sábado, 24 de enero de 2026

Spanking (IV). Jean Jacques Rousseau

 

Emprendo una obra de la que no hay ejemplo y que no tendrá imitadores. Quiero mostrar a mis semejantes un hombre en toda la verdad de la Naturaleza y ese hombre seré yo. 




   La primera parte de las Confesiones de Jean Jacques Rousseau apareciò en 1782, cuatro años despuès de la muerte del autor. Casi inmediatamente, se hizo famosa en Francia y en Europa. Con el propòsito de escribir un texto desde la màs absoluta honradez, a corazòn abierto, Rousseau nos regalò a los futuros fans del BDSM el primer relato autèntico de lo que significa ser un sumiso adicto al spanking. Abre el fuego desde las primeras pàginas y es evidente que Jean Jacques debe vencer una gran resistencia interior para confesar sus cuestiones sexuales y que por eso, elige ponerlas al principio de la obra. 

   He dado ya el paso primero y más difícil en el oscuro y cenagoso laberinto de mis confesiones. Ciertamente no cuesta tanto confesar lo criminal como lo vergonzoso y ridículo. Ahora no puedo temer que me falte resolución para decirlo todo.

   En sus propias memorias, tanto Leopold Sacher Masoch como Jean Jacques Rousseau nos contaron como su sexualidad fue marcada para siempre al haber sido castigados de niños por mujeres maduras (y bellas). El paralelo entre ambos es màs que evidente.

Pero bien, hay que reconocerlo, mientras me retorcía bajo los crueles golpes de la bella mujer, sentía una especia de goce.

Leopold Sacher – Masoch

Quien creería que este castigo de niño recibido a los 8 años por mano de una mujer de treinta decidió mis gustos, mis deseos y mis pasiones, para el resto de mi vida y todo eso en el sentido contrario a lo que debería ser habitualmente. Al mismo tiempo que mis sentidos se despertaron, mis deseos sintieron tan bien el cambio que les impartió lo que había experimentado, que no se atrevieron a buscar otra cosa.

Jean Jacques Rousseau

   Si bien el nombre de Rousseau no ha quedado asociado a la sexualidad flagelante como el de Sacher - Masoch, su anécdota es igualmente conmovedora porque va más lejos: cuenta que al quedar su sexualidad marcada para siempre por una experiencia de spanking vivida en su infancia, durante toda su vida su natural timidez y las costumbres de la època le impedìeron lograr una unión amorosa satisfactoria. Un clàsico caso de fetichismo castrante.

   Ahi va Jean Jacques.

   La señorita Lambercier tenía para con nosotros el afecto de una madre, pero también tenia su autoridad y nos castigaba cuando lo merecíamos. Mucho tiempo se mantuvo con las amenazas y esta amenaza de un castigo nuevo me parecía muy terrible, pero después de la ejecución lo encontré menos terrible en la prueba que en la espera y lo más extraño es que este castigo me hizo amar más a quien me lo había impuesto (…) un castigo en el que había encontrado una sensualidad que me había dejado más deseo que temor por experimentarlo otra vez por la misma mano.

   Naturalmente, Rousseau se refiere a la flagelación, a los azotes en las nalgas y admite que esta escena lo marcó en sus gustos eróticos de adulto y según se desprende de la descripción, la situación es sentida como sensual y buscada activamente como un acto consentido y deseado. La lucidez de Rousseau para describir sus fantasìas es tal que más adelante afirma lo que millones de sumisos podrìan haber confesado en siglos siguientes:

   Mi antiguo placer de niño, en lugar de desvanecerse, se asoció de tal manera al otro (relación sexual) que no pude nunca descartarlo de los deseos encendidos por mis sentidos: y esta locura, unida a mi timidez habitual, me ha vuelto siempre muy poco emprendedor con las mujeres.

   Y lo más particular es que aquel castigo aun me aficionó más a lo que me lo había impuesto, de modo que fue necesaria mi natural dulzura y toda la verdad del afecto que le profesaba para que no tratara de conocer la repetición del mismo, mereciéndolo, porque encontré una mezcla de sensualismo en el deber y en la vergüenza del castigo, que me hacía desear recibirlo otra vez de la misma mano. Es verdad que había en ello cierta precocidad instintiva de sexo y, por lo tanto, el mismo tratamiento practicado por su hermano no me habría parecido tan gustoso.

   JJ reconoce la tendencia de los sumisos buscar deliberadamente el castigo mediante el mal comportamiento. Tambièn reconoce que el castigo sòlo es aceptado y deseado mediante la mano que le gusta al castigado (femenina y bella, por supuesto). Un clàsico de la sumisiòn masculina.

   Quién creería que este castigo de chiquillo, recibido a la edad de ocho años, por mano de una mujer de treinta, fue lo que decidió mis inclinaciones, gustos y pasiones por todos los días de mi vida y precisamente en sentido contrario del que podría naturalmente imaginarse? Hostigado largo tiempo sin saber por qué, devoraba con ardientes ojos las mujeres bellas que se presentaban a mi fantasía con insistencia, sin otro objeto que gozar a mí singular manera, convirtiéndolas en otras tantas señoritas Lambercier.

   En mis necios antojos, en mis eróticos furores, en las acciones extravagantes a que a veces me conducían, valíame imaginariamente del sexo bello sin pensar que pudiese ofrecer otro concurso del que yo ardientemente deseaba.

   Esta locura, unida a mi natural timidez, me ha quitado toda osadía con las mujeres, privado de decirlo todo o de satisfacer mi pasión; no pudiendo la especie de goce, que para mí era un preliminar indispensable, ser adivinado por la persona que podía dispensármelo ni ser usurpado por el mismo que siente tan extraño deseo. Así he pasado mi vida, anhelante y callado, junto a las personas que más he amado. No atreviéndome a declarar mi afición, la entretenía por medio de conexiones que despertaban su recuerdo en mi alma: Estar a los pies de una mujer imperiosa, obedecer sus mandatos y tener que pedirle mil perdones, eran para mi placeres inefables, y cuanto mayor impulso comunicaba mi viva imaginación a mi sangre, tanto más parecía un amante tímido.

   Si leyerámos a Rousseau bajo la óptica del moderno BDSM, diríamos que se comporta como un masoquista clásico. Rousseau busca construir en una mujer el látigo que terminaría flagelándolo para su placer y su realizaciòn sexual pero como teme expresar sus deseos ocultos por temor al rechazo, todo queda en el plano fantasioso. Rousseau soñaba con inducir un despertar dominador en las mujeres que amaba pero tal conducta era imposible dadas las costumbres femeninas de la ëpoca.

   Es interesante como Rousseau al autoanalizarse, se da a sí mismo una respuesta de tipo casi freudiana buscando explicar su masoquismo sexual. La expresiòn el despertar de los sentidos nos recuerda a las típicas experiencias iniciáticas de un fetichista o un travesti. Es notable la actualidad y modernidad de su análisis: en su naturaleza sexual, que se despierta bajo los azotes, late un espíritu masoquista que se regodea en recibirlos pero a la vez se condena por ese goce; su pensamiento es lo opuesto de un sádico que sueña con el momento en que pueda ponerse del otro lado del azote. Y no descuida de reconocer la tendencia a enamorarse de su castigadora y a buscarla en todas las mujeres.

   La restricción de expresar deseos y fantasías para no ser despreciados y rechazados por las mujeres es una marca característica de la timidez masculina masoquista. Sabiéndose incomprendidos, obligados a refugiarse por la fuerza en un mundo cerrado y personal de masturbaciones y fantasías, los sumisos masoquistas va afinando y fortaleciendo cada vez más sus ensoñaciones, lo que a su vez los aleja cada vez más del mundo corriente en donde habitan las chicas de su edad a las ellos que desearían adorar. Es muy común que se apasionen por mujeres maduras que quizàs jamás les prestarán atención: no sólo se muestran más seguras de sí mismas, sino que desde su vestimenta y actitudes suele emanar un carácter dominante que ellos perciben muy fácilmente.

   Así como una rama de la psicología clínica logró meter a Sade y a Sacher Masoch en un asilo de desviados sexuales; así también se ha proclamado que su literatura es un punto de partida para todo un movimiento propio dentro de la sexualidad, la lead female relationship asociada al fetichismo sadomasoquista y a las fantasìas de la Mistress y el esclavo. Junto a Leopold, habrìa que sentar a Jean Jacques en la mesa de los grandes precursores de esa forma de gozar el sexo, tanto desde su faceta hedonista y placentera como desde la màs tràgica condiciòn humana.









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