Fanny Hill es considerada uno de
los clásicos de la literatura erótica universal y durante dos
siglos sufrió no sólo censura y prohibición por inmoral, sino
juicios y condenas al autor y al editor. Todavía en 1960 se quemaron
ejemplares en Inglaterra y en España no conoció la luz en forma
oficial hasta 1977.
Nacido
en Londres en 1710 y fallecido en 1789, John Cleland fue
diplomático además de escritor y su carrera le condujo, entre otros
lugares, a Esmirna y Bombay. Autor de varias novelas y obras de
teatro, se dedicó también a la filología inglesa y, con diferentes
pseudónimos, al periodismo. Aunque durante mucho tiempo se sostuvo
que Cleland escribió Fanny Hill en la cárcel,
donde estuvo recluido por deudas, al parecer en la prisión sólo
pulió un texto ya escrito en 1730, cuyo título oficial es Memoirs
of a woman of pleasure.
El
libro está escrito en forma epistolar, como una serie de cartas
que Fanny Hill escribe a una mujer desconocida. Frances
"Fanny" Hill es una joven con una educación muy
rudimentaria que vive en un pequeño pueblo cerca de Liverpool. Al
poco de cumplir los quince años sus padres mueren. Viaja a Londres y
después de una serie de vicisitudes, Fanny conoce a Miss Brown,
quien le da alojamiento a cambio de servicios sexuales pero debe
compartir cuarto con Phoebe, otra prostituta que la inicia en las
delicias del amor lésbico y le enseña el arte de satisfacer a los
hombres. Desde ese momento, su vida como pupila en distintos burdeles
y como amante de varios hombres le permite mejorar su estatus social
y disfrutar al máximo del placer del sexo. Este es el relato de su
iniciación.
Después
de la cena, la señorita Phoebe me acompañó a la recámara,
mostrando cierta renuencia a que me desvistiera y me quedara en
camisón en su presencia, por lo que, una vez retirada la doncella,
se me acercó y, empezando por desprenderme el pañuelo y el vestido,
pronto me instó a que continuara desnudándome. Sin dejar de
sonrojarme al verme en paños menores, corrí a guarecerme bajo la
ropa de cama, a salvo de sus miradas. Phoebe rió, y no tardó mucho
en acomodarse a mi lado. Contaba unos veinticinco años, según sus
dudosas cuentas; pero aparentaba haber olvidado por lo menos otros
diez, aún tomando en cuenta los estragos que una larga trayectoria
de manoseo y de aguas turbulentas debieron haber hecho en su
constitución. Ya había llegado, sin pensarlo, a esa etapa de
envejecimiento en la cual las mujeres de su profesión reducen a
pensar en lucirse en compañía, más que ver a sus amistades.
Apenas
se había recostado junto a mí la preciosa sustituta de mi señora,
cuando ella, que jamás perdía su compostura frente a cualquier
situación de liviandad, se volteó y me abrazó, besándome con gran
entusiasmo. Esto era nuevo, esto era raro: atribuyéndolo a la más
pura bondad y sospechando que tal vez ésta pudiera ser la costumbre
londinense de expresar los sentimientos, determiné no quedarme a la
zaga, y le devolví su beso y su abrazo con todo el fervor que la
perfecta inocencia sabe poner en ello.
Alentada
por aquello, sus manos adquirieron gran soltura y vagaron libremente
por todo mi cuerpo, palpando, presionando, abrazándome, despertando
en mí más ardor y sorpresa, lo novedoso de tales maniobras, que
sobresalta o alarma.
Los
elogios que entremezclaba con esas incursiones también
contribuyeron, en no poca medida, a sobornar mi pasividad. Ignorante
de todo mal, no le temía, y menos aún de quien había disipado toda
duda de su feminidad al conducir mis manos hacia un par de senos con
gran soltura, cuyo tamaño y volumen atestiguaban la distinción más
que suficiente de su sexo. Fue suficiente para mí, al menos, que
jamás había empleado otra norma de comparación...
Yacía
yo completamente dócil y pasiva, y como ella lo deseaba, sin que su
audacia despertara en mí más emociones que un placer extraño y
hasta entonces desconocido. Nada escapaba a las licenciosas
manipulaciones de sus manos, que como un fuego ondulante recorrían
todo mi cuerpo, descongelando toda frialdad a su paso.
Mis
senos, si así se pudieran llamar entonces dos duras y firmes
elevaciones que apenas empezaban a proyectarse y a producir
significado alguno al tacto, dieron a sus manos empleo y solaz
durante un buen rato, hasta que, deslizándose a regiones más
inferiores, siguieron una ruta tersa y llana hasta sentir el satinado
esbozo, que apenas unos meses antes había empezado a poblar esos
montes, prometiendo extender un generoso abrigo sobre el lugar de la
más exquisita de las sensaciones, que hasta entonces había sido el
asiento de la más insensible inocencia. Sus dedos jugueteaban,
ávidos de enredarse en los tiernos hilillos de aquel musgo que la
naturaleza ha destinado tanto a utilizar como a ornato.
Pero
no contenta con esos parajes exteriores, enfila ahora hacia la fuente
principal, empezando por tímidas fintas, siguiendo con
insinuaciones, y terminando por introducir con firmeza un dígito en
el vaso mismo. Lo hizo en forma tal que si no hubiese procedido por
insensibles graduaciones que me inflamaron más allá del poder de mi
modestia para oponer resistencia de su avance, yo habría abandonado
violentamente el lecho, pidiendo socorro a gritos contra aquellos
extraños ataques.
En
lugar de ello, su lascivo tacto había encendido un nuevo fuego que
surcaba por todas mis venas, y que se asentaba con gran fuerza en
aquel centro vital de la naturaleza, donde ahora las primeras manos
extrañas estaban ocupadas en palpar, presionar y comprimir los
labios. Los abrió nuevamente, con un dedo entre ellos, hasta que un
¡Ay! le hizo saber que me estaba lastimando. La estrechez del
conducto, incólume aún, impedía el paso a mayor profundidad.
Mientras tanto, el movimiento espasmódico de mis extremidades, mis
lánguidos encogimientos, mis suspiros y mi respiración
entrecortada, conspiraban para asegurar a esa sabia libertina que su
proceder me producía más placer que ofensa. No vaciló en sazonarlo
con repetidos besos y exclamaciones tales como: Oh, qué linda
criatura eres! Qué feliz será el primer hombre que haga de ti una
mujer! Oh, qué daría yo por ser un hombre! Estas y otras
expresiones igualmente truncadas, eran interrumpidas por besos tan
fervientes y fieros como jamás recibí del otro sexo.
Por
mi parte me sentía transportada, confusa y fuera de mí: aquellas
sensaciones tan nuevas eran demasiado para mí. Mis sentidos,
enardecidos y azorados, eran un torbellino que me robaba toda
libertad de pensar; lágrimas de placer corrían a borbotones de mis
ojos, apaciguando un tanto las llamas que me abrasaban por todas
partes.
La
propia Phoebe, aquella pura sangre tan montada a quien todas las
formas y artificios del placer le eran conocidos, al parecer
encontraba en su oficio de iniciar a las jóvenes la gratificación
de uno de esos gustos arbitrarios que no tienen explicación. No era
que odiara a los hombres, ni tampoco que tuviera predilección por
las de su propio sexo; pero cuando se encontraba en situaciones como
la que describo, una avidez de saciarse de deliquios en la zona
común, y acaso también algún secreto prejuicio, la instaban a
derivar el máximo placer donde fuere, sin distinción de sexos. Con
tal visión en la mente, y segura ya de haberme encendido con su
tibio toque lo suficiente para cumplir sus propósitos, bajó
suavemente las mantas, y me encontré tendida cuan larga era en toda
mi desnudez, con mi camisón elevado hasta el cuello, sin encontrar
la fuerza ni la voluntad para evitarlo. Hasta mis encendidos sonrojos
expresaban más deseo que modestia, mientras la bujía, que
permanecía encendida (indudablemente, no por azar), alumbraba todo
mi cuerpo.
No!,
exclamó Phoebe. No debes, mi dulce niña, pensar en ocultarme todos
estos tesoros. Deja que también mis ojos se alimenten. Y mi tacto.
Déjame devorar estos tiernos capullos... Déjame besarlos una vez
más... Cuán firme, cuán tersa es su blanca piel y qué formas tan
delicadas...! Ay y qué delicioso vello! Déjame contemplar tu
pequeña, tu adorable y tierna gruta! Esto es demasiado, no lo puedo
soportar! Tengo que..., tengo que...
En
un arranque de éxtasis, me tomó la mano y la condujo hasta donde
usted fácilmente adivinará. Pero, qué diferente era siendo la
misma! Una tupida urdimbre de gruesas hebras rizadas señalaban a la
mujer madura y completa. La cavidad, a la cual guió mi mano,
fácilmente franqueó la entrada; y tan pronto como la sintió
enclavada en su interior, comenzó a oscilar hacia adelante y hacia
atrás con una fricción tan rápida que hube de apartarla, húmeda y
fría. Después de dos o tres hondos suspiros y ayes se serenó; y,
plantándome un beso en el que pareció exhalar el alma, me volvió a
colocar las mantas suavemente.