Con motivo del día de la Mujer, celebrado en marzo pasado, traigo a mi Magazine una columna de Fernanda Sánchez. Temas? La mujer, la sumisa, el amo y el aparentemente indestructible masoquismo femenino. Para pensar y reflexionar.
El
éxito mundial de Las cincuenta sombras de Grey, una película de
amor sadomasoquista que celebra la violencia y la dominación, hace pensar que
tras décadas de lucha los viejos mandatos todavía persisten.
Allá viene la marea de rosas de saludos. Ya hay promociones en tragos, en pizzas, en máquinas de depilar. Descuentos especiales para grupos de amigas en bares y en restaurantes para celebrar el domingo el Día de la Mujer. Pero si volviéramos al viejo truco de ponernos en la piel de un marciano para entender mejor qué pasa en la Tierra, veríamos esto: miles, decenas de miles de mujeres en todo el mundo ansiosas por ver una película a cuya protagonista se la humilla, cuelga y flagela por más de dos horas. Las sesiones (o deberíamos mejor decir sex-siones?) ocurren en una habitación punzó (un gabinete de tortura isabelino) y las conduce un tal Christian Grey, millonario, guapo e incapaz de disfrutar si no es pegando. Su partenaire se llama Anastasia y, como exige el lugar común, es joven, tímida, virgen, pobre. Y lo bastante lela, además, como para firmar un contrato que la convierte en la sumisa de un amo que, entre chirlo y sopapo, la abraza y duerme con ella. Si fuéramos alienígenas, posiblemente huiríamos de un planeta como éste. Pero como somos terrícolas puros y la fuga al cosmos aún no es opción, habremos de rendirnos a la triste evidencia: tras décadas de movilizaciones, luchas y conquistas, las cosas tampoco han cambiado tanto para las mujeres. Algo cambió, sí: hoy aquel cuarto propio con el que fantaseaba Virginia Woolf ha mutado en este cuarto rojo del dolor en donde una Cenicienta sadomaso disfruta la paliza en nombre del amor.
No,
muchachas, nadie aquí ha recorrido ningún largo camino. Y ahí están las
pruebas: al día de hoy, no hay un solo país en el mundo donde los derechos sean
idénticos para hombres y mujeres. Ni uno solo. De acuerdo, tal vez aquí no
vayamos veladas hasta la coronilla como en Yemen ni sea usual que pandillas de
hombres nos golpeen y desnuden en plena calle por usar minifalda, como sucede
en Kenya. Pero en varios países de ese Occidente que adora apellidarse
civilizado las mujeres ganan menos que sus pares varones. En Estados Unidos,
por ejemplo, una mujer que haya tenido un hijo gana sólo 76 centavos del dólar
que le toca al varón. Cómo? Qué tiene que ver todo esto con una simple
película? Pues mucho más de lo que nos gustaría creer. Porque por más que
muchas feministas hayan puesto el grito en el cielo, que la novela haya vendido
100 millones de copias, que haya batido a Harry Potter en la edición de
bolsillo, que se haya traducido a más de 50 idiomas, que la película haya sido
prohibida en cuatro países y que sólo en los Estados Unidos haya recaudado 81,6
millones de dólares en el fin de semana de su estreno, todo eso está diciendo
algo.
No
menos cierto es que si se le borran las esposas, las cadenas, las fustas y los
dildos, lo que queda es un cuento clásico, sólo que con un príncipe más freak
que azul. Pero.. y lo otro? En qué parte fue que la paliza se tornó sexy y que la violencia física, pero sobre todo psíquica, se
volvió pasión de multitudes? Explicaciones hay tantas como espectadoras y van
desde un supuesto agotamiento femenino con relación a la autoridad
(Queremos mandar en todos lados, menos en la cama, reza esta
versión) hasta el clásico es sólo entretenimiento. Sin embargo,
algo permanece ahí. Inefable pero presente. Será que uno de los logros más
incuestionables del patriarcado ha sido volverse invisible. Ser lo que
respiramos, lo que comemos, lo que decimos. El líquido amniótico que nos
aprisiona a todos (hombres y mujeres) sin que siquiera lo advirtamos. Hasta que
una historia como ésta llega a recordárnoslo.
Así,
apelando al viejo truco de la ficción, se ha vuelto a decir lo que ya no
resulta políticamente correcto repetir en voz alta. Que en boca de una mujer un no es un sí. Que ella se lo buscó. Que el hombre es el
que manda. Que, como rezaba aquel viejo tango llamado La canción de la
mugre, en secreto todas las mujeres razonamos que las biabas de mi
macho me las pide el corazón. Hemos pasado pues de Tus deseos son órdenes a Tus órdenes son mis deseos. Y no hay nada de inocente ni de
bueno en ese giro. Porque, como apunta muy lúcidamente Soraya Chemaly en The
Huffington Post, que en una película que se promociona como la avanzada de la
liberación sexual femenina la heroína jamás llegue al orgasmo no es casual. Que
la venta de entradas se haya disparado en los estados más conservadores de los
Estados Unidos (ahí donde la tasa de embarazo adolescente es escandalosamente
alta), menos. Y que la protagonista de la saga sea una veinteañera temblorosa
que no sabe lo que quiere, tampoco. Porque él sí lo sabe (o para qué es
hombre?) y por eso avanza sobre su voluntad, cuerpo y corazón como un
brontosaurio entra a un jardín zen.
La
torzada ideológica para sostener esto no deja de ser ingeniosa: el cumplimento
de un contrato de sumisión que le da un cariz risiblemente legal a todo el
asunto. Desde un sitio de Internet, incluso, se invita a las fans de la saga a
descargarse un documento similar para firmar con sus parejas. Allí se detallan
delicias como la siguiente: La Sumisa tiene que obedecer en todo al Amo.
Debe ofrecer al Amo, sin preguntar ni dudar, todo el placer que éste le exija y
debe aceptar, sin preguntar ni dudar, el entrenamiento, la orientación y la
disciplina en todas sus formas. Ya nunca lo sabremos, pero tal vez la
chica alemana que fue atada a la cama con medias y preservativos por su novio
haya firmado algo por el estilo antes de morir con el cráneo destrozado de 123
palazos. Hoy él está detenido, pero sólo se lo acusa de homicidio involuntario
porque argumentó que la idea fue excitarse como en la novela. Mohamad Hossain,
un estudiante de la Universidad de Illinois, también jugó a ser Christian Grey
con una compañera de 19 años. La chica terminó en el hospital y él enfrenta
cargos por violación.
Probablemente,
ninguno de estos episodios sea el último. Y no es alarmismo, sino simple
lógica. Porque si en ese paquete dorado del millonario con problemitas que
maneja helicópteros se nos dice que la violencia es una forma deseable de
relación, lo demás vendrá solo. Si hoy resulta que lo nuevo en materia de
derechos femeninos es sonreír mientras te azotan hasta sangrar, estamos
complicados. Si hasta la policía de Londres denuncia el aumento de llamadas
pidiendo auxilio por accidentes en el uso de esposas, algo no está bien. Pero
si además de todo se instala como romántico y excitante que sea
otro quien decida si uno come, a quién mira o cómo viste, bienvenidas otra vez
al precipicio del deseo enajenado. Ahí donde ya no soy yo quien sabe lo que
quiero, sino alguien más. Yo tonta, yo virgen, yo quieta. Yo muda. Muda. Todos los días deberíamos dar gracias a Dios por habernos privado a la
mayoría de las mujeres del don de la palabra, porque si lo tuviéramos, quién
sabe si caeríamos en la vanidad de exhibirlo en las plazas, anotaba Pilar
Primo de Rivera, fundadora de la rama femenina de la Falange y promotora de ese
primer modelo del contrato de sumisión que se llamó Guía de la buena esposa, 11
reglas para mantener a tu marido feliz. En ese libro, allá por 1953, se les
aconsejaba a las españolas cosas como Regálale una gran sonrisa y muestra
sinceridad en tu deseo de complacerlo o Déjalo hablar antes,
recuerda que sus temas son más importantes que los tuyos.
Hoy nos burlamos de todo
esto. Yo viva, yo educada, yo libre. Pero, a no engañarse: el tiempo ha pasado;
los mandatos, no. Siguen ahí, tatuados en los ojos de todos. Invisibles. Pero
todavía intactos. La vida de toda mujer, a pesar de cuanto ella quiera
disimular, no es más que un eterno deseo de encontrar a quien someterse, decía Pilar. Es eso, seguramente: disimulamos. Decimos que no cuando queremos
decir que sí. Somos mentirosas, bobas, sumisas. Necesitamos un hombre que nos
traduzca, que nos explique a nosotras mismas qué es lo que en verdad deseamos y
hasta nos persuada de que las biabas, bien miradas, son sólo una variante
ensangrentada del amor. No, no se confundía Pilar. Como mucho, se adelantó a su
tiempo. Tardamos medio siglo, pero aquí estamos. Somos la marea roja de mujeres
que satura los cines, sólo para decirle cuánta razón tenía.
Fernanda Sánchez
Fuente:
http://www.lanacion.com.ar/1773760-mujeres-sumisas-se-buscan-todavia
Paradigma patriarcal internalizado. Con refuerzos cada vez mas extremos. A ver si las minas se avivan. Y cual es el mejor dispositivo? el mito del amor romántico. (lo de se avivan va como homenaje a un extraordinario hilo que abriste en un foro que fue un buen lugar, o pareció serlo hace años). Nada mas que agregar. La columna impecable, imperdible. Genia. Te quiero
ResponderEliminarParece increíble pero es así. El amor romántico, que debería ser algo hermoso, es una entrada a la peor CARCEL
EliminarEs asi. Disfrazado bajo una novela de moda, y un supuesto amo que vela por la sumisa, las mismas mujeres avalan la violencia psiquica y física. El amor es otra cosa muy distinta! Como siempre, muy acertado el post.
ResponderEliminarGracias, hermosa Helena!
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