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viernes, 10 de abril de 2015

La sumisa. Grey (2012). Mujeres sumisas se buscan...todavía.






   Con motivo del día de la Mujer, celebrado en marzo pasado, traigo a mi Magazine una columna de Fernanda Sánchez. Temas? La mujer, la sumisa, el amo y el aparentemente indestructible masoquismo femenino. Para pensar y reflexionar.


   El éxito mundial de Las cincuenta sombras de Grey, una película de amor sadomasoquista que celebra la violencia y la dominación, hace pensar que tras décadas de lucha los viejos mandatos todavía persisten.

Mujeres sumisas se buscan... todavía



   Allá viene la marea de rosas de saludos. Ya hay promociones en tragos, en pizzas, en máquinas de depilar. Descuentos especiales para grupos de amigas en bares y en restaurantes para celebrar el domingo el Día de la Mujer. Pero si volviéramos al viejo truco de ponernos en la piel de un marciano para entender mejor qué pasa en la Tierra, veríamos esto: miles, decenas de miles de mujeres en todo el mundo ansiosas por ver una película a cuya protagonista se la humilla, cuelga y flagela por más de dos horas. Las sesiones (o deberíamos mejor decir sex-siones?) ocurren en una habitación punzó (un gabinete de tortura isabelino) y las conduce un tal Christian Grey, millonario, guapo e incapaz de disfrutar si no es pegando. Su partenaire se llama Anastasia y, como exige el lugar común, es joven, tímida, virgen, pobre. Y lo bastante lela, además, como para firmar un contrato que la convierte en la sumisa de un amo que, entre chirlo y sopapo, la abraza y duerme con ella. Si fuéramos alienígenas, posiblemente huiríamos de un planeta como éste. Pero como somos terrícolas puros y la fuga al cosmos aún no es opción, habremos de rendirnos a la triste evidencia: tras décadas de movilizaciones, luchas y conquistas, las cosas tampoco han cambiado tanto para las mujeres. Algo cambió, sí: hoy aquel cuarto propio con el que fantaseaba Virginia Woolf ha mutado en este cuarto rojo del dolor en donde una Cenicienta sadomaso disfruta la paliza en nombre del amor.


   No, muchachas, nadie aquí ha recorrido ningún largo camino. Y ahí están las pruebas: al día de hoy, no hay un solo país en el mundo donde los derechos sean idénticos para hombres y mujeres. Ni uno solo. De acuerdo, tal vez aquí no vayamos veladas hasta la coronilla como en Yemen ni sea usual que pandillas de hombres nos golpeen y desnuden en plena calle por usar minifalda, como sucede en Kenya. Pero en varios países de ese Occidente que adora apellidarse civilizado las mujeres ganan menos que sus pares varones. En Estados Unidos, por ejemplo, una mujer que haya tenido un hijo gana sólo 76 centavos del dólar que le toca al varón. Cómo? Qué tiene que ver todo esto con una simple película? Pues mucho más de lo que nos gustaría creer. Porque por más que muchas feministas hayan puesto el grito en el cielo, que la novela haya vendido 100 millones de copias, que haya batido a Harry Potter en la edición de bolsillo, que se haya traducido a más de 50 idiomas, que la película haya sido prohibida en cuatro países y que sólo en los Estados Unidos haya recaudado 81,6 millones de dólares en el fin de semana de su estreno, todo eso está diciendo algo.


   No menos cierto es que si se le borran las esposas, las cadenas, las fustas y los dildos, lo que queda es un cuento clásico, sólo que con un príncipe más freak que azul. Pero.. y lo otro? En qué parte fue que la paliza se tornó sexy y que la violencia física, pero sobre todo psíquica, se volvió pasión de multitudes? Explicaciones hay tantas como espectadoras y van desde un supuesto agotamiento femenino con relación a la autoridad (Queremos mandar en todos lados, menos en la cama, reza esta versión) hasta el clásico es sólo entretenimiento. Sin embargo, algo permanece ahí. Inefable pero presente. Será que uno de los logros más incuestionables del patriarcado ha sido volverse invisible. Ser lo que respiramos, lo que comemos, lo que decimos. El líquido amniótico que nos aprisiona a todos (hombres y mujeres) sin que siquiera lo advirtamos. Hasta que una historia como ésta llega a recordárnoslo.


   Así, apelando al viejo truco de la ficción, se ha vuelto a decir lo que ya no resulta políticamente correcto repetir en voz alta. Que en boca de una mujer un no es un . Que ella se lo buscó. Que el hombre es el que manda. Que, como rezaba aquel viejo tango llamado La canción de la mugre, en secreto todas las mujeres razonamos que las biabas de mi macho me las pide el corazón. Hemos pasado pues de Tus deseos son órdenes a Tus órdenes son mis deseos. Y no hay nada de inocente ni de bueno en ese giro. Porque, como apunta muy lúcidamente Soraya Chemaly en The Huffington Post, que en una película que se promociona como la avanzada de la liberación sexual femenina la heroína jamás llegue al orgasmo no es casual. Que la venta de entradas se haya disparado en los estados más conservadores de los Estados Unidos (ahí donde la tasa de embarazo adolescente es escandalosamente alta), menos. Y que la protagonista de la saga sea una veinteañera temblorosa que no sabe lo que quiere, tampoco. Porque él sí lo sabe (o para qué es hombre?) y por eso avanza sobre su voluntad, cuerpo y corazón como un brontosaurio entra a un jardín zen.


   La torzada ideológica para sostener esto no deja de ser ingeniosa: el cumplimento de un contrato de sumisión que le da un cariz risiblemente legal a todo el asunto. Desde un sitio de Internet, incluso, se invita a las fans de la saga a descargarse un documento similar para firmar con sus parejas. Allí se detallan delicias como la siguiente: La Sumisa tiene que obedecer en todo al Amo. Debe ofrecer al Amo, sin preguntar ni dudar, todo el placer que éste le exija y debe aceptar, sin preguntar ni dudar, el entrenamiento, la orientación y la disciplina en todas sus formas. Ya nunca lo sabremos, pero tal vez la chica alemana que fue atada a la cama con medias y preservativos por su novio haya firmado algo por el estilo antes de morir con el cráneo destrozado de 123 palazos. Hoy él está detenido, pero sólo se lo acusa de homicidio involuntario porque argumentó que la idea fue excitarse como en la novela. Mohamad Hossain, un estudiante de la Universidad de Illinois, también jugó a ser Christian Grey con una compañera de 19 años. La chica terminó en el hospital y él enfrenta cargos por violación.


   Probablemente, ninguno de estos episodios sea el último. Y no es alarmismo, sino simple lógica. Porque si en ese paquete dorado del millonario con problemitas que maneja helicópteros se nos dice que la violencia es una forma deseable de relación, lo demás vendrá solo. Si hoy resulta que lo nuevo en materia de derechos femeninos es sonreír mientras te azotan hasta sangrar, estamos complicados. Si hasta la policía de Londres denuncia el aumento de llamadas pidiendo auxilio por accidentes en el uso de esposas, algo no está bien. Pero si además de todo se instala como romántico y excitante que sea otro quien decida si uno come, a quién mira o cómo viste, bienvenidas otra vez al precipicio del deseo enajenado. Ahí donde ya no soy yo quien sabe lo que quiero, sino alguien más. Yo tonta, yo virgen, yo quieta. Yo muda. Muda. Todos los días deberíamos dar gracias a Dios por habernos privado a la mayoría de las mujeres del don de la palabra, porque si lo tuviéramos, quién sabe si caeríamos en la vanidad de exhibirlo en las plazas, anotaba Pilar Primo de Rivera, fundadora de la rama femenina de la Falange y promotora de ese primer modelo del contrato de sumisión que se llamó Guía de la buena esposa, 11 reglas para mantener a tu marido feliz. En ese libro, allá por 1953, se les aconsejaba a las españolas cosas como Regálale una gran sonrisa y muestra sinceridad en tu deseo de complacerlo o Déjalo hablar antes, recuerda que sus temas son más importantes que los tuyos.


   Hoy nos burlamos de todo esto. Yo viva, yo educada, yo libre. Pero, a no engañarse: el tiempo ha pasado; los mandatos, no. Siguen ahí, tatuados en los ojos de todos. Invisibles. Pero todavía intactos. La vida de toda mujer, a pesar de cuanto ella quiera disimular, no es más que un eterno deseo de encontrar a quien someterse, decía Pilar. Es eso, seguramente: disimulamos. Decimos que no cuando queremos decir que sí. Somos mentirosas, bobas, sumisas. Necesitamos un hombre que nos traduzca, que nos explique a nosotras mismas qué es lo que en verdad deseamos y hasta nos persuada de que las biabas, bien miradas, son sólo una variante ensangrentada del amor. No, no se confundía Pilar. Como mucho, se adelantó a su tiempo. Tardamos medio siglo, pero aquí estamos. Somos la marea roja de mujeres que satura los cines, sólo para decirle cuánta razón tenía.


Fernanda Sánchez


Fuente:
http://www.lanacion.com.ar/1773760-mujeres-sumisas-se-buscan-todavia


viernes, 29 de noviembre de 2013

La sumisa. Grey (2012). A la sombra de La historia de O





   Como corolario de la columna que hace unos meses publiqué en mi página, redactada por Vicente Battista, sobre las Cincuenta sombras de Grey, hoy quiero compartir estas reflexiones de Verónica Chiaravalli, que arriesga un paralelismo entre dicha novela y la legendaria Historia de O.



   A la sombra de La historia de O



   La serie de novelas sobre la pasión de la joven Anastasia Steele y el millonario Christian Grey (Cincuenta sombras de GreyCincuenta sombras más oscurasCincuenta sombras liberadas , títulos que, desde su publicación encabezan listas de best sellers en el mundo) propicia la evocación de un texto paradigmático de la literatura erótica del siglo XX, firmado por Pauline RéageHistoria de O. Su heroína es un antecedente trágico del personaje de Anastasia, y condensa todos los peligros que E. L. James, autora de Grey, evita a sus lectores.

   Como la de Anastasia, la parábola de O también consiste en un viaje de iniciación en el terreno de una sexualidad desconocida, de la mano del hombre que ama. Pero así como en el viaje del cuerpo hacia la sumisión absoluta implica una puesta en abismo del alma, en Grey el juego de amo y esclava que propone la trama se reduce a la anécdota erótica, más o menos picante. En ambos casos la relación de dominio y sumisión se organiza en torno al consentimiento, pero sólo muestra el problema de la aquiescencia en su dimensión metafísica.

   Mientras que Anastasia, antes de iniciar la relación con Grey, considera un contrato con cláusulas que puede discutir, a O se le exige que consienta por anticipado todo lo que va a ocurrirle, sin conocerlo. Lo que se le pide, en definitiva, es un acto de fe movido por el amor ("y amándolo como lo amaba, ella no podía sino amar todo aquello que viniese de él"). Anastasia, contrato de por medio, adquiere, no digamos una mercancía, pero sí un objeto: una relación novedosa y excitante que puede dar por terminada al cabo del período de prueba estipulado. O, en cambio, enfrenta un destino. Y con el destino no se negocia: se lo acepta o no, y cualquiera sea la decisión, se paga el precio.

   El lector de Grey se convierte así en el espectador de un juego sin consecuencias. Pero detrás de la silueta fresca de Anastasia, acecha la sombra terrible de O, el cuerpo de la mujer sagrada, que ha dejado de ser humano. La naturaleza verdaderamente mortífera del juego, que en Grey se oculta, es llevada en hasta su extremo, destructivo o redentor, según lo que cada quien crea que trae la muerte. Sin velos protectores, O arranca al lector de la pasividad voyeurística que Grey le consiente, y lo obliga a interpelar los fundamentos de su vida individual y social al poner en cuestión las fuentes de la autoridad y la justicia, la legitimidad de sus ejecutores, la razonabilidad de las normas que nos regulan. Y sobre todo, la inocencia del amor. 

   Dice Jean Paulhan en el prólogo de O: "La palabra amor y la palabra libertad se contradicen. El amor es depender -y no sólo para el placer, para la existencia misma y para las ganas mismas de existir- de una y mil cosas extrañas: de unos labios, de un hombro, de unos ojos, en definitiva, de todo un cuerpo ajeno, con el espíritu o el alma que lo habite, de un cuerpo que, a cada instante, puede hacerse más deslumbrante que el sol o más helado que una llanura nevada".


Verónica Chiaravalli,





viernes, 25 de enero de 2013

La sumisa. Grey (2012). Erotismo Arquetípico




 

Pasaron ya algunos meses desde que 50 Sombras de Grey y su condición de bestseller fuera tema de discusión en todos los foros BDSM. Aclaro entonces: no leí el libro, no pienso leerlo, no me interesa su enfoque y desde el vamos me molesta el remanido argumento de que un libro es parte de una trilogía. Pero dado su incuestionable éxito editorial, quiero compartir esta inteligente reflexión de Vicente Battista, publicada el 17 de agosto de 2012 en el Suplemento de Cultura del diario La Nación.

Erotismo arquetípico

   Erika Mitchell, 48 años, productora de un canal de TV británico, madre de dos hijos y esposa feliz, era una lectora compulsiva de Crepúsculo. Se había convertido en una fanática de Bella Swan y de Edward Cullen, los jóvenes y castos héroes de la saga de vampiros light escrita por la norteamericana Stephenie Meyer. Secretamente, Erika Mitchell también aspiraba a ser escritora, por lo que su familia y amigos no se alarmaron más de la cuenta cuando decidió canjear su nombre real por el de E.L. James y, a partir de esa metamorfosis, transformarse en una fan fiction. El término, como se sabe, engloba a los hombres y mujeres que mediante un blog o una cuenta de Twitter escriben historias protagonizadas por sus personajes favoritos, pero cambiándoles la naturaleza que tenían en la ficción original. Así podremos encontrar a Caperucita Roja convertida en femme fatale . Las fantasías de E.L. James giraron en torno de Bella Swan y de Edward Cullen: transformó a la casta pareja en dos criaturas desbordantes de sexo sadomasoquista. Los ardientes jóvenes primero navegaron por el blog y el Twitter, poco después deambularon por un libro electrónico y finalmente, rebautizados, ingresaron al libro tradicional. Ahora, bajo los nombres de Anastasia Steele y Christian Grey, son los laboriosos protagonistas de Cincuenta sombras de Grey.

   La relación sadomasoquista entre amo y esclava es uno de los temas recurrentes en la literatura erótica. Los franceses (Marqués de Sade mediante), se muestran como pioneros del género. Pero serán las francesas quienes lleguen a la cota más alta. En 1954 Dominique Aury, bajo el seudónimo de Pauline Réage, publica su célebre Historia de O, y, treinta años más tarde, Marguerite Duras da a conocer otra novela ejemplar, El amante.  El esquema, con ligeras diferencias, es similar: joven mujer que no vacila en llevar a cabo todo lo que le exige su macho dominante. E. L. James no se aparta ni un centímetro de ese esquema: Anastasia es una joven universitaria de 21 años que entrevista a Christian Grey, un empresario que no llega a los 30. A James no le inquietan los arquetipos, acude a ellos con alarmante puntualidad. Christian es un perfecto adonis y, según proclama Anastasia, resulta bello por donde se lo mire. Diestro jugador de golf, cuenta con un jet lujosísimo y un sofisticado helicóptero, viste ropa carísima y come en los mejores restaurantes. Anastasia, en cambio, poco tiene para ofrecer, salvo su pulcra virginidad. Niña inocente a merced de varón poderoso: nada nuevo bajo el sol? ni sobre la cama. Aquí, precisamente, es donde se marca la diferencia.

   The New York Times proclama que Cincuenta sombras de Grey  es la novela erótica que ha revolucionado a las mujeres de Estados Unidos, y el Daily News dice: La exitosa combinación de historias románticas y juego erótico de alto voltaje que ha tocado la fibra de muchas mujeres. ¿Juego erótico de alto voltaje? ¿Los entusiastas críticos de The New York Times y del Daily News alguna vez habrán posado sus ojos sobre aquella célebre y anónima princesa rusa? O, en el estricto espacio de la literatura, ¿habrán leído a Sade? La más puritana página del marqués es infinitamente más erótica que la más encendida página de James.

   Aquellos que cultivan las relaciones sexuales encuadradas en la sigla BDSM ( Bondage, Dominación, Sumisión, Masoquismo) suelen firmar el contrato RACK, acrónimo de Risk Aware Consensual Kink, que para los hispanoparlantes pasaría a ser riesgo asumido y consensuado para prácticas de sexualidad alternativa. Antes de poseerla, el amo Grey le exige a la sumisa Anastasia que firme ese contrato. Ahí se detallan qué acciones sádicas estarán permitidas y cuáles no. Asimismo, se exponen una serie de normas de cumplimiento obligado; por ejemplo: la Sumisa no beberá en exceso, ni fumará, ni tomará sustancias psicotrópicas, ni correrá riesgos innecesarios. El profiláctico es de uso ineludible. Estamos frente a recomendaciones más cercanas a la salud pública que al desenfreno sexual. La inocente Anastasia pierde su virginidad en la página 133, pero habrá que esperar hasta la 510 para ver por fin la escena sadomasoquista. Christian ata a Anastasia a la cama y la castiga con el adecuado látigo de tiras. No alarmarse: hay otras muchísimas escenas de sexo contadas con lujo de detalles que, es de sospechar, no se diferencian mucho de las que habitualmente llevan a cabo las entusiastas lectoras de Cincuenta sombras de Grey . Acaso éste sea el único mérito de la novela: ofrecer más de lo mismo y conseguir que se lea como si fuera algo único y diferente.


Vicente Battista







Viernes 17 de agosto de 2012 | Publicado en edición impresa
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