Conversando una vez sobre moda femenina con amigas que conocen mi pasión por las botas, me han preguntado, intrigadas, como fue que las botas ganaron
el reconocimiento como el más sexy de todos
los calzados femeninos posibles. De esa conversación y de muchas otras similares, extraje estas tres preguntas que pueden resumir todas las inquietudes que el fetiche de las botas provoca.
- Son las botas altas sexies por sí mismas, por el efecto visual que provocan?
- Somos las mujeres que las usamos las que las convertimos en accesorios de seducción porque al calzarlas sentimos que crecemos en confianza y poder?
- Somos nada más que un reflejo de la mirada fetichista masculina y retroalimentamos el fetiche usándolas en los momentos apropiados, cuando queremos vestirnos para matar?
Una
teoría que suele circular en algunos sitios web fetichistas afirma que la
relación chica con botas = chica sexy se
debe al éxito
del film Pretty Woman, de
1990, en
donde Julia Roberts encarna a una puta callejera de Los Angeles que usa botas
altas de vinilo negro. Durante toda la primera parte de Pretty Woman, la cámara se regodea con las botas en primer plano, incluyendo detalles típicamente fetichistas como la subida del cierre previo a una salida nocturna. No quedan dudas que para Vivian, el personaje que interpreta Julia Roberts, las botas son parte inseparable de un look de vestirse de puta, como su minifalda de spandex celeste y la peluca rubia. Cuando Richard Gere la conduce a un hotel de lujo, las miradas de desaprobación que Vivian recibe por su aspecto van dirigidas en primer lugar a sus botas. Ya en la habitación, la
asociación botas - puta se refuerza cuando Vivian saca los preservativos de adentro de una de sus botas.
En círculos fetichistas. se ha bautizado como el efecto Vivian a esta asociación que une a las botas femeninas con la intención de vestirse de puta para el sexo. Hace unos años, escribí esta columna refiriéndome a ese prejuicio y su conexión con las escenas de Pretty Woman.
Quienes sostienen que el efecto Vivian es real, quizá desconozcan que el cine muestra desde por lo menos el año 1968 a toda clase de chicas malas como prostitutas o bailarinas de cabaret, que usan botas para reforzar su atractivo sexual. Como el cine no inventa nada y sólo reproduce en la pantalla las modas de la calle, me resulta obvio que el llamado efecto Vivian no es más que un reflejo de películas y modas de épocas muy anteriores al estreno de Pretty Woman.
Hagamos entonces un poco de botología y remontémonos a los inicios del fetiche, a los recordados años sesenta, cuando nació la bota fashion.
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La modelo y performer trans Cassandra Cass lookeada a la Vivian de Pretty Woman |
En círculos fetichistas. se ha bautizado como el efecto Vivian a esta asociación que une a las botas femeninas con la intención de vestirse de puta para el sexo. Hace unos años, escribí esta columna refiriéndome a ese prejuicio y su conexión con las escenas de Pretty Woman.
Quienes sostienen que el efecto Vivian es real, quizá desconozcan que el cine muestra desde por lo menos el año 1968 a toda clase de chicas malas como prostitutas o bailarinas de cabaret, que usan botas para reforzar su atractivo sexual. Como el cine no inventa nada y sólo reproduce en la pantalla las modas de la calle, me resulta obvio que el llamado efecto Vivian no es más que un reflejo de películas y modas de épocas muy anteriores al estreno de Pretty Woman.
Hagamos entonces un poco de botología y remontémonos a los inicios del fetiche, a los recordados años sesenta, cuando nació la bota fashion.
Why boots? Because they give the best proportion in the world. Because, taken top to toe, every woman looks five-hundred times more dashing in boots than without. That's why boots (Vogue, 1967).
Hace
más de cincuenta años, en pleno apogeo de la primera ola de botas
para mujeres que querían verse elegantes, Vogue daba la definición
perfecta sobre el porqué de su uso asegurando que las botas le dan a
tus piernas las mejores proporciones y que las mujeres lucen
quinientas veces más elegantes con botas que sin ellas. Es importante observar que la opinión de Vogue carece de toda connotación sexual o fetichista. Sólo expone en palabras una lógica estética basada en los efectos
visuales de un juego de proporciones en la pierna humana femenina que las divas de la época como Brigitte Bardot, Jane Fonda o Mónica Vitti manejaban a la perfección.
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Brigitte Bardot, la máxima diosa botera de los sesenta |
Bien por Vogue. Pero tanto para las mujeres que usamos botas como para los
hombres fetichistas que nos adoran, está claro que en el impacto que ejercen las botas femeninas, los efectos psicológicos son
mucho más importantes que cualquier opinión enunciada desde la pura estética como aquella de Vogue. Sabemos
que el sexo y el calzado femenino están interconectados desde
siempre a través de la fantasía y los fetiches pero si el calzado es
una bota, esa conexión se vuelve mucho más poderosa. Podemos entender algo de esa conexión analizando las siguientes
opiniones de dos mujeres que algo saben del tema.
Mary Quant, diseñadora inglesa e inventora de la minifalda, dijo una vez
que toda la revolucionaria moda femenina en los sesenta podía
resumirse en la palabra piernas. La moda de las botas llegó junto
con la minifalda y los minivestidos. Esa moda simbolizó la
liberación sexual de la mujer a través de la importancia de las piernas pero a la vez provocó una mirada
masculina que la fetichizó y objetivó como nunca antes. La
asociación entre la imagen de la mujer en botas y el sexo libre
comenzó a formar parte de la psiquis fantasiosa de millones de
hombres. A partir de esos años, las imágenes de las piernas de las
mujeres cubiertas por las botas han sido parte indeleble de la
cultura sexual de Occidente. Quant tenía razón.
Elizabeth
Semmelhack, autora de Heights of Fashion: A History of the Elevated
Shoe, combina los dos aspectos, los psicológicos y los estéticos,
al sostener que mientras los zapatos llevan la mirada hacia los pies,
las botas hasta el muslo enfatizan visualmente la sexualidad femenina
llevando la mirada de los hombres a la entrepierna. Según
Semmelhack, el fetiche de las botas de mujer no solamente trata de
como se muestran las piernas sino que nos conduce directamente a la pelvis, al mismo centro de
la sexualidad femenina.
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Russian Fetish Queen luciendo las muy altas botas de Arollo |
Me
falta decir que la bota femenina no es sólo estética y sexo. Es
además un símbolo de poder. Como lo explico en esta columna referida a la bota St Laurent, si las botas eran un histórico
calzado masculino relacionado con la lucha y el poder militar, con el juego del dominio y el sometimiento, las botas ganan inmediatamente
una connotación de poder sexual Femdom cuando comienzan a ser usadas por las
mujeres. El uso de las botas sugiere la transformación de la mujer
en una guerrera erótica.
En su libro Fetish: Fashion, Sex & Power, la escritora Valerie Steele afirma que cuando las mujeres adoptaron las botas, se convirtieron en amazonas fálicas sexualizadas que juegan con la fantasía sexual masculina del dominio
femenino. La inquietante tesis de Steele propone que a diferencia de las botitas al tobillo, tan encantadoras y
sexies como inocentes, las botas altas son metáforas de los penes
femeninos. Cuanto más alta sube la bota sobre el muslo, más fálica
y amenazadora se vuelve, una fantasía que se refuerza con el
agregado de los tacones altos, otro símbolo fálico por excelencia. La siguiente foto de Heike , The Fetish Queen, me exime de mayores comentarios.
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Heike |
Confieso
que esta idea es la que más me pone en modo hot. Me gusta creer que cuando me subo
el cierre de mis botas para una noche de discoteca swinger, no sólo lo hago como lo hacía Vivian en Pretty Woman para sentirme más bella y atractiva. Lo que me
estoy poniendo en las piernas son dos enormes vergas siempre erectas
para salir a cazar en los reservados de parejas a mis bellas e indefensas
princesas sumisas. Será por eso que algunas de ellas se me entregan tan
mansamente sin poner objeciones; lo hacen porque entienden el juego, porque ellas también se excitan al
verme tan sado, sensual, femenina y fálica.