Muchas veces el temperamento me traiciona. No puedo evitarlo. De tanto en tanto, mi esposo sumiso y yo nos vemos envueltos en discusiones y contrapuntos con aquellos que pretenden ser las autoridades locales en temas de BDSM. Noto que las cosas han cambiado para peor: en los últimos tiempos se han puesto más políticamente correctos que nunca. A veces pienso en que realmente somos culpables y merecemos la hoguera. Pero generalmente nos limitamos a compadecerlos, observándolos desde lejos en su desesperación por hallar una bandera y una causa para darle algún sentido a sus vidas vacías. Para ellos, el Femdom que escapa a su moralina social no es más que una película de dibujitos animados. Una fantasía que entretiene un rato hasta que llega la hora de la verdad, la hora en que ellos deben entrar a escena con su BDSM cargado de técnicas consensuadas e ideales de justicia.
Seríamos muy bienvenidas si nos limitáramos a cumplir con lo que se espera de nosotras: lindos personajes fetish que decoramos las fiestas del ambiente mientras las ganancias se las llevan otros. Mucho mejor si además, entre fiesta y fiesta, siguiéramos las pautas establecidas a la hora de dominar. La norma correcta, la conciencia colectiva establecida, la lucha por los derechos, la enseñanza moral, las causas nobles que deben guiarnos. Y si queremos escapar de esos bondages dialécticos y aburridísimos en los que pretenden atraparnos, mejor que nos dediquemos a contar historias fantásticas de dominación y sumisión. Qué mejor que describirme a mí misma como una de esas heroínas Femdom que dibujaba Sardax, una despótica reina cruel en su mansión principesca con esclavos encadenados en los sótanos. Si me pavoneara con que vivo todo el día en tacos altos y que sólo tomo champagne mientras viajo en limousine, para ellos sería inofensiva e incluso hasta les caería simpática. Es lo que se espera de una dómina, es la parte que nos toca en el show del BDSM montado por los amos y señores.
Pero no.
Somos realidad. Muchos nos conocen. Somos humanas y creíbles. También lo es mi Femdom doméstico al que proclamo como mi estilo de vida. El mío es un testimonio, no una fantasía. Yo testimonio que una mujer dominante, bisexual y erótica, de guardarropas sedoso y sensual, fantasía de todo fetichista, puede ser aquella que lleva una vida agradable junto a su enamorado sumiso que se dedica a complacerla y no tiene porqué ser una prostituta de alto nivel con físico de topmodel y totalmente inaccesible para el hombre común. Puede ser tu vecina. Una mujer como tantas otras.
Dejame contarte además que las cuckoldress existimos. No somos la fantasía calenturienta de un montón de pajeros de Internet. Por lo tanto, los maridos cornudos también existen. Y no les interesa empatar el partido a través de un intercambio de parejas o un trío con dos mujeres. Tampoco les interesa tener como ama a una servidora de fantasías masoquistas consensuadas. Son hombres demasiado exigentes para conformarse con los goces prefabricados típicos del BDSM convencional. Su exquisitez no les deja opción: su sueño y su goce es someterse a una diosa del sexo que los condene a satisfacerla de todas las formas posibles, sin límites. Ellos son los tramoyistas que oscura y opacamente, custodian que todo marche bien. Nos cuidan, nos llevan y traen, nos complacen en todos nuestros caprichos sin pedir ninguna contraprestación. Nosotras brillamos y gozamos por nuestra propia condición pero también gracias a los eficientes servicios de nuestros fieles.
Andrew Loog Oldham fue manager, publicista y productor de los Rolling Stones entre 1963 y 1968. Los vió tocar en un destartalado hotel en las afueras de Londres cuando apenas eran un ignoto grupo de chicos con ínfulas de puristas del blues y tuvo la genial intuición de que lo que estaba viendo esa noche era la mitad de lo que Inglaterra y el mundo necesitaban (la otra mitad ya había llegado desde Liverpool). No cambien nada, lo tienen todo. Les dije quienes eran y ellos se convirtieron en eso.
Nosotras y nuestros leales y adoradores sumisos que han descubierto el supremo placer de dedicar su vida y su sexo a servirnos, sabemos que lo que vivimos y contamos es una verdad, sabemos perfectamente quienes somos y no necesitamos que nadie nos enseñe nada. Aquella noche lejana, frente a aquel escenario, Oldham también supo que estaba frente a una verdad. Porque el rock and roll y el sexo tienen algo en común: el tiempo se encarga de acomodar las verdades en su lugar.




