sábado, 28 de marzo de 2026

Videoteca. El trench coat


   El trench coat, llamado también gabardina, es una de las tantas prendas de origen asexuado y funcional, masculina en su concepción, que con los años se fue volviendo femenina y sexy. La historia enseña que fue la gran Greta Garbo quien lo puso en la primera fila de la seducción en varios de sus films. Parte infaltable del famoso estilo Garbo era el cuello levantado del trench a la usanza de los detectives y su cintura bien ceñida por el lazo, que oficiaron de camouflage tanto para su notoriedad como para ingresar a restaurantes cuyo protocolo prohibía el uso de pantalones entre sus comensales. Un evidente juego de géneros y una sutil proclamación de bisexualidad.


Sofìa Loren con el trench coat de Arabesque, acompañada por Gregory Peck



Romy Schneider con el trench coat de Max et les Fellaieurs



   La historia del trench nace en 1823 cuando Charles Mackintosh patenta una prenda impermeable a base de caucho. Se lo llama desde entonces mackintosh o simplemente mac. En 1876 Thomas Burberry da otro paso e inventa el burberry's en Londres. Humphrey Bogart lo hizo célebre en Casablanca (1942),  Audrey Hepburn lo feminizó con pantalones capri y zapatos ballerina en Sabrina (1954) y también en la escena final de Breakfast in Tiffany's (1961). En los años siguientes, con la llegada del cuero y el vinilo, el trench no fue sólo funcional: pasó a ser sexy, moderno y ultrachic. 

   Las diez elegidas en escenas de cine vistiendo trench coat con un claro sentido fetichista son Uma Thurman, Rebecca Romijn, Pamela Anderson, Sofìa Loren, Olinka, Morgan Fairchild, Romy Schneider, Illona, Ginger Lynn y Malisa Longo.


El trench coat

10 y 9. El trench de cuero negro. 

Dos ejemplos del encanto del trench de cuero negro cuando lo visten detectives y femme fatales. Uma Thurman (The Avengers), atrapada en un laberinto de escaleras y Rebecca Romijn encontràndose con Antonio Banderas en la pasarela Debilly, frente a la Tour Eiffel (Femme Fatale).










8, 7 y 6. El trench de vinilo rojo. 

Imposible no mirar de pies a cabeza a estas tres bellezas y encandilarse con semejante explosión de brillo y color. Sofía Loren en una escena muy breve junto a Gregory Peck en Arabesque, la Marilyn porno francesa Olinka y finalmente Morgan Fairchild en un episodio de The city.  

 






5 y 4. El trench de vinilo negro. 

De aquí en adelante, todo es sexo. En estas dos escenas que siguen, las protagonistas son prostitutas callejeras parisinas exhibiéndose tras el brillo seductor del vinilo negro. Romy Schneider se pasea buscando clientes en Max et les fellaieurs e Illona hace lo mismo en Harcelement au feminin, en donde Laura Angel (en tapado de piel, para combinar fetiches invernales) la contrata para que atienda sexualmente a su amante. 







3, 2 y 1. El trench exhibicionista. 

Un clásico de la seducción femenina es abrirse el trench para exhibir la lencería y excitar a los hombres. Ginger Lynn (Beverly Hills Cox) es una detective llamada Susie Cox que se pasea por los bajos fondos del sexo con un trench transparente y un look muy parecido a la escandalosa Madonna de sus primeros años. Malisa Longo (La Señora del Orient Express) se propone provocar a su marido cornudo con quien comparte un camarote en el Orient Express, entregándose a dos desconocidos en un baño de caballeros en alguna estación de tren. Para completar los diez videos, la más sexy en corsette y botas, Pamela Anderson, simula prostituirse para poder ingresar a un departamento aprovechando las tendencias masoquistas de su víctima (Barb Wire). Los videos completos de Pamela como Barb, aquí.   

  



 





Como siempre, me gustarìa leer tus opiniones y te sugiero que disfrutes de ésta otra selecciòn de videos dedicada al fetiche del fur fetish. 



miércoles, 18 de marzo de 2026

Fanny Hill. La iniciación lésbica de Fanny

 





   Fanny Hill es considerada uno de los clásicos de la literatura erótica universal y durante dos siglos sufrió no sólo censura y prohibición por inmoral, sino juicios y condenas al autor y al editor. Todavía en 1960 se quemaron ejemplares en Inglaterra y en España no conoció la luz en forma oficial hasta 1977.  

   Nacido en Londres en 1710 y fallecido en 1789, John Cleland fue diplomático además de escritor y su carrera le condujo, entre otros lugares, a Esmirna y Bombay. Autor de varias novelas y obras de teatro, se dedicó también a la filología inglesa y, con diferentes pseudónimos, al periodismo. Aunque durante mucho tiempo se sostuvo que Cleland escribió Fanny Hill en la cárcel, donde estuvo recluido por deudas, al parecer en la prisión sólo pulió un texto ya escrito en 1730, cuyo título oficial es Memoirs of a woman of pleasure.

   El libro está escrito en forma epistolar, como una serie de cartas que Fanny Hill escribe a una mujer desconocida. Frances "Fanny" Hill es una joven con una educación muy rudimentaria que vive en un pequeño pueblo cerca de Liverpool. Al poco de cumplir los quince años sus padres mueren. Viaja a Londres y después de una serie de vicisitudes, Fanny conoce a Miss Brown, quien le da alojamiento a cambio de servicios sexuales pero debe compartir cuarto con Phoebe, otra prostituta que la inicia en las delicias del amor lésbico y le enseña el arte de satisfacer a los hombres. Desde ese momento, su vida como pupila en distintos burdeles y como amante de varios hombres le permite mejorar su estatus social y disfrutar al máximo del placer del sexo. Este es el relato de su iniciación.

   Después de la cena, la señorita Phoebe me acompañó a la recámara, mostrando cierta renuencia a que me desvistiera y me quedara en camisón en su presencia, por lo que, una vez retirada la doncella, se me acercó y, empezando por desprenderme el pañuelo y el vestido, pronto me instó a que continuara desnudándome. Sin dejar de sonrojarme al verme en paños menores, corrí a guarecerme bajo la ropa de cama, a salvo de sus miradas. Phoebe rió, y no tardó mucho en acomodarse a mi lado. Contaba unos veinticinco años, según sus dudosas cuentas; pero aparentaba haber olvidado por lo menos otros diez, aún tomando en cuenta los estragos que una larga trayectoria de manoseo y de aguas turbulentas debieron haber hecho en su constitución. Ya había llegado, sin pensarlo, a esa etapa de envejecimiento en la cual las mujeres de su profesión reducen a pensar en lucirse en compañía, más que ver a sus amistades.

   Apenas se había recostado junto a mí la preciosa sustituta de mi señora, cuando ella, que jamás perdía su compostura frente a cualquier situación de liviandad, se volteó y me abrazó, besándome con gran entusiasmo. Esto era nuevo, esto era raro: atribuyéndolo a la más pura bondad y sospechando que tal vez ésta pudiera ser la costumbre londinense de expresar los sentimientos, determiné no quedarme a la zaga, y le devolví su beso y su abrazo con todo el fervor que la perfecta inocencia sabe poner en ello.

   Alentada por aquello, sus manos adquirieron gran soltura y vagaron libremente por todo mi cuerpo, palpando, presionando, abrazándome, despertando en mí más ardor y sorpresa, lo novedoso de tales maniobras, que sobresalta o alarma.

   Los elogios que entremezclaba con esas incursiones también contribuyeron, en no poca medida, a sobornar mi pasividad. Ignorante de todo mal, no le temía, y menos aún de quien había disipado toda duda de su feminidad al conducir mis manos hacia un par de senos con gran soltura, cuyo tamaño y volumen atestiguaban la distinción más que suficiente de su sexo. Fue suficiente para mí, al menos, que jamás había empleado otra norma de comparación...

   Yacía yo completamente dócil y pasiva, y como ella lo deseaba, sin que su audacia despertara en mí más emociones que un placer extraño y hasta entonces desconocido. Nada escapaba a las licenciosas manipulaciones de sus manos, que como un fuego ondulante recorrían todo mi cuerpo, descongelando toda frialdad a su paso.

   Mis senos, si así se pudieran llamar entonces dos duras y firmes elevaciones que apenas empezaban a proyectarse y a producir significado alguno al tacto, dieron a sus manos empleo y solaz durante un buen rato, hasta que, deslizándose a regiones más inferiores, siguieron una ruta tersa y llana hasta sentir el satinado esbozo, que apenas unos meses antes había empezado a poblar esos montes, prometiendo extender un generoso abrigo sobre el lugar de la más exquisita de las sensaciones, que hasta entonces había sido el asiento de la más insensible inocencia. Sus dedos jugueteaban, ávidos de enredarse en los tiernos hilillos de aquel musgo que la naturaleza ha destinado tanto a utilizar como a ornato.

   Pero no contenta con esos parajes exteriores, enfila ahora hacia la fuente principal, empezando por tímidas fintas, siguiendo con insinuaciones, y terminando por introducir con firmeza un dígito en el vaso mismo. Lo hizo en forma tal que si no hubiese procedido por insensibles graduaciones que me inflamaron más allá del poder de mi modestia para oponer resistencia de su avance, yo habría abandonado violentamente el lecho, pidiendo socorro a gritos contra aquellos extraños ataques.

   En lugar de ello, su lascivo tacto había encendido un nuevo fuego que surcaba por todas mis venas, y que se asentaba con gran fuerza en aquel centro vital de la naturaleza, donde ahora las primeras manos extrañas estaban ocupadas en palpar, presionar y comprimir los labios. Los abrió nuevamente, con un dedo entre ellos, hasta que un ¡Ay! le hizo saber que me estaba lastimando. La estrechez del conducto, incólume aún, impedía el paso a mayor profundidad. Mientras tanto, el movimiento espasmódico de mis extremidades, mis lánguidos encogimientos, mis suspiros y mi respiración entrecortada, conspiraban para asegurar a esa sabia libertina que su proceder me producía más placer que ofensa. No vaciló en sazonarlo con repetidos besos y exclamaciones tales como: Oh, qué linda criatura eres! Qué feliz será el primer hombre que haga de ti una mujer! Oh, qué daría yo por ser un hombre! Estas y otras expresiones igualmente truncadas, eran interrumpidas por besos tan fervientes y fieros como jamás recibí del otro sexo.

   Por mi parte me sentía transportada, confusa y fuera de mí: aquellas sensaciones tan nuevas eran demasiado para mí. Mis sentidos, enardecidos y azorados, eran un torbellino que me robaba toda libertad de pensar; lágrimas de placer corrían a borbotones de mis ojos, apaciguando un tanto las llamas que me abrasaban por todas partes.

   La propia Phoebe, aquella pura sangre tan montada a quien todas las formas y artificios del placer le eran conocidos, al parecer encontraba en su oficio de iniciar a las jóvenes la gratificación de uno de esos gustos arbitrarios que no tienen explicación. No era que odiara a los hombres, ni tampoco que tuviera predilección por las de su propio sexo; pero cuando se encontraba en situaciones como la que describo, una avidez de saciarse de deliquios en la zona común, y acaso también algún secreto prejuicio, la instaban a derivar el máximo placer donde fuere, sin distinción de sexos. Con tal visión en la mente, y segura ya de haberme encendido con su tibio toque lo suficiente para cumplir sus propósitos, bajó suavemente las mantas, y me encontré tendida cuan larga era en toda mi desnudez, con mi camisón elevado hasta el cuello, sin encontrar la fuerza ni la voluntad para evitarlo. Hasta mis encendidos sonrojos expresaban más deseo que modestia, mientras la bujía, que permanecía encendida (indudablemente, no por azar), alumbraba todo mi cuerpo.

   No!, exclamó Phoebe. No debes, mi dulce niña, pensar en ocultarme todos estos tesoros. Deja que también mis ojos se alimenten. Y mi tacto. Déjame devorar estos tiernos capullos... Déjame besarlos una vez más... Cuán firme, cuán tersa es su blanca piel y qué formas tan delicadas...! Ay y qué delicioso vello! Déjame contemplar tu pequeña, tu adorable y tierna gruta! Esto es demasiado, no lo puedo soportar! Tengo que..., tengo que...

   En un arranque de éxtasis, me tomó la mano y la condujo hasta donde usted fácilmente adivinará. Pero, qué diferente era siendo la misma! Una tupida urdimbre de gruesas hebras rizadas señalaban a la mujer madura y completa. La cavidad, a la cual guió mi mano, fácilmente franqueó la entrada; y tan pronto como la sintió enclavada en su interior, comenzó a oscilar hacia adelante y hacia atrás con una fricción tan rápida que hube de apartarla, húmeda y fría. Después de dos o tres hondos suspiros y ayes se serenó; y, plantándome un beso en el que pareció exhalar el alma, me volvió a colocar las mantas suavemente.




martes, 10 de marzo de 2026

Sumisión de mujer, sumisión de hombre (parte III)

 



   En una conversación sostenida hace años en el marco de una fiesta BDSM, un amigo me confesó que si él se declarara sádico a cara descubierta, esa actitud le garantizaría una áspera y desagradable soledad dentro la comunidad BDSM argentina. Con mucho sentido del humor, me dijo Todos los dominantes varones estamos en permanente campaña electoral. Presentamos una plataforma prolija y demagógica para no perder votantes. Confesarse sádico es un sincericidio que equivale a suicidarse. A una sumisa le sonaría "me usó para divertirse y una vez que acabó, se vistió y se fue". Andá a encontrar una mujer que acepte eso.

   Hace poco, uno de los tantos chistes que circulan por las redes sociales me hizo recordar aquella conversación. Una supuesta feminista en tono militante declara:


Vamos a ver si les gusta que los traten como ellos suelen tratarnos. Lo invité a mi casa, cenamos, me lo cogí y lo mandé a su casa en un uber. A ver que piensa.

   Inmediatamente, aparece el comentario de él. Le escribe a un amigo y le cuenta:


No sabés lo que me pasó. No me lo vas a creer. Acabo de llegar de la mejor noche de mi vida.

 

   Por supuesto que el humor siempre ha sido útil como tapadera de sentimientos: nos resulta mucho más fácil hacer chistes sobre el sexo que hablar seriamente sobre como lo vivimos. Porque el sadismo nos pone frente a una divergencia total en cuestiones de género: si nosotras nos comportamos sádicas, ellos lo disfrutan. Fantasean con que seamos así. Pero si los sádicos son ellos, las mujeres se ofenden. Aclaro en primer lugar que cuando hablo de sadismo, no me refiero a la administración controlada de dolor sino al sadismo como goce sexual egoísta, como el ejercicio de un poder arbitrario que por definición es la antítesis del consenso.

   El famoso consenso que los amos suelen citar cuando se presentan a sí mismos como amos responsables (es decir, no sádicos) no es otra cosa que en un simulacro de negociación entre ambas partes en donde desde el primer minuto se acepta que la sumisa va a poner sus condiciones. Te prometo que no te voy a hacer nada que no te guste es un clásico rompehielos masculino para iniciar el levante. Y del otro lado responden con frases del estilo Aceptaría ser tu sumisa pero me tenés que hacer esto y esto otro y mis límites son así y así. Es un lugar común en foros y comunidades BDSM que se planteen denuncias acerca del supuesto mal comportamiento del dominante cuando éste sólo privilegia su propio goce. Un ejemplo típico de lo que digo se puede encontrar en las tan celebradas subastas de esclavas en las fiestas BDSM. Dichas subastas no son otra cosa que encubiertas subastas de amos: las candidatas a esclavas ponen previamente sus condiciones de modo tal que sólo podrán ser adquiridas por los amos que cumplan con dichas condiciones.

   No importa de qué lado del látigo estén, siempre deciden ellas es una máxima de acero que parece cumplirse en todos lados. Lo interesante es que cada tanto, aparece un amo que patea el tablero y se confiesa. Una vez leí a uno en el ya cerrado Círculo BDSM, de habla hispana, que escribió en un rapto de sinceridad: Quien domina en realidad?, soy yo porque tengo el título? o en realidad es ella, por mi insufrible deseo de poseerla? La pregunta es pura retórica; la conclusión es más que obvia. Una sumisa un tanto rebelde inició en otro sitio web un debate bajo el título: Hasta donde obedecer a un amo? y alguien le respondió con otra pregunta que ponía de relieve la propia contradicción del planteo. Y hasta donde un amo acepta ser obedecido? Estos son debates en los que ninguna Dómina participaría porque, sin importar lo que exijamos, en el momento en que somos deliberadamente desobedecidas o cuestionadas, la relación se acaba.

   Por algo será que a las Dóminas bisexuales nos cuesta tanto someter mujeres; mucho más que someter hombres o travestis. Mientras ellos se entregan fascinados y cuidan de no hacer ni decir nada que pueda significar perdernos como Amas, ellas están demasiado acostumbradas a dirigir desde su supuesta sumisión y no aceptan otras exigencias que no coincidan con las suyas propias. El topping from the bottom de las sumisas se ha institucionalizado tanto que ha terminado por volverse invisible. Ya nadie lo cuestiona ni lo debate.

   Cuenta una leyenda en la antigua Grecia que cuando Diógenes cayó esclavo y fue puesto a la venta, sus captores le preguntaron que sabía hacer, con el fin de subastarlo a un mayor precio. Mandar, respondió. Busquen a alguien que necesite un amo. La historia indica que movido por semejante sentido del humor y la fina ironía, un filòsofo lo compró y le concedió la libertad a cambio de su amistad. Las denominadas mujeres sumisas en el BDSM sólo se diferencian de Diógenes en que suelen carecer de su sinceridad irónica.




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miércoles, 4 de marzo de 2026

Christy Canyon en VHS

 

   Mis recuerdos favoritos? Todos! Gran parte de mis primeras experiencias sexuales fueron directamente en mis películas. Experiencias como chica con chica, tríos, orgías, gang bang, interraciales y la lista sigue. Así que en cada momento fui afortunada de poder probar algo nuevo en cuanto al sexo. Amo el porno de mi época aunque creo que cambió para mejor porque ahora es legal. Creo que estuvimos coqueteando con romper las leyes cuando empezamos pero para mí eso lo hacía más divertido. Me encantaba también lo unidas que éramos, la época en la que había entre nosotras casi un sentimiento de familia. Ahora es todo tan grande! Lo que me gusta de ahora es la variedad de las actrices, nosotras nunca tuvimos tal divertida elección de chicas para trabajar. Y hay tantos estilos diferentes para elegir! Ninguna es especial porque si están cogiendo en un film, son todas especiales. Una no es más especial que las otras. Aunque sí admiro a las chicas que pueden meterse dos vergas en el culo al mismo tiempo. Eso sí que me impresiona!!!!

   Christy Canyon debutó en 1986 junto a las grandes estrellas de la època como Ginger Lynn,  Traci Lords y Nina Hartley cumpliendo al principio roles menores pero ganó muy pronto fama y llegaron los roles protagónicos. Dotada de una rara y exótica belleza gracias a su mezcla de sangre armenia y anglosajona, Christy filmó con algunas interrupciones hasta 1997 y a partir de su retiro, supo volcar su experiencia sexual en programas de radio y televisión, además de editar una autobiografía con sus mejores anécdotas titulada Light, camera, sex.



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Marzo




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Julio




Agosto




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Octubre




Noviembre




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