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lunes, 20 de diciembre de 2021

Volver a Afrodita

 




   Este blog cumple diez años en pocos meses. Diez años de continuidad mes tras mes y semana tras semana. Antes del 2012 yo participaba activamente en foros y sitios web sobre sexualidad, BDSM y fetichismo pero nunca pensé que iba a pasar tanto tiempo y a dedicar tantas líneas escribiendo sobre mi propia intimidad erótica. Cuando releo el blog, tanto las columnas como los videos y el resto de la gráfica, me sorprendo que mis experiencias, mis deseos, mis fetiches y mis fantasías hayan dado para tanta tela. Mis historias son un flujo en el tiempo; pareciera que fueron vividas para después ser narradas. Hemingway solía decir que no se puede poner en palabras a un sentimiento pero sí se puede describir la escena que lo detona. En algo de eso estuve metida en estos diez años. Describir las escenas me ayuda a rememorarlas para mantenerlas vivas, para planear otras, para conversar conmigo misma y a menudo para masturbarme a pleno placer recordándolas en mi mente. Parece loco pero como diría Lewis Carroll las mejores aventuras las viven los locos. 

   Y si de locos se trata, que mejor que referirnos a ellos, a los locos más románticos, los sumisos de las mujeres. Adoradores de las pasiones eróticas que nosotras les despertamos y trastornados por nuestros efluvios vaginales, nos obsequian con toda clase de atenciones, regalos, dinero, caricias, viajes, perfumes, y hasta ponen su propia vida en servicio en homenaje a las diosas terrenales del amor y de los paraísos sensuales y femeninos. Sin la intervención de Afrodita ningún hombre consigue ser feliz ni tampoco desgraciado, escribía Eurípides hace más de dos mil años. Ellos pueden ser los más felices, si Afrodita los elige, o los más desgraciados si Ella les es indiferente. No hay grises ni términos medios. Quiero tenerlos presentes como una forma de rescatar ese romanticismo tan vapuleado hoy por los falsos feminismos de moda. Si ellos son los fieles feligreses, nosotras debemos calzarnos las botas para ser las sacerdotisas de Afrodita. 

   Sacerdotisas de Afrodita. Sé de demasiadas parejas que en lugar de apostarle todo a que ella sea una sacerdotisa de Afrodita y él su fiel adorador, pasan hoy noches de soledad después de desperdiciar infinitas oportunidades de cachondeo mutuo y coqueteo recíproco por no animarse a explorar, por entregarse a temores infundados. Me duele en especial por las mujeres que nunca se atrevieron a curiosear para ver, saber o probar que había detrás de aquel espejo del deseo. La consigna QuedateEnCasa que nos obligaba a guardarnos para preservarnos del COVID nos daba a la vez la posibilidad a millones de parejas adultas de reinventarnos desde la intimidad forzada y transformar la rutina anterior en una nueva libertad para amar, para gozar, para sentir. 

   Si ponemos el placer femenino y el poder erótico que nace de nosotras como centro de coordenadas en cada momento de intimidad, los placeres del sexo brotarán por sí solos. Vamos que no es tan difícil, el culto a la diosa griega del amor no es un ritual demasiado rebuscado; te permite ser desde una chiquilla divertida y atrevida si sos de las busconas de braguetas hasta una dómina imponente para aquellas exigentes que sólo se permiten intimar con los que le suplican ser sus esclavos. Afrodita sabe del artificio, del engaño, del escondite, de la hora en que no hay niños deambulando por la casa, de la necesidad de relax de las presiones laborales y económicas. La Señora sabe. En sus dominios, cuando se la honra adecuadamente, el sexo gana una impronta sagrada. Es un sacramento. 

   Hoy arengo a que todas intentemos, sea desde la pareja, desde la masturbación solitaria o desde la orgía, a recuperar el poder de la sensualidad clásica femenina. Quiero más, deseo más y entonces gozo más. Como reza aquella frase de Eurípides, para no ser inerte y pasar por la vida desde el no – goce, las mujeres debemos enfocarnos en la intervención de Afrodita Hogareña. En una mujer, tendrás más placeres que desdichas y en el hombre, te encontrará una razón para vivir y soñar junto al trono de una Reina. 





viernes, 6 de junio de 2014

Afrodita



   
   Quién es Afrodita?

   Afrodita, la sonriente, es para Safo la tejedora de astucias. Los poemas de Homero, los primeros de nuestra civilización, se encargan de pintar su personalidad con particular delicadeza y finura. En ningún momento se oculta que para los griegos de aquellos tiempos, el deseo sexual promovido por Afrodita es la causa de placeres y pasiones y a la vez una fuerza corruptora que suele apartar a los hombres del camino correcto y generar desastres.  Ella es la verdadera causante de la guerra de Troya. Cuando le  promete a Paris la mujer más hermosa del mundo como esposa, ella sabe que esa mujer ya es la esposa de un rey poderoso y sabe que el cumplimiento de su promesa va a desencadenar la venganza de los griegos y la destrucción de Troya.  Los deseos provocados por Afrodita llevan dentro de sí la concepción de que el mayor de los goces humanos está inevitablemente asociado a la belleza y al sexo pero el deleite no puede disociarse de peligros y angustias. 

   La historia es conocida. Paris, hijo de Príamo, rey de Troya, ha sido elegido por Zeus como juez para dirimir un pleito entre tres diosas, Hera, Palas Atenea y Afrodita. El pleito surge cuando Eris, la Discordia, arroja una manzana entre las tres durante un festín de bodas al grito de A la más bella!  Así nace el  primer concurso de  belleza de la historia. Las diosas se presentan ante Paris, quien debe elegir quien de las tres es merecedora de la manzana pero no desfilan ante él pasivamente sino que le prometen toda clase de bendiciones para que él las favorezca. De acuerdo a sus atributos y prerrogativas, Hera y Atenea le ofrecen respectivamente la posibilidad de ser el más poderoso de los reyes sobre la tierra o de convertirse en un hombre que llegará a ser famoso por su inteligencia y rectitud. Enfrentado por un lado entre nobles propuestas que representan beneficios para su pueblo y por el otro con la tentación sensual que regala Afrodita, Paris escoge a esta última.



Eris y la manzana de la discordia

   La elección de Paris nos habla a través de los siglos: los hombres han cambiado poco y nada y resulta muy sencillo manipularlos si las mujeres sabemos ilusionarlos con el sexo. Sin sombra de duda alguna y puesto frente a la posibilidad de elegir con total libertad, lo que Paris elige es el masculino y egoísta deseo de gozar en su alcoba a la más bella de las mujeres. Así le fue, me dijo cinícamente mi dominado marido la primera vez que me leyó en detalle la historia de la manzana y de como Paris cumple la promesa de Afrodita raptando a Helena y llevándola a Troya, causando así su ruina.

   Afrodita es entonces en el mundo griego la encarnación del poder corruptor de la sexualidad femenina, el mismo poder que el pueblo judío censura con severidad a través de las figuras de Eva, Dalila o Betsabé. La manzana que Paris entrega a Afrodita como símbolo de su victoria frente a Hera y Atenea podría ser la misma que Eva ofrece a Adán en el jardín del Edén. El hombre está advertido pero no puede hacer nada frente a la todopoderosa fuerza del deseo que la mujer despierta en él. Todo cede ante los encantos y el imperio de Afrodita. Hasta el mismo Zeus le teme, por eso mismo ha aprendido a mantener con ella una respetuosa distancia.

   Pero no corresponde a Homero sino a los grandes trágicos posteriores a él, el habernos dado la versión de Afrodita más hermosa y poética pero a la vez más inquietante. Para Esquilo, Afrodita no es sólo la sonriente diosa del sexo que teje intrigas amorosas. Es el principio mismo de la vida en el Universo. La Afrodita que aparece en Las Suplicantes es responsable de los amores místicos entre la tierra y el cielo, que fecundan la tierra y hacen brotar todo árbol, toda flor y todo fruto. Oponerse a Afrodita es caer en la esterilidad y en el kaos  siempre opuesto a la tan griega y armoniosa belleza del Cosmos, el orden universal.   

  A esta mística visión de Esquilo, Eurípides le agregará años después el concepto del hybris, del castigo que el hombre recibe cuando cree ser más de lo que en realidad es y transgrede con sus actos el orden que los dioses han dispuesto. Ante el desprecio de Hipólito, que se niega a caer bajo el yugo de Afrodita, la diosa ofendida impulsará en el alma de Fedra una locura pasional que terminará con su muerte. Para Eurípides, Afrodita es mucho más que una mujer despechada que se venga cruelmente de aquel que la ha ofendido. Afrodita representa un principio cósmico, el orden natural de las cosas que no puede ser transgredido impunemente y que tiene además el tremendo poder de castigar a aquellos que lo rechazan y se burlan de él. La pasión sexual que Afrodita encarna y promueve forma parte de una armonía global necesaria para la vida humana, de un equilibrio que no puede ser alterado sin un castigo ejemplificador que restablezca el orden perdido. Hipólito, llevado por el ardor de su juventud, se atreve a enfrentar a Afrodita pero en realidad se está enfrentando a la Naturaleza misma y la muerte es el inevitable castigo que debe expiar por su atrevimiento.

   Los grandes escritores griegos que inventaron la tragedia no fueron muy adeptos a regalar finales estilo Disney. Paris e Hipólito, al elegir en la forma en que lo hicieron, profetizaron sus propios finales, tan amargos como aleccionadores. Ninguno de los dos pudo escapar a su trágico destino. Pero quien firma estas líneas, degustadora viciosa de la belleza de tantas Helenas y fiel devota del culto pagano a Afrodita Victoriosa, no tiene duda alguna acerca de quién de los dos, si el que se entregó a Afrodita o el que optó por rechazarla, fue el que más disfrutó de la vida mientras pudo vivirla.




Rubens. El juicio de Paris

viernes, 3 de mayo de 2013

Femdom written by Shakespeare. Venus, Lady Macbeth y Cleopatra.


 Los poderosos personajes femeninos creados por Shakespeare encubren su fragilidad con los atributos de mando característicos de los hombres y terminan siendo víctimas de su propia omnipotencia.
Cristina Pérez
   

Mujeres con cetro. Bajo el dominio de Venus, Lady Macbeth y Cleopatra
  

  Cleopatra porta la espada de Marco Antonio y le hace vestir a él sus ropas. Los acosos de la poderosa diosa Venus derivan en la muerte de Adonis, penetrado por el colmillo de un jabalí. Lady Macbeth le inocula masculinidad a su marido casi pariéndole la hombría mediante su propia asexuación como mujer. El concepto de mujer fálica parece en sí mismo una ironía shakesperiana y bien podría haber sido una de sus lúdicas construcciones oximorónicas. Porque las mujeres no tienen falo. Entonces, la mera idea de una mujer fálica es portadora de una imposibilidad fáctica. Una contradicción que deviene en todo lo que deparan las irrealidades: una peripecia de reconocimiento a veces dramática, a veces trágica.

   El concepto se aplica a las mujeres investidas con los atributos de poder asociados a los hombres. En las heroínas shakesperianas, la trampa de estas mujeres supuestamente poderosas radica precisamente en la dependencia de lo masculino, tan esencial para su subsistencia que conduce a la disolución de sus propias identidades femeninas. La paradoja es que son mujeres supuestamente fuertes pero esencialmente débiles.

   Lady Macbeth convoca a los espíritus del crimen y les pide que le arranquen el sexo, como si eso la librara de las debilidades femeninas y la dotara de una crueldad e impiedad instrumentales y deseadas. Va aun por más, les reclama: cambien mi leche por hiel. Es la mujer fálica que se realiza en la toma del poder, controlando a su marido, cuya masculinidad cuestiona y a la vez incita. No engendres más que hijos varones, le dice él cuando ella lo convence de matar al rey para quedarse con la corona. Harold Bloom afirma que hasta que se vuelve loca, ella parece tanto la madre de Macbeth como su esposa.

   Podríamos ir más allá y afirmar que Lady Macbeth ha parido a su marido en el instante en que lo convence de cometer el horrendo crimen. Le activa el falo a ese hombre aparentemente incapaz de producir herederos, situación que, según Freud, funciona como motivación de la pareja para cometer el regicidio y la usurpación del trono. Pero cuando Macbeth ya se ha convertido en una especie de vampiro que se regodea en su voracidad (Mi alma está demasiado cargada de la sangre de los tuyos  le dice desafiante a McDuff luego de matar a su familia), ella se disuelve hasta perderse en la locura y el suicidio. Autoasexuada como mujer, y sin falo que sustentar, queda parada en la nada.  A thing of nothing, esa cosa de nada, como le dice Hamlet a OpheliaNothing, nada, es en el inglés isabelino, una de las formas populares para llamar a la genitalidad femenina, a la vagina, como mención peyorativa de sus condiciones de continente, de espacio vacante. A esa nada sexista, la mirada masculina de Lady Macbeth la ha reafirmado como nada. Sin maternidad, sin reconciliación con su esencia femenina, materializa el desprecio misógino desde su propia psique y la ecuación es insoportable.

   Venus desea a Adonis hasta aniquilarlo. Su deseo es depredador. Pero enfurece porque no gobierna el deseo de él. Actúa como un águila hambrienta sobre su presa. La violencia sexual con una agresora femenina como connotación atípica es la temática de este poema narrativo de William Shakespeare, publicado con mucho éxito en 1593. La historia está basada en las Metamorfosis de Ovidio, uno de los libros fundamentales en la biblioteca de Shakespeare. Ya en la fuente, se trazan las líneas fálicas de la deidad, capaz de abstenerse del cielo mismo pero no de Adonis, cuya belleza la inflama. Jonathan Crewe, en su introducción al poema para The Complete Pelican Shakespeare, relaciona el cortejo del joven por parte de la mujer mayor con la amenaza estereotípica experimentada por los hijos abrumados por demandantes y asfixiantes figuras maternas. La diosa no soporta que su bello objeto de deseo prefiera la compañía de otros hombres en vez de estar con ella. Luego, su advertencia sobre las peligrosas bestias que Adonis no será capaz de enfrentar se convierten en la profecía autocumplida de su muerte. ¿Adonis es penetrado por el colmillo de un jabalí o por Venus?

El corrió con su aguda lanza hacia el jabalí,
que no hubiera clavado su diente en él,
porque sólo pensaba en persuadirlo con un beso,
y haciéndole caricias el amoroso puerco,
le hundió sin darse cuenta el colmillo en su
suave ingle. (1111-16).

   Venus parece envidiar al jabalí o directamente se confunde con él en el relato que ella misma hace. Cuenta la leyenda que, al enterarse de la muerte de Adonis, la diosa del amor y el deseo dictamina que, de ahí en adelante, todos los mortales enamorados estarán condenados a sufrir. En el libro de Ovidio, Adonis se convierte en una flor con pétalos colgantes y blandos que no pueden durar.

   Cleopatra corporiza el apetito insaciable y adictivo de la lujuria. Su deseo irrefrenable se concreta en el dominio. Es la reina del Nilo que conquista al conquistador romano. Ese general, comparado con el mismísimo dios Marte en la Tierra, es ahora el bufón de una zorra. Él, que es uno de los tres pilares del mundo, no es más masculino que Cleopatra, según se mofan sus pares generales. Y ella, que lo nombra como mi hombre entre los hombres, hace de su dependencia fálica un vicio capaz de cualquier treta, mentira o manipulación. A Marco Antonio incluso le resulta arduo partir por los funerales de su esposa. ¿Puede Fulvia morir?, le responde Cleopatra, minimizando hasta la muerte en pos de su deseo de retenerlo. Para Marco Antonio partir es romper cadenas. Reconoce que está cautivo pero también integra un círculo de retroalimentación erótica: el nunca-cansado de lujuria, como lo llama Pompeyo.

   De alguna manera, Antonio también disfruta de la Cleopatra fálica. La llama mi serpiente del antiguo Nilo y le concede su espada. Serpiente y espada son dos símbolos fálicos por excelencia y dominan la producción de significado hasta el final de la obra. Sobre tu espada se sienta la victoria, le dice Cleopatra, y así también la guerra se hace espacio sexual. En el entorno cómico de esta tragedia fulgurante, sirvientes, mensajeros y adivinos son espejos de los excesos en que se consumen y confunden los personajes. Aquí viene Antonio, dice Enobarbo. No es él, es la reina, le responde Charmian, sirvienta de Cleopatra. Es que Cleopatra consume y abduce a Marco Antonio. Y cuando él ya ha jugado hasta su carrera militar al retirarse de una batalla por seguirla, asegurando la derrota y escenificando la torpeza, la muerte vendrá no de una apoteosis militar por honores sino de otra infantil trampa de su reina. Ella le hará decir que está muerta y él, desolado, se quitará la vida. Allí, en la baldosa misma de la finitud, se apreciará más claramente el sentimiento amoroso que también ha resultado opacado por el remolino permanente de posesión y deseo. Todo derivará en un retiro heroico de Cleopatra, la más sutil y formidable representación femenina de Shakespeare, en una pieza que para Harold Bloom es la verdadera obra maestra del bardo, más aún que Hamlet El Rey Lear .

   El suicidio de Cleopatra es un verdadero acto sexual, como lo remarca Stanley Wells. Ella le hace creer a César que le rendirá lealtad pero pide que le lleven secretamente la serpiente del Nilo que mata y no provoca dolor.  A lo largo de la obra se utiliza el verbo die, morir, como forma popular para referirse al orgasmo. Para Cleopatra, la muerte será un orgasmo con una serpiente y en clave mística para unirse a quien considera su esposo: Marco Antonio. ¿Me comerá?  le pregunta juguetona al Bufón en la hora final.  Ni el diablo mismo comería una mujer, le responde él. Cleopatra se pone su corona, toma la serpiente y la lleva a sus senos. Come, que puede traducirse del inglés como ven, es la primera palabra que expresa, con innegable alusión al orgasmo, antes de ser picada. ¡Oh Antonio!, exclama ella, ya en trance. Pide otra serpiente que muerde su brazo. Te tomaré a ti también. ¿Para qué debería quedarme aquí?  Y muere.

   Cleopatra, Venus, Lady Macbeth no son fálicas por ejercer poder o romper con códigos de dominio masculino. Son mujeres fálicas porque terminan engullidas por una masculinidad insustentable que trasvasa sus sentidos de la realidad. Casi precursoras de Freud.

Cristina Pérez
    








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