sexo en términos de quien manda y quien obedece. Donde muchas personas no iniciadas sólo ven ropas raras, los cultores del fetiche distinguen claramente mágicas construcciones de poder y formas exquisitas de gozar. 

   La explosión del fetichismo en revistas sado, videos y posteriormente Internet le ha agregado una dimensión histórica a los fetiches. Cuando Serena Williams se presentó a jugar en Roland Garros con un catsuit negro, fue inútil que explicara una y otra vez que necesitaba una prenda que sostuviera con firmeza su vientre dado que recientemente había dado a luz. Los comentarios hablaban de que el sadomasoquismo había invadido al tradicional deporte blanco. Para todo el mundo, lo que Serena llevaba puesto era un fetiche sado. Así lo determina históricamente nuestra cultura.   

    Pero entonces qué cosa es el fetiche? Como definirlo? Que parte le corresponde a lo visual, que parte a las texturas suaves femeninas, a lo simbólico, a lo histórico, a lo mágico, a los juegos de poder en el sexo? El fetiche Femdom es todas esas cosas a la vez y allí reside su gracia. Cualquier intento por desunir algunos de esos eslabones para analizarlos por separado tendría el mismo efecto que una autopsia que mataría al organismo entero. El fetiche Femdom es un todo que trasciende ampliamente a la suma de elementos que lo forman. Analizar un par de botas o un par de guantes largos de latex negro e intentar establecer una conexión con la libido de las Amas o los sumisos sin incorporar el resto de los elementos que constituyen la escena del sexo y, lo más importante, sin tomar en cuenta la historia sexofetichista y el anclaje que esas prendas tienen en la psiquis sexual de la cultura libertina occidental, es un camino directo a la incomprensión. Porque si la pasión fetichista fuera simplemente una satisfacción a través del objeto sin otra conexión con el resto del universo simbólico del sexo, ocurriría en algún momento una saturación y el placer decaería. Pero ocurre lo contrario: para la tribu fetichista cuanto más haya de lo mismo, más es siempre mejor.  

  Yves Saint Laurent que algo sabía sobre como las mujeres son capaces de construir poder con la vestimenta adecuada, afirmaba El vestir es una manera de vivir, y que el estilo es tan esencial para una mujer como sus sueños. Para las mujeres que nos gusta lucir los fetiches para excitar y excitarnos, vestir los fetiches es nuestra manera de gozar.




domingo, 9 de marzo de 2025

Semillas de fetichismo (parte II)

 



   La palabra fetiche en el sexo permanece como un tabú con connotaciones negativas, particularmente entre las mujeres. Si un hombre que conocemos se define como fetichista, es muy posible que le adjudiquemos una mirada negativa, asociada a obsesivo, perverso, maníaco sexual. Pero remitirse a la verdadera definición de fetiche, un objeto mágico, nos devuelve a las primeras civilizaciones humanas, cuando los primitivos rezaban a fuerzas de la naturaleza, construían ídolos a los que adoraban y llevaban amuletos buscando inmunidad frente a enfermedades, implorando por lluvia o buscando fertilidad. Las prendas fetichistas de hoy se relacionan íntimamente con aquello: son sensuales amuletos mágicos que nos conectan con antiguos rituales de sexo, rituales en donde la mujer era adorada como una diosa porque era dadora de vida.

   Una de las sombras que siempre ha revoloteado sobre la dominación femenina es su marcado carácter fetichista, el fuerte contenido de imagen asociado a la misma. La prenda fetichista sobre el cuerpo de la mujer es profundamente transformativa: desde lo visual y también desde lo psicológico y cultural, acelera el deseo del hombre a someterse a ella. Muchas dominantes se quejan de la moda fetichista porque sienten que es un boomerang que se ha vuelto contra ellas pero nadie puede negar que más que víctimas somos las victimarias que llevamos la seducción del fetiche al extremo para ganar en el juego erótico y obtener de los sumisos todo lo que queremos.

   Si el reconocimiento público de nuestra sexualidad es una conquista de las mujeres del siglo XX, la dómina profesional fetichista tiene una historia mucho más antigua, con mucho camino recorrido en gabinetes y prostíbulos especializados. Es la fantasía masculina la que creó la dominatriz profesional con el atuendo fetichista, mucho antes que se hablara del orgasmo femenino. Cuando el fetiche salió del closet, a algunas de nosotras nos gustó y lo usamos con gusto y placer. Leímos los conceptos del BDSM. Nos incorporamos a la corriente del leather, que era patrimonio exclusivo de los gays. Redescubrimos a Masoch y a Sade. Miramos con curiosidad pornografía de dominación femenina. Nos excitamos con las provocaciones de Madonna. Así llegamos hasta hoy, siglo XXI. Pero sabemos muy bien que muy al principio, los arquitectos diseñadores fueron ellos, los sumisos y sus fantasías de ser esclavizados. Ellos inventaron a la dominatriz. Por eso es que el Manual Mitológico de la Dómina, tan uniformador y estereotipado, sigue funcionando y se impone cada vez más. Porque complace por igual a las dos partes del juego.

   Dicen que el asesino serial siempre pone la firma en su obra. Es como una compulsión. La firma que lo delata está en los detalles que no son necesarios para la realización del crimen. Sea por nuestra propia voluntad o por mera conveniencia, las dominatrices somos las mujeres que llevamos el fetiche como firma. Podríamos alcanzar el orgasmo desnudas o vistiendo cualquier atuendo. Pero en el mundo del sexo, somos las asesinas seriales y nuestros clásicos fetiches son la firma que nos delata ante el resto de la sociedad. El fetiche es la firma de nuestro sexo. Como los primitivos seres humanos, Nosotras y nuestros adoradores recreamos la magia a través del uso de los fetiches. Nosotras lo hacemos así.    

 

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viernes, 7 de febrero de 2025

Fetiche de mujer, fetiche de hombre (parte II)

 



   No estoy muy activa en Facebook ni otras redes sociales pero sí lo está mi esclavo marido. En uno de los grupos en que él suele participar, El Imperio de las Señoras, una Dómina, Nadia Queen, realizó la siguiente pregunta, abriendo un debate.

Qué es lo que quiere Ella?
Se han puesto a pensar que es lo que realmente quiere Ella?
No lo que tú crees que ella quiere, algo que le cause gusto, alegría, placer, etc.
Qué tanto van por estos grupos buscándo esa idealización que tienen de lo que es una Dómina?
Tal vez van diciendo querer servir y en realidad esperan ser servidos por Ellas al cumplirles sus fantasías como por ejemplo darles mil órdenes o que Ellas tengan que usar atuendos incómodos porque esa es la imagen que los motiva a "servir".

   La opinion de mi esclavo marido en aquella ocasión puede resumirse en que quejarse de ese comportamiento masculino es algo así como quejarse de que la lluvia moja. Ellos son así. Pero la pregunta de Nadia Queen es una flecha que va directa al corazón de una realidad de la que poco se habla en BDSM porque en este mundo de la corrección política queda mal criticar a los personas por expresar sus deseos, en este caso hombres que buscan Ama y llegan cargadísimos de fantasías eróticas con deseos de compartirlas con la supuesta sometedora que de buena gana los dominará obligándolos a hacer lo que siempre quisieron (por supuesto, además esperan que sea bella).

   Desde que comenzamos a desarrollar impulsos sexuales que escapan de lo convencional, sentimos esa voz que nos cercena porque nos dice que esos impulsos son perversos y reprimibles. No alcanza con repetirnos que las fantasías no deberían ser juzgadas; en particular en el BDSM, con su imaginería de Amas y esclavos, un universo inventivo que se expande hacia lo irreal. Si por lo menos, estuviéramos de acuerdo en lo irreal y fantasioso…pero no. Hombres y mujeres solemos fantasear por rutas muy diferentes. Y a veces, nos arrojamos piedras de una a otra.

   Como bien dice Nadia Queen, la Dómina que ellos desean es una idealización. Las mujeres dominantes reales somos otra cosa. A veces, si no estamos de ánimo, hasta somos lo opuesto. Por supuesto que hay mujeres a las que les atraen los mismos fetiches sexuales que a los hombres y supongo que para ellos debe ser genial emparejarse con alguna de ellas pero digamos la verdad, son pocas. Poquísimas. Ya de por sí, muy pocas mujeres nos reconocemos explícitamente como dominantes en el plano sexual y a la mayoría nos gusta dominar de una manera muy diferente a la que a los supuestos sumisos les gusta ser sometidos.

   Gusano, mientras estés entre estas cuatro paredes vas a estar bajo mi poder y haré contigo lo que me plazca susurra una fetichizada dominatriz a un varón que ha pagado por placer para escuchar eso en ese lugar y vivenciar en su propia piel esa experiencia. Como el fetiche sobre el cuerpo femenino es algo que aparenta ser superficial (yo estoy convencida de lo opuesto, la teatralización fetichista del BDSM obedece a profundas razones espirituales) es muy fácil desacreditar el deseo del hombre que pone en primer lugar la visión fetichista y exterior de la mujer.

   Es verdad, como dice Nadia Queen, que el atuendo obligatorio para la Dómina es incómodo, pero díganme de uno más sexy y compro ya. Se le atribuye a Marilyn Monroe la frase que ir a una cita sin tacones es como ir a una guerra sin fusil. La construcción de la femineidad seductora fue siempre igual y siempre recibió las mismas críticas: el sado sólo la exagera. No me vengan con que lo importante en el poder sexual de una mujer es la actitud: me hace recordar a aquella célebre e irónica frase de El Diablo viste a la Moda ..la industria de la moda y la cosmética invierte millones de dólares por año porque lo que le importa a las mujeres es la belleza interior. Todos los fetiches que los hombres aman, sin excepción, nos hacen visualmente más bellas. Como el perro que busca un hueso o el gato que aparece cuando se abre una lata de atún, ellos son sumisos siempre y cuando Nosotras seamos lo que ellos esperan. Si ella considera que el juego está desequilibrado para el lado sumiso, ahí está siempre a mano el tributo Findom para restablecer el equilibrio perdido.

   Mi conclusión es que el BDSM simplemente es un reflejo actual de los antiguos rituales de cortejos: nosotras seducimos y ellos nos cortejan. Seducir es un placer y dominar desde la seducción sigue siendo la forma más femenina de dominar.


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lunes, 18 de noviembre de 2024

Foot Fetish es ahora mainstream




   Imagina ser una artista a la que escuchan cerca de ocho millones de personas al mes en Spotify, pero que gana más dinero al tener a mil personas suscritas a las fotografías de tus pies. No odies al jugador, sino al juego. Así respondió la cantante Lily Allen a un usuario que se refirió a ella despectivamente en la red social X, al ver cómo la cantante subía una fotografía de sus pies acompañada de un link que dirige a su perfil de OnlyFans. Imagina ser una de las mayores estrellas del pop de Europa y terminar siendo reducida a eso. Bueno, parece que a Lily no le importa ser reducida a una estrella fetiche de pies.

   El motivo por el que Lily Allen se animó a abrir un perfil en la plataforma fue que su pedicurista le dijo que tenía unos pies tan bonitos que sin duda, podría ganar dinero con ellos. Teniendo en cuenta que la cantante cobra diez dólares mensuales a sus seguidores en OnlyFans, obtiene como mínimo 10.000 dólares al mes gracias a sus seguidores fetichistas de los pies. 

   Margot Robbie explicó el año pasado a Cinemablend que había descubierto que muchas personas se interesaron por esa parte de su anatomía después de que saliera a la luz el trailer de Barbie en el que la actriz muestra sus pies. Desde entonces, existen muchos vídeos que recopilan las escenas en las que la intérprete muestra sus pies e incluso en Reddit ya hay un hilo que recoge las veces que estos han sido inmortalizados en la gran pantalla. Una de las escenas más comentadas de La casa del dragón, muestra a Larys Strong masturbándose mientras observa los pies de la reina Alicent Hightower. La directora del capítulo, Claire Kilner, manifestó, sin embargo, su descontento al comprobar que para grabar la escena, nadie pensó que fuera necesario contar con un coordinador de intimidad. Es una secuencia muy interesante, y es curioso que haya tantos coordinadores de intimidad para grabar escenas en las que hay desnudos, pero no para una escena como esta, tan intrusiva e invasiva. Realmente, es una escena sexual, aseguró.

   La moda, siempre dispuesta a funcionar como reflejo de lo que ocurre fuera de las pasarelas, lleva tiempo indicando que los pies son las nuevas piernas. Desde el furor por la “bota tabi” de Margiela, los icónicos zapatos centrados en los dedos del pie, hasta la colaboración en 2020 entre Balenciaga y Vibram que dio lugar al botín FiveFingers, los pies se han convertido en la estrella de la moda. Firmas como Loewe y Burberry se aseguraron de dejarlos al aire en sus últimas colecciones estivales, una prueba más de que aunque a la moda siempre le ha dado igual lo de tener los pies en el suelo, lo que sí quiere es que estos se vean. Los dedos de los pies tienen mala reputación desde hace años. Es casi popular expresar el asco que generan los pies de otras personas, pero qué tienen de asqueroso? Nos hemos acostumbrado a exponer nuestros cuerpos con ropa cada vez más escasa. Ahora es el momento de los pies, asegura a Vogue UK el fetichista del calzado Lars Petersen.

   Tengo unos pies preciosos y podría ganar una fortuna enseñandolos en internet, pero no te preocupes: todavía no hemos llegado ahí, le dice Khloé Kardashian a Kris Jenner en The Kardashians, en un episodio en el que explica a su madre que muchísimas personas están interesadas en los pies tanto de celebridades como de anónimos. Incluso le hace saber de forma gestual que hay quienes practican footjobs, es decir, quienes masturban con los pies. Pero, me darás el 10% de lo que ganes si finalmente te animas a subir fotos?, bromea la madre. 

   Desde el gagging, que consiste en introducir el pie en la boca profundamente, hasta el footslap, que supone abofetear con los pies, son muchas las prácticas que involucran a esa parte de la anatomía que aunque repugna a muchos, excita a otros tantos, siendo este un fetiche que comienza a dejar atrás la estigmatización para salir del armario gracias a figuras como la de Lily Allen, que ante la pregunta: Pies, para qué os quiero?, sin duda respondería: Para ganar dinero.


Marita Alonso
Basado en X


martes, 23 de noviembre de 2021

Semillas de fetichismo

 



   El pintor argentino Guillermo Roux relató una vez en una entrevista cual fue la experiencia iniciática que definió su futuro como artista. Curiosamente para muchos, Roux no recordó a ninguno de sus profesores de dibujo ni tampoco mencionó haberse detenido extasiado frente a una obra de arte en algún museo. Contó que de niño concurría a una escuela en el barrio porteño de Flores donde tuvo como maestra a la señorita Susana. La señorita Susana usaba la pollera algo más corta que las demás maestras, tenía ojos grandes y se pintaba los labios de rojo. Recuerdo que a la señorita Susana le gustaban mis dibujos. Entonces, mis cuadernos estaban llenos de dibujos porque sabía que a la señorita Susana le gustaban. Para ella, yo dibujaba más y más.

   La devoción fetichista que los hombres son capaces de desarrollar por las musas femeninas que los excitan, muchas veces sin que ellas mismas sepan lo que provocan, está tan naturalizada que por eso mismo es invisible. La propia palabra fetichismo suele estar asociada a formas sexuales masculinas neuróticas y obsesivas. Pero las atracciones fetichistas como las que Roux describe cuando recuerda a su bonita maestra, son tan omnipresentes como inocentes. Para dispararlas, no es necesario una topmodel vestida de latex y botas de tacón con un látigo en la mano. A veces a ellos les alcanza y sobra con conocer a una mujer afectuosa que se pinte los labios de rojo o que le guste irse a la cama con  medias negras y zapatos de taco alto. 

   El fetichismo de los hombres es la autopista más concurrida hacia su sumisión sexual. Alguna visión, alguna experiencia, los ha conducido hacia una fija devoción por un estilo de mujer especial. De allí, a desear la sumisión sexual hacia ella, aunque todavía no exista en la realidad de sus vidas, hay apenas un paso. Como unido a un hilo del destino tan invisible como indestructible, él buscará durante el resto de su vida el encuentro con esa mujer que es a la vez objeto y fuente de ese fetiche.

   Como en toda relación, las coincidencias complementarias en deseos y gustos genera la mutua atracción. El rol de los hombres sumisos se vuelve importante porque retroalimentan los deseos de sus diosas, las cuales también suelen volverse fetichistas al descubrirse poderosas a través del fetiche pero a cambio ellos esperan que ellas se endiosen a sí mismas, que respondan a sus ideales y así las adoran cada vez más. Es una relación básica de complementos que genera una espiral positiva de intercambios de poderes y placeres.

   Los deseos fetichistas son una de las tantas diferencias existenciales que suele provocar abismos de incomprensión entre los sexos. Son abrumadoramente los hombres al estilo de Roux quienes tienden a desarrollar fantasías fetichistas y son las mujeres la fuente de esos deseos, mujeres como la señorita Susana, su maestra, la que usaba faldas cortas y se pintaba los labios de rojo. Ese tipo de deseos no suele darse en las mujeres y si se dan, es más común que sean lésbicos que heterosexuales. Cuantas de nosotras hemos ingresado casi sin advertirlo a la sexualidad contemplando los rituales de femineidad y seducción de mujeres adultas? Cómo no recordar a aquellas damas que me inspiraron en mi adolescencia, que cortaban el aire a su paso y a quienes yo deificaba como si fueran semidiosas?

   El gran Fellini decía que no le gustaba la idea de entender una película. No creo que la razón sea un elemento esencial en la recepción de un arte. Las películas tienen algo para decirte o no lo tienen. Si te emocionan, no necesitas que te expliquen nada. Y si no, ninguna explicación te va a emocionar.

   Así son los fetiches. Son un sentimiento. No quieras explicarlos ni justificarlos. Son para disfrutarlos sin culpas.  

 



jueves, 12 de noviembre de 2020

La Damsel in distress y la Dominatrix

 



   Vagabundear por sitios web fetichistas del mundo anglosajón me ha permitido ponerme en contacto con personas con una sexualidad más expandida que la que habitualmente cultivamos en nuestro ámbito hispanoparlante. Así fue como hace algunos años me incorporé como una de las pocas o quizás la única mujer latina a un foro de stucking fetish.

   Qué es el stucking fetish? Una mujer maneja un auto con cierta torpeza en una zona rural y se queda atascada en el barro, la arena o la nieve. Entonces ella hace girar las ruedas desesperadamente para poder zafar del stuck y sólo consigue enterrarse cada vez más. Lo que sería una pesadilla total para cualquiera de nosotras se transforma en fetiche cuando aparece un caballero que luego de observar toda la escena, se predispone gentilmente a rescatar a la dama liberando las ruedas o remolcando el auto. Ya a salvo y en tierra firme, le agradecemos con una sonrisa mientras le contamos que nos perdimos y que gracias a él salimos del paso y podremos llegar a una fiesta y es por eso que estamos maquilladas y vestidas tan sexies y, por supuesto, en tacos altos.

   La condición fetichista del stucking se basa en un roleplaying que debe ser bien jugado por ambas partes. Las mujeres somos muñecas bellas, frívolas, incapaces de resolver un simple problema y ellos llegan a la carga como los caballeros de la brillante armadura que conocen todos los secretos para auxiliarnos. Estereotipo machista? Sin dudas. Quizás allí resida parte del encanto del stucking fetish. En su incorrección política frente al igualitarismo tan en boga en los tiempos de hoy.

     El stucking forma parte de un universo fetichista mucho más amplio que suele englobarse en la tradición anglosajona de la damsel in distress. La dama en apuros tradicional nace en las publicaciones picarescas norteamericanas de la década de 1940 emparentada con los dibujos de pinups a las que de pronto se les volaba la falda y quedaban al descubierto en sus prendas íntimas. Si bien puede recrearse en cualquier escenario actual, como es el caso del stucking fetish, la damsel in distress refleja una época en donde roles y vestimentas estaban netamente separadas en femeninas y masculinas. Ella suele usar faldas y tacos altos que la muestran como vulnerable mientras espera a su héroe que siempre llega a tiempo para salvarla como en las viejas películas de Hollywood o las novelas de caballería.


Bettie Page, pinup en apuros


   La damsel in distress y todas sus actualizaciones como el stucking fetish parecen ser el escenario ideal para desarrollar fantasías de mujer sumisa. Tanto en las primeras ilustraciones de pinups como en las recordadas fotos de Bettie Page, las chicas solían presentarse atadas y humilladas aunque siempre conservando una impronta picaresca y divertida. Pero aunque a primera vista parezca lo contrario, también puede haber  dominación en la damsel in distress.

   En que se emparenta la damsel in distress con la dominatrix?

   Para mis aventuras nocturnas en fiestas y discotecas o en la intimidad de mi alcoba, suelo vestir habitualmente ropa fetichista y en especial, zapatos o botas de tacos altos. Es obvio que el uso de dichas prendas me predispone mucho más al rol de una damsel in distress que necesita permanente auxilio masculino para cualquier movimiento que a una mujer con poder. Esa contradicción entre poder erótico y necesidad de auxilio está siempre presente en el Femdom fetichista y es una de las razones de su especial encanto.

   Así como el stucking fetish funciona cuando la chica que maneja el auto deportivo no sólo es sexy sino que necesita del auxilio masculino para salir de la situación del atasco, parte del encanto de las dominatrices es mostrarse como diosas siempre atendidas por una corte de sumisos que se ocupan de todo lo necesario. Ella se limita a brillar y hacerse adorar vistiendo ropas ajustadísimas que casi le impiden el movimiento, invierte horas en elaborados maquillajes y camina montada sobre tacones imposibles que le imposibilitan toda defensa. 

   No es lo mismo?

   Desde el punto de vista masculino, tanto el sumiso que atiende a la dómina como el caballero que auxilia a la chica atascada, no son otra cosa que hombres que se ponen voluntariamente al servicio de las mujeres y disfrutan de su condición de lacayos. En situaciones de damsel in distress, el fetiche pone el poder del lado femenino aunque se aparenta lo contrario. En situaciones de dominatrix, la imagen simbólica de poder femenino es mucho más importante que la realidad de su vulnerabilidad física. 

   En el BDSM, siempre es mucho más importante lo que se fantasea gracias a los símbolos que lo que realmente existe. Por más in distress que esté la damsel en cuero y tacones, si en tu cabeza me imaginás poderosa, entonces lo soy.


Lady Vanessa, fetish al volante



martes, 22 de septiembre de 2020

Botas altas. La respuesta fetichista







   Ocurrió el año pasado pero desde que estamos en cuarentena y los boliches swingers tuvieron que cerrar, parece que hubiera sido hace  un siglo. Estábamos en Class Swinger Hot una noche de miércoles con mi marido esclavo, él como siempre acompañándome fielmente en mis aventuras por los reservados en busca de travestis y muchachos dotados, cuando desde la pista de baile anunciaron que estaba por empezar el show de strippers. Bajamos la escalera y nos acomodamos cerca del escenario en el momento en que la anfitriona de la noche nos anunció que Noelia salía a escena.

   Noelia es diferente a casi todas las bailarinas strippers que circulan por la noche de Buenos Aires. Su estilo es dominante y lo resalta en cada movimiento. En lugar de una aburrida música de adagio, suele elegir temas de AC/DC como The jack, para darle una sensualidad rockanrolera a sus shows; una actitud que se suma a sus botas brillantes de megaplataformas y taco aguja que le dan un aspecto entre excitante y diabólica que me seduce sobremanera. 

   Las strippers en Class Swinger Hot suelen iniciar el show recorriendo la pista para juguetear un poco con quienes miramos, seduciendo principalmente a los hombres presentes para luego desnudarse bailando en el poledance del escenario. A veces, consigo que ellas se sientan atraídas por mis ardientes miradas cargadas de deseo lésbico y logro que se me acerquen. Con Noelia tuve un crash especial; ya nos habíamos enlazado por la cintura en otra noche hot en la que me quedé extasiada al acariciarla por unos segundos gracias a su perfume y a la suavidad de su piel. Esta vez me acaricié las tetas mirándola fijamente mientras le lanzaba besos al aire. Ella me devolvió una sonrisa y en un momento se me acercó, cortando el aire a su paso con sus contoneos.

    Entonces fue cuando mi esclavo tuvo hacia ella un gesto inesperado. En un segundo, se arrojó a sus pies y le besó las botas. Fue una sorpresa general: un hombre arrodillado en el piso ante su esposa y besando las botas de la stripper. Lo que es costumbre en el Femdom suele ser chocante en el swinger. Ella me besó fugazmente y me susurró: Se nota que lo tenés bien entrenado. Se alejó sonriendo a seguir su encantadora rutina en el poledance mientras mi marido esclavo se ponía de pie con la satisfacción de la misión cumplida en su rostro.




   La conducta de mi esclavo seguramente sorprendió a muchos de los presentes pero no a mí. Como dominatriz fetichista, sé perfectamente hasta qué punto ciertos elementos fetiche como las botas de Noelia tienen el poder de disparar los deseos más sumisos de un hombre. Pero al mismo tiempo, tambien sé que suelen generar resquemores en las mujeres que no los comparten.

  Los clásicos fetiches de los hombres (botas, tacos altos, vinilos, latex, cuero) suelen estar ligados por las mujeres a sentimientos oscuros y a relaciones enfermizas. Perverso y obsesivo son adjetivos con los que ellas suelen calificar a los hombres fetichistas. La publicidad alrededor de las dominatrices y nuestros seguidores sigue siendo negativa. En realidad, los fetiches femeninos siempre son elementos glamorosos que nos hacen ver más bellas. La maravillosa y sabia Ama Eva suele decir simplemente Fetiche es ponerte guapa para el sexo. Cada mujer, no importa físico o edad podría ser una diosa fetichista si así lo deseara y acceder a un reino mágico.

   Los fetiches que habitan mi vestidor así como las botas de Noelia, tienen el poder de ser profundamente transformativos. Cualquier chica crossdresser podría explicar perfectamente lo que se siente cuando ensaya dar unos pasos arriba de un par de tacos altos o cuando se mira al espejo con un corsette que le otorga una curva en la cintura. Son sensaciones imposibles de capturar en natural. Por supuesto, no son objetos diseñados para dar comodidad o confort. Fueron creados para que las mujeres podamos convertirnos en hechiceras invocando la magia de la seducción femenina. Las imágenes fetichistas están íntimamente ligadas tanto al placer del sexo como a darle al mismo una dimensión teatral. Pero por encima de todo, el fetiche es belleza. Y a mí me gusta la belleza y me gusta por sobre todo sentirme bella.





martes, 17 de marzo de 2020

Fetiche de mujer, fetiche de hombre







   Hace poco se me dió por recordar un antiguo debate en un foro BDSM en donde los participantes compartíamos los fetiches que más nos excitaban. Creo que todo sitio web BDSM debe tener uno o varios hilos referidos a esta temática en donde cada forista cuenta sus fetiches predilectos y a la vez se suma a los aportes de los demás. Mi esclavo marido, que también participaba activamente y siempre tuvo un foco de interés muy fijo en las diferencias de género, en un dado momento me comentó. Fijate que todos los fetiches de los varones apuntan a lo femenino y casi todos los de las mujeres...también.

   La suya fue una observación sencilla pero muy atinada. Los muchachos daban rienda suelta a sus pasiones describiendo en lujo de detalle todo lo que los excitaba de nosotras. Abundaban las descripciones detalladas de la ropa sexy femenina, de los peinados, de los maquillajes y accesorios que usamos y de ciertas actitudes nuestras en el sexo o en la seducción que ellos juzgaban erotizantes. Las chicas no nos quedábamos atrás a la hora de contar que cosas nos excitaban pero muy pocas se referían a actitudes o elementos masculinos.

   Casi todos ellos se excitan con algo de lo que nosotras vestimos o hacemos. Casi todas nosotras nos excitamos con algo de lo que nosotras mismas vestimos o hacemos.

   En mi columna El fetiche es una cuestión del amor, cito a la pornógrafa y escritora Dian Hanson cuando dice que los fetiches de los varones suelen comenzar de niños, cuando se sienten atraídos por los accesorios que las mujeres usan para realzar su belleza y por las texturas brillantes y suaves que caracterizan a las prendas femeninas. Para un chico, ver a su madre, tía o hermana mayor vestida y maquillada para matar, puede ser un shock que no se olvide fácilmente. Muchos varones me han comentado personalmente ese recuerdo puntual de su niñez como algo que determinó su sexualidad adulta. El arreglo femenino, la artificialidad femenina, es capaz de hacer magia sobre el cuerpo de una mujer. Esa magia es el fetiche. 

   A mí me ocurrió lo mismo, con la única diferencia que yo no era niño sino niña. Hasta mis primeros escarceos sexuales de la adolescencia, nunca sentí demasiado interés por nada que fuera masculino. Pero todo lo relacionado con la femineidad me atraía poderosamente. Me recuerdo más de una vez extasiada ante el paso de una mujer sensual a la que observaba como se observa a una semidiosa. Sabía, intuía, que por ahí rondaba un gran poder de la naturaleza y yo quería saber como funcionaba ese poder, cómo adquirirlo y cómo aprender a manejarlo. 

   Hace muy poco, un su sitio de Facebook, mi amiga GabrielaDom preguntaba: Si a un fetichista le calientan ciertos objetos o partes del cuerpo de otras personas, al que le gusta usar ciertos objetos o que adoren determinadas partes de su cuerpo...como se le llama? Es que a mi me calienta de chiquita la sensación de las medias de nylon, el lápiz de labios rojo, los portaligas... y todo eso que según mi mamá, es de puta.

   La pregunta de GabrielaDom pone la luz en el centro de la cuestión porque lo que es de puta es lo mismo que te vuelve atractiva. El negocio de las putas siempre fue verse atractivas. Y qué chica no desea verse atractiva aunque sea por simple coquetería, aunque no haya sexo de por medio? La ingenua censura de nuestras madres (no te pongas eso porque eso es de puta) sólo sirve para agregarle a eso el delicioso placer de la rebeldía y el pecado. Eso se convierte en la puerta de entrada al mundo de las chicas malas, que siempre son las protagonistas de la fiesta y son las que se divierten más. Entonces eso se convierte en un fetiche, tanto para ellos como para nosotras. GabrielaDom es una fetichista como yo. Nuestros adoradores sumisos también lo son.

   A las mujeres adultas fetichistas nos excita vestir lo mismo que a ellos les excita que vistamos y nos excita hacer lo mismo que a ellos les excita que hagamos. A nosotras nos excita excitar. Pero a ellos, que se excitan tan fácilmente con nosotras, les cuesta poder vivir en sí mismos alguna sensación fetichista. Por eso, tantos y tantos de ellos buscan el placer vistiendo a escondidas la misma ropa de puta que nosotras y usando los mismos labiales rojos. 




miércoles, 8 de enero de 2020

Botas altas. Poder y vulnerabilidad






   Varias veces me he referido en mis columnas sobre la historia del fetiche de las botas, a la gran batalla de los años cincuenta y sesenta, luchada por diseñadores como Beth Levine, André Courrèges e Yves Saint Laurent para arrancar a las botas del feo mundo del calzado utilitario para días lluviosos o tareas campestres y llevarlas al reino fashion de la alta moda.  No hay duda que aquellos pioneros tuvieron éxito y ese éxito habla por sí mismo de como un buen par de botas realza la elegancia de cualquier  mujer que las calza. Pero el tiempo que llevó lograr la aceptación masiva y vencer la resistencia (fueron muchos años de lucha), también nos advierte sobre la tensión sexual inherente al uso de botas por parte de las mujeres. Esa mujer en botas en los años sesenta proyectaba una imagen que se alejaba como nunca antes del rol tradicional femenino de sus madres, vigente en los años cuarenta y cincuenta.

   Esa tensión sexual no ha aflojado con el paso del tiempo. Las botas siguen provocando a nuestras ideas sobre los estereotipos de género; si los hombres eran quienes históricamente llevaban las botas para ir la guerra; la respuesta de la moda, en especial a partir de los años ochenta, fue diseñar botas agresivamente femeninas para otro tipo de guerra. Así fue como el gesto sensual de la mujer, imitado por millones de travestis en todo el mundo, de estirar su pierna cubierta de cuero o vinilo para abrir o cerrar la cremallera de una bota se volvió parte del imaginario universal del sexo fetichista. Las botas masculinas son una prenda de vestir. Las botas femeninas son sexo.

   Las damas boteras y nuestros adoradores podemos afirmar que lo que Nancy Sinatra cantaba allá por los sesenta se ha cumplido sólo a medias. Aquella bota de taco bajo sigue firme en ventas en todas la tiendas pero cuando los tacones stiletto se sumaron a las cañas altas, no quedó dudas que las botas estaban hechas más para seducir que para caminar. 

   Como todo en esta vida, la seducción tiene su precio. Como habitual usuaria de botas fetichistas, yo afirmo que las mujeres Femdom que nos lucimos en fiestas BDSM calzando esas obras de arte de la arquitectura erótica, con sus megaplataformas y sus tacones de más de quince centímetros, estamos ejercitando mucho más el rol de una damsel in distress que necesita permanente auxilio masculino para cualquier movimiento que no esté previamente calculado y medido que el rol de diosa todopoderosa que puebla las fantasías eróticas de los hombres sumisos. Por supuesto que en una fiesta sado, esa es una verdad que no le interesa a casi nadie. En el mundo del BDSM, siempre es mucho más importante lo que se fantasea que la cruda realidad. Si me ves en botas y me imaginás poderosa, entonces lo soy.

   En mi columna del año pasado, Botas altas. Estética y poder cité a la escritora Valerie Steele que afirma que cuando las mujeres adoptaron las botas, se convirtieron en amazonas fálicas sexualizadas porque las botas altas de tacón alto simbolizan enormes penes femeninos. La paradoja es que cuando las dominatrices fetichistas cubrimos nuestras piernas con esas torres de poder fálico, quedamos imposibilitadas de correr o defendernos si somos víctimas de una agresión. Un calzado cuyo costado fetichista en un principio estaba asociado a una mujer atlética y físicamente fuerte que luchaba y corría como la que proponían desde las pantallas las heroínas de los sesenta como Honor Blackman o Diana Rigg en The Avengers, fue evolucionando a través de las décadas para terminar convirtiéndose en un accesorio de fantasía sexy que aquella mujer encontraría hoy imposible de usar. Lo notable es que en ese proceso de cambio, las botas femeninas jamás perdieron su carácter de prenda fetichista.

   En la misma columna, también cité a otra escritora, Elizabeth Semmelhack, que propuso la teoría de que las botas son un símbolo sexual porque conducen la mirada de los pies a la entrepierna. Allí reside otra paradoja que aumenta la tensión sexual: así combinemos las botas con pantalones o con un catsuit en lugar de una falda, nuestra entrepierna siempre será la parte más vulnerable de nuestro cuerpo en términos sexuales. A más altas son las botas, más directamente hacia allí van dirigidas todas las miradas que recibimos a causa de nuestra condición femenina.

   La conclusión es que, sea por una cuestión tan práctica como es no poder huir de una eventual agresión o por una cuestión más psicológica relacionada con adonde va la mirada masculina cargada de deseo sexual, las mujeres que usamos botas fetichistas estamos exhibiendo un lado vulnerable que va escondido por detrás del fetiche del poder femenino. Esa ambivalencia que mostramos entre poder y debilidad puede ir en contra de las fantasías que los hombres sumisos han puesto sobre nosotras pero va muy a favor de nuestras necesidades porque, aunque a veces no lo parezca, somos mujeres humanas que como todas necesitamos apoyo, amor y protección. 





lunes, 25 de noviembre de 2019

Tacones altos. Shoedog






   Quienes googleen la palabra shoedog, probablemente se topen con la tapa de un libro que es la autobiografía del fundador de Nike, Phil Knight. Pero como tantas otras palabras relacionadas con la vestimenta, en especial con la vestimenta femenina, mucho más especial con el calzado femenino, shoedog tiene un significado oculto, sólo conocido por los fetichistas de los tacos altos.

   Un shoedog es en principio un vendedor de calzado para mujeres que pone mucho empeño en su tarea. Pero una segunda lectura le da un significado algo diferente. Shoedog no es un vendedor de zapatos que podría vender cualquier otra cosa en una gran tienda. Un shoedog es además un fetichista apasionado por los zapatos y por los pies femeninos. Es un devoto admirador de sus clientas, de todas ellas, no sólo de las más hermosas o de las que tienen los pies más cuidados. Es un experto en su oficio, un sabio de los talones, los arcos y los dedos, que sabe como usar las palabras para hacer sentir a su clienta confortable y complacida, sin acosarla ni intimidarla, sin atravesar los límites de su obsesión.

    Un breve rastreo en Internet del término shoedog nos lleva en primer lugar al año 1962 y al escritor Leslie Fiedler. En un cuento titulado An expense of spirit, Fiedler pone en boca de su protagonista la frase I am a shoe salesman, a shoedog my colleagues prefer to say... Décadas después, el novelista George Pelecanos publicó en 1994 una novela titulada justamente Shoedog en donde el propio protagonista, un vendedor de zapatos, se describe como ...un perro que cuando cruza un puente, no mira a derecha ni a izquierda, mantiene su cabeza recta y su mirada fija porque toda su atención está en alcanzar el otro lado del puente. El perro de los zapatos sólo presta atención a los pies y el calzado de las damas. No pierde tiempo en otros menesteres.






      Desde nuestro lado femenino, encontrarnos con un verdadero shoedog del otro lado de la caja cuando salimos de compras de zapatos o botas es una de las experiencias de shopping más gratificantes que una mujer fetichista puede experimentar. Y puedo atestiguar que en mis recorridos por zapaterías de varios países, he tenido varias. 


domingo, 20 de octubre de 2019

Botas altas. Estética y poder.







   Conversando una vez sobre moda femenina con amigas que conocen mi pasión por las botas, me han preguntado, intrigadas, como fue que las botas ganaron el reconocimiento como el más sexy de todos los calzados femeninos posibles. De esa conversación y de muchas otras similares, extraje estas tres preguntas que pueden resumir todas las inquietudes que el fetiche de las botas provoca.
  • Son las botas altas sexies por sí mismas, por el efecto visual que provocan?
  • Somos las mujeres que las usamos las que las convertimos en accesorios de seducción porque al calzarlas sentimos que crecemos en confianza y poder?
  • Somos nada más que un reflejo de la mirada fetichista masculina y retroalimentamos el fetiche usándolas en los momentos apropiados, cuando queremos vestirnos para matar?

   Una teoría que suele circular en algunos sitios web fetichistas afirma que la relación chica con botas = chica sexy se debe al éxito del film Pretty Woman, de 1990, en donde Julia Roberts encarna a una puta callejera de Los Angeles que usa botas altas de vinilo negro.  Durante toda la primera parte de Pretty Woman, la cámara se regodea con las botas en primer plano, incluyendo detalles típicamente fetichistas como la subida del cierre previo a una salida nocturna. No quedan dudas que para Vivian, el personaje que interpreta Julia Roberts, las botas son parte inseparable de un look de vestirse de puta, como su minifalda de spandex celeste y la peluca rubia. Cuando Richard Gere la conduce a un hotel de lujo, las miradas de desaprobación que Vivian recibe por su aspecto van dirigidas en primer lugar a sus botas. Ya en la habitación, la asociación botas - puta se refuerza cuando Vivian saca los preservativos de adentro de una de sus botas. 








La modelo y performer trans Cassandra Cass 
lookeada a la Vivian de Pretty Woman




   En círculos fetichistas. se ha bautizado como el efecto Vivian a esta asociación que une a las botas femeninas con la intención de vestirse de puta para el sexo. Hace unos años, escribí esta columna refiriéndome a ese prejuicio y su conexión con las escenas de Pretty Woman

   Quienes sostienen que el efecto Vivian es real, quizá desconozcan que el cine muestra desde por lo menos el año 1968 a toda clase de chicas malas como prostitutas o bailarinas de cabaret, que usan botas para reforzar su atractivo sexual. Como el cine no inventa nada y sólo reproduce en la pantalla las modas de la calle, me resulta obvio que el llamado efecto Vivian no es más que un reflejo de películas y modas de épocas muy anteriores al estreno de Pretty Woman

   Hagamos entonces un poco de botología y remontémonos a los inicios del fetiche, a los recordados años sesenta, cuando nació la bota fashion.

   Quienes sostienen que el efecto Vivian es real, quizá desconozcan que el cine muestra desde por lo menos el año 1968 a toda clase de chicas malas como prostitutas o bailarinas de cabaret, que usan botas para reforzar su atractivo sexual. Como el cine no inventa nada y sólo reproduce en la pantalla las modas de la calle, me resulta obvio que el llamado efecto Vivian no es más que un reflejo de películas y modas de épocas muy anteriores al estreno de Pretty Woman

   Hagamos entonces un poco de botología y remontémonos a los inicios del fetiche, a los recordados años sesenta, cuando nació la bota fashion.

   Why boots? Because they give the best proportion in the world. Because, taken top to toe, every woman looks five-hundred times more dashing in boots than without. That's why boots (Vogue, 1967).

   Hace más de cincuenta años, en pleno apogeo de la primera ola de botas para mujeres que querían verse elegantes, Vogue daba la definición perfecta sobre el porqué de su uso asegurando que las botas le dan a tus piernas las mejores proporciones y que las mujeres lucen quinientas veces más elegantes con botas que sin ellas. Es importante observar que la opinión de Vogue carece de toda connotación sexual o fetichista. Sólo expone en palabras una lógica estética basada en los efectos visuales de un juego de proporciones en la pierna humana femenina que las divas de la época como Brigitte Bardot, Jane Fonda o Mónica Vitti manejaban a la perfección.  




Brigitte Bardot, la máxima diosa botera de los sesenta


   Bien por Vogue. Pero tanto para las mujeres que usamos botas como para los hombres fetichistas que nos adoran, está claro que en el impacto que ejercen las botas femeninas, los efectos psicológicos son mucho más importantes que cualquier opinión enunciada desde la pura estética como aquella de Vogue. Sabemos que el sexo y el calzado femenino están interconectados desde siempre a través de la fantasía y los fetiches pero si el calzado es una bota, esa conexión se vuelve mucho más poderosa. Podemos entender algo de esa conexión analizando las siguientes opiniones de dos mujeres que algo saben del tema.

   Mary Quant, diseñadora inglesa e inventora de la minifalda, dijo una vez que toda la revolucionaria moda femenina en los sesenta podía resumirse en la palabra piernas. La moda de las botas llegó junto con la minifalda y los minivestidos. Esa moda simbolizó la liberación sexual de la mujer a través de la importancia de las piernas pero a la vez provocó una mirada masculina que la fetichizó y objetivó como nunca antes. La asociación entre la imagen de la mujer en botas y el sexo libre comenzó a formar parte de la psiquis fantasiosa de millones de hombres. A partir de esos años, las imágenes de las piernas de las mujeres cubiertas por las botas han sido parte indeleble de la cultura sexual de Occidente. Quant tenía razón.

   Elizabeth Semmelhack, autora de Heights of Fashion: A History of the Elevated Shoe, combina los dos aspectos, los psicológicos y los estéticos, al sostener que mientras los zapatos llevan la mirada hacia los pies, las botas hasta el muslo enfatizan visualmente la sexualidad femenina llevando la mirada de los hombres a la entrepierna. Según Semmelhack, el fetiche de las botas de mujer no solamente trata de como se muestran las piernas sino que nos conduce directamente a la pelvis, al mismo centro de la sexualidad femenina.



Russian Fetish Queen luciendo las muy altas botas de Arollo



   Me falta decir que la bota femenina no es sólo estética y sexo. Es además un símbolo de poder. Como lo explico en esta columna referida a la bota St Laurent, si las botas eran un histórico calzado masculino relacionado con la lucha y el poder militar, con el juego del dominio y el sometimiento, las botas ganan inmediatamente una connotación de poder sexual Femdom cuando comienzan a ser usadas por las mujeres. El uso de las botas sugiere la transformación de la mujer en una guerrera erótica. 

   En su libro Fetish: Fashion, Sex & Power, la escritora Valerie Steele afirma que cuando las mujeres adoptaron las botas, se convirtieron en amazonas fálicas sexualizadas que juegan con la fantasía sexual masculina del dominio femenino. La inquietante tesis de Steele propone que a diferencia de las botitas al tobillo, tan encantadoras y sexies como inocentes, las botas altas son metáforas de los penes femeninos. Cuanto más alta sube la bota sobre el muslo, más fálica y amenazadora se vuelve, una fantasía que se refuerza con el agregado de los tacones altos, otro símbolo fálico por excelencia. 



Heike Fetish Queen


   Confieso que esta idea es la que más me pone en modo hot. Me gusta creer que cuando me subo el cierre de mis botas para una noche de discoteca swinger, no sólo lo hago como lo hacía Vivian en Pretty Woman para sentirme más bella y atractiva. Lo que me estoy poniendo en las piernas son dos enormes vergas siempre erectas para salir a cazar en los reservados de parejas a mis bellas e indefensas princesas sumisas. Será por eso que algunas de ellas se me entregan tan mansamente sin poner objeciones; lo hacen porque entienden el juego, porque ellas también se excitan al verme tan sado, sensual, femenina y fálica.



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