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jueves, 12 de junio de 2025

Spanking (III). Fanny Hill

 



   Fanny Hill es considerada uno de los clásicos de la literatura erótica universal y durante dos siglos sufrió no sólo censura y prohibición por inmoral, sino juicios y condenas al autor y al editor. Todavía en 1960 se quemaron ejemplares en Inglaterra y en España no conoció la luz en forma oficial hasta 1977.  

   Nacido en Londres en 1710 y fallecido en 1789, John Cleland fue diplomático además de escritor y su carrera le condujo, entre otros lugares, a Esmirna y Bombay. Autor de varias novelas y obras de teatro, se dedicó también a la filología inglesa y, con diferentes pseudónimos, al periodismo. Aunque durante mucho tiempo se sostuvo que Cleland escribió Fanny Hill en la cárcel, donde estuvo recluido por deudas, al parecer en la prisión sólo pulió un texto ya escrito en 1730, cuyo título oficial es Memoirs of a woman of pleasure.

   El libro está escrito en forma epistolar, como una serie de cartas que Fanny Hill escribe a una mujer desconocida. Frances "Fanny" Hill es una joven con una educación muy rudimentaria que vive en un pequeño pueblo cerca de Liverpool. Al poco de cumplir los quince años sus padres mueren. Viaja a Londres y después de una serie de vicisitudes, Fanny conoce a Miss Brown, quien le da alojamiento a cambio de servicios sexuales pero debe compartir cuarto con Phoebe, otra prostituta que la inicia en las delicias del amor lésbico y le enseña el arte de satisfacer a los hombres. Desde ese momento, su vida como pupila en distintos burdeles y como amante de varios hombres le permite mejorar su estatus social, disfrutar al máximo del placer y conocer el amor romántico de la mano del joven y rico Charles.

   La escena de los azotes en Fanny Hill se destaca por su profunda penetración psicológica, lo que hace pensar que John Cleland conocía de primera mano los efectos perturbadores de la flagelación en muchos esclavos sexuales.

   Mrs Cole, su madama,  le presenta a … un tal señor Barville, recién llegado a la ciudad y cliente de su casa; estaba bastante perpleja ante la necesidad de proporcionarle una compañera adecuada, punto de gran dificultad porque estaba bajo la tiranía de un gusto cruel: el ardiente deseo, no sólo de ser despiadadamente azotado sino de azotar a los demás…

   Barville sólo alcanza la erección después de ser azotado. Fanny se sorprende de que un hombre joven de veintitrés años tenga semejante dependencia.

   Lo que hacía aún más extraño a este raro capricho era que el caballero era joven, pese a que este gusto suele atacar, según parece, con la edad; la edad determina que algunos sujetos se vean obligados a recurrir a esos expedientes para acelerar la circulación de sus perezosos jugos y determinar que los espíritus del placer confluyan hacia esas debilitadas y encogidas partes que sólo cobran vida en virtud de los excitantes ardores creados por los castigos de las partes que se hallan en el lugar opuesto.

   Este párrafo sugiere que John Cleland ya conocía las tesis de Johann Meibom y sus seguidores acerca de la relación entre los azotes en las nalgas y la erección y que también que era común que se ofreciesen servicios de spanking en los burdeles a hombres mayores que no podían excitarse de otras formas, mucho antes de que estas prácticas se popularizaran en la era victoriana.   

   Lo que sigue es la descripción de una sesión BDSM, siglos antes que se definiera los conceptos de la sigla. Fanny es vestida de blanco y presentada a Barville. La descripción de la presentación es otra obra maestra de psicología.

   Entonces fui llevada hasta él por la señora Cole, quien me presentó; vestía, según sus instrucciones, un deshabillé muy suelto, adecuado para los ejercicios a que debería someterme. Todo era de un blanco uniforme y del lino más fino:bata, enaguas, medias y escarpines de satín, como si fuera una víctima yendo al sacrificio, mientras mis cabellos castaño oscuro caían en pesados bucles sobre mi cuello, creando un agradable contraste de color con mis ropas. En cuanto el señor Barville me vio, se puso de pie, con un visible aire de placer y sorpresa y mientras me saludaba, preguntó a la señora Cole si era posible que una criatura tan fina y delicada se sometiera voluntariamente a semejantes sufrimientos y rigores como los que entrañaba esta misión.

   En cuanto la señora Cole se hubo ido, me sentó a su lado y la expresión de su cara se modificó al mirarme, tomando una expresión de gran dulzura y buen humor, más notable por el brusco cambio desde el otro extremo, cosa que según descubrí después, cuando conocí más su carácter, se debía a un estado habitual de conflicto y disgusto consigo mismo, por ser esclavo de un gusto tan particular, a causa de un ascendiente constitucional que lo volvía incapaz de sentir ningún placer si no se sometía antes a esos medios extraordinarios de procurarlos por medio del dolor. La constancia de las quejas de su conciencia habían marcado, a la larga, ese tono de amargura y severidad en sus rasgos, tono que era, en realidad, muy ajeno a la dulzura natural de su temperamento.

   Barville sólo puede gozar mediante dar o recibir azotes pero no goza de su condición, es un esclavo de la misma. Masoquistas y fetichistas de hoy podrían debatir este mismo tema en foros BDSM. Nos gustaría poder gozar como goza el resto de la gente? Si pudiéramos desconectarnos del BDSM, lo haríamos? En el terreno de la psicología, Cleland ve claramente el estado habitual de conflicto y disgusto consigo mismo. La expresión de Barville, parte amargura y parte dulzura se anticipa doscientos años a la frase del psicólogo Theodor Reik cuando habla de las dos caras de Jano del masoquista, una contorsionada por la angustia y otra embargada del placer.

   Barville le explica a Fanny sus tendencias y luego ella lo prepara para la sesión. La teatral naturaleza de la escena sado tiene una modernidad notable, podría ser descripta en 1760 o en el siglo XXI.

  Después de una cuidadosa preparación por medio de excusas y aliento para que desempeñara mi papel con ánimo y constancia, se acercó al fuego, mientras yo iba a buscar los instrumentos disciplinarios a un armario; eran varias varillas, cada una hecha con dos o tres ramitas de abedul atadas juntas; él las tomó, las tocó y las miró con mucho placer, mientras yo sentía un estremecedor presagio. Luego, trajimos desde el extremo de la habitación un gran banco, vuelto más cómodo mediante un cojín blando con un forro de calicó; cuando todo estuvo listo, se quitó la chaqueta y el chaleco y, así que me lo indicó, desabotoné sus calzones y levanté su camisa por encima de la cintura, asegurándola allí; cuando dirigí, lógicamente, mis ojos a contemplar el objeto principal en cuyo favor se estaban tomando estas disposiciones, parecía encogido dentro del cuerpo, mostrando apenas la punta sobre el matorral de rizos que vestía esas partes...

   Inclinándome entonces para soltar sus ligas me ordenó que las usara para atarle a las patas del banco, un detalle no muy necesario, supuse, ya que él mismo lo prescribía, como el resto del ceremonial. Lo llevé hasta el banco y, de acuerdo a mis instrucciones, fingí obligarlo a acostarse allí, cosa que hizo después de alguna resistencia formal. Quedó tendido cuan largo era, boca abajo, con un cojín debajo de la cara; mientras yacía mansamente, até sus manos y sus pies a las patas del banco; hecho esto y con la camisa subida por encima de la cintura, bajé sus calzones hasta las rodillas de modo que exhibía ampliamente su panorama posterior, en el que un par de nalgas gordas, suaves, blancas y bastante bien formadas se levantaban como cojines desde dos carnosos muslos y terminaban su separación uniéndose donde termina la espalda; presentaban un blanco que se hinchaba, por así decirlo, para recibir los azotes.

   Tomando una de las varillas me coloqué encima de él y de acuerdo a sus órdenes le di diez latigazos sin tomar aliento, con muy buena voluntad y el máximo de ánimo y vigor físico que pude poner en ellos, para hacer que esos carnosos hemisferios se estremecieran; él mismo no pareció más preocupado o dolorido que una langosta ante la picadura de una pulga. Mientras tanto, yo contemplaba atentamente los efectos de los azotes que, a mí, por lo menos, me parecían muy crueles...

   Yo me sentí tan conmovida ante ese patético espectáculo que me arrepentí profundamente de mi compromiso, y lo hubiese dado por terminado, pensando que ya había tenido bastante, si no me hubiera animado y rogado encarecidamente que prosiguiera; le di diez azotes más y luego, mientras descansaba, examiné el aumento de apariencias sangrientas. Finalmente, endurecida ante la visión por su resolución de sufrir, continué disciplinándolo con algunas pausas, hasta que observé que se enroscaba y retorcía de un modo que no tenía ninguna relación con el dolor sino con alguna sensación nueva y poderosa; curiosa por comprender su significado, en una de las pausas, me acerqué, mientras él seguía agitándose y restregando su vientre contra el cojín que había abajo y acariciando primero la parte sana y no golpeada de la nalga más próxima a mí e insinuando después mi mano debajo de sus caderas, sentí en qué posición estaban las cosas adelante, cosa que resultó sorprendente: su máquina, que por su aspecto yo había considerado impalpable, o por lo menos diminuta, había alcanzado ahora, en virtud de la agitación y el dolor de sus nalgas, no sólo una prodigiosa erección sino un tamaño que me asustó hasta a mí, un grosor inigualado, por cierto, cuya cabeza llenaba mi mano hasta colmarla...

   Pero cuando sintió mi mano allí me rogó que continuara azotándolo con fuerza, porque si no, no llegaría a culminar su placer. Retomando entonces las varillas y el ejercicio, había consumido ya tres haces cuando, después de un aumento de las luchas y movimientos y uno o dos profundos suspiros vi que se quedaba inmóvil y silencioso y luego me rogaba que desistiera, cosa que hice instantáneamente, procediendo a desatarle…

   Luego, percibí claramente en el cojín los rastros de una efusión muy abundante; su holgazán miembro ya había vuelto a su viejo refugio, donde se había ocultado, como avergonzado de mostrar su cabeza que nada, aparentemente, podía estimular más que los golpes que se asestarán a sus vecinos del fondo, vecinos que se veían constantemente obligados a sufrir por causas de sus caprichos…

   Fanny no goza con los azotes, no es sádica. Pero tampoco es masoquista por lo que no disfruta cuando a su vez Barville la azota. Es otra escena que podría ser descripta hoy dado que es muy común que los spankees sean spankers si las condiciones lo ameritan. Se reitera la ceremonia pero al revés; las nalgas de Fanny son expuestas ritualmente para ser azotadas. Luego de la sesión, ambos comen y beben y Fanny intenta concretar un coito, pero nuevamente debe recurrir a azotar a Barville para lograr la deseada erección. 

   La descripción detallada y psicológica de esta sesión sadomasoquista claramente supera la intención porno de excitar al lector. Al definir el estado habitual de conflicto de Barville, John Cleland intenta encontrar una explicación a esta forma de obtener placer, que hoy incorporamos sin objeciones dentro de la sexualidad BDSM.

   Pero lo más pervertido en Fanny Hill no es la descripción de los episodios sexuales ni siquiera cuando hay azotes, sino su triunfante epílogo. Felizmente casada con un marido que la adora, Fanny se emparenta lejanamente con la Juliette del marqués de Sade. En Fanny Hill, una vida de vicios es recompensada con el amor de un hombre y el ascenso social, sin purgatorios previos ni castigos ejemplificadores. Sado, Sensual y Femenina Fanny.


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Spanking (I) Las ideas de Johann Meibom





sábado, 11 de enero de 2025

Spanking (II). La flagelación eclesiástica


El primer intento sistemático de explicar a la flagelación no como cruel castigo sino como un poderoso estimulante de la sexualidad masculina, fue llevado a cabo por el médico alemán Johann Meibom. La obra de Meibom, publicada en 1629, reeditada y ampliada varias veces, permanece como un inestimable documento primitivo que pretende explicar como lo que hoy llamamos spanking puede generar sensaciones únicas de placer cuando se suponía que era un castigo que debía provocar todo lo contrario.


   A fines del siglo XVII, las tesis de Johann Meibom sobre lo que hoy, BDSM por medio, llamaríamos el placer del spanking estaban difundidas por toda Europa y habían llegado a conocimientos de los teólogos del catolicismo. En el año 1700, en París, el abate Boileau publicó una historia sobre los usos de la flagelación y sus efectos eróticos, recogiendo la posta dejada por Meibom. A diferencia de Meibom, Boileau enfoca su crítica a la flagelación desde la óptica de las sectas flagelantes, muy comunes en el medioevo cristiano. Tras una reseña de las ideas y prácticas de estos grupos religiosos, Boileau intenta explicar que las prácticas de autoflagelación esconden en realidad una forma de búsqueda del placer que hoy podríamos llamar de masturbación masoquista. Boileau sostiene que las referencias bíblicas a la flagelación como penitencia son metáforas del castigo que no deben ser adoptadas literalmente (al contrario de lo que sostendrían un siglo después los victorianos británicos adeptos a los azotes).

   Los azotes en las nalgas, la llamada disciplina baja es especialmente peligrosa dado que tiende a excitar los genitales, afirma Boileau, en la línea del pensamiento de Meibom sobre la fisiología del azote y su reflejo eréctil; por lo tanto los hombres lascivos se hacen azotar para ponerse a disposición precisa para el acto carnal. Boileau retoma los casos comentados por Meibom y le agrega un sonado caso de juicio en tribunales franceses en donde una mujer confesó que su marido sólo era capaz de alcanzar la erección si ella lo azotaba previamente.

   La conclusión de la obra de Boileau es que los azotes en las nalgas y la baja espalda deben ser desaconsejados por la Iglesia como herramienta penitente o de castigo porque las consecuencias pueden ser las opuestas a las deseadas

   Jean Baptiste Thiers fue el principal objetor de Boileau en aquellos años. En su réplica, Thiers valora a la flagelación como práctica educativa y penitente de uso eclesiástico y niega los fines perversos que le adjudica Boileau. Cristo, según Thiers fue el más alto exponente de la flagelación voluntaria y sus seguidores monásticos se flagelan, no para excitarse sino movidos por las puras intenciones de reprimir los desordenados vicios de la carne. En su obra Thiers no contradice las tesis fisiológicas de Meibom y Boileau sobre la relación causa – consecuencia del azote: simplemente se indigna o finge indignarse ante la mera insinuación de que existe una búsqueda de un placer perverso. No niega que la disciplina del azote puede excitar sexualmente: simplemente opina que no se debe faltar el respeto a quienes buscan la pureza mediante el castigo en las nalgas ni a quienes educan de esa forma.

   Es muy probable que en el medio de su polémica ni Thiers ni Boileau conocieran la pintura La Flagelación de Cristo, del pintor catalán Lluis Borrassa. En la misma, los elementos eróticos y sádicos de la flagelación son presentados de forma harto evidente. Lo más notable de este cuadro es que Borrassa lo pintó alrededor del año 1400 y aún asombra por lo explícito de las tres imágenes: la expresión del Cristo azotado y la de sus dos torturadores.





viernes, 13 de septiembre de 2024

Spanking (I). Las ideas de Johann Meibom (1629)

 



   El primer intento sistemático de explicar a la flagelación no como cruel castigo sino como un poderoso estimulante de la sexualidad masculina, fue llevado a cabo por el médico alemán Johann Meibom. La obra de Meibom, publicada en 1629, reeditada y ampliada varias veces, permanece como un inestimable documento primitivo que pretende explicar como lo que hoy llamamos spanking puede generar sensaciones únicas de placer cuando se supone que es un castigo que debe provocar todo lo contrario.

   En su tratado, Meibom recopila diversos casos y estudios en donde deja claramente establecido que la flagelación puede actuar en algunos casos como estímulo para la erección del pene de la supuesta víctima, que puede ser utilizada como recurso ante casos de impotencia sexual y que puede provocar en niños un placer tal que de adultos no puedan llegar a excitarse a menos que sean azotados. Meibom no cita casos de mujeres azotadas porque se centra en la relación entre azotes y erección masculina, en como ambos están relacionados. Las mujeres aparecen en el rol de azotadoras: varias de ellas en casos de juicios, en donde las esposas denuncian que a los maridos perversos que las obligan a flagelarlos como paso previo a la relación sexual.

   Meibom intenta llegar a una explicación anatómica de la conexión que se establece entre los varazos o azotes en las nalgas y la erección. Según Meibom, cuando un hombre, por alguna causa, se ha enfriado en su sexualidad, puede llegar a calentarse mediante una intensa agitación en su baja zona lumbar y de las nalgas y el calor generado se transmitirá a los órganos generadores de esperma, que Meibom ubicaba en la parte baja de la espalda, que luego descendería hacia los testículos y así se recuperaría la virilidad perdida.

   A pesar de la inexactitud de los conocimientos anatómicos de Meibom, su lectura final es correcta: los azotes pueden provocar una respuesta eréctil imposible de alcanzar de otra manera. Establece sin dudar que el vicio de ser azotado puede inculcarse desde la niñez si los adultos recurren al azote como castigo. También coincide en que el hombre con esta tendencia suele estar profundamente avergonzado y se detesta a sí mismo por tener que recurrir a ser azotado.

   Entre las diversas fuentes que Meibom cita en su libro, la más famosa por lo verídica y explícita es la de un humanista italiano, Pico Della Mirandola que cien años antes, en una obra de 1502, había escrito

Conozco a un hombre con un género de lujuria prodigioso y casi inaudito, por cuanto jamás le inflama el placer si antes no es azotado….Esta criatura suplica semejante favor de la mujer de que se propone gozar y él mismo le entrega una vara…y de rodillas implora a la ramera la bendición de los azotes y cuanto con más vigor es azotado, con más entusiasmo goza, y de semejante manera van juntos placer y dolor. Singular ejemplo es éste de persona que encuentra el deleite en pleno tormento y no es hombre muy vicioso en otros aspectos, reconoce su aberración y él mismo la aborrece.

   Más de quinientos años después, podemos reconocer fácilmente todos los elementos que componen la clásica psiquis del esclavo masoquista en su búsqueda del placer: la dependencia del fetiche en su sexualidad, la presencia indispensable de una mujer castigadora que ejerza como dominatrix, la necesidad del hombre de pagarle a una mujer porque seguramente no encuentra ninguna que acceda a azotarlo por su propia voluntad, la combinación de placer y dolor como vehículo para el orgasmo y finalmente, el sentimiento de culpa que lo invade post – acto.

   Hoy diríamos que azotado y ramera forman una pareja spanker – spankee consensuada en el marco de una relación BDSM. A él le sugeriríamos que no se aborrezca a sí mismo, que sólo es un masoquista con plenos derechos a su personalísima forma de gozar. A ella, que tome los recaudos necesarios para que los azotes que aplica se encuadren dentro de lo sano, seguro y consensuado. A ambos, que no descuiden el diálogo posterior y el aftercare, si es que él alcanzó el subspace en medio de la sesión.


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