Potencialmente, la palabra puta es
como una caja de Pandora. En lo que hace a su fonética, me encanta escucharla
de parte de mis enemigos porque sé que me lo he ganado en buena ley. Pretendo,
casi con un ciento por ciento de éxito, que muchos me identifiquen con esa puta
que les quedó pendiente en su vida, esa perra inalcanzable, inaccesible.
Lo divertido del caso es que en mis
encuentros con partenaires sexuales en los que realmente soy puta (o por lo
menos, me muestro como tal), me gusta que se refieran a mí como dama o señora.
Y para aquellos que me ven como una señora casada con familia pero a la vez
tejen sospechas sobre mi sexualidad, ahí sí me gusta referirme a mí misma como
puta. Para mi cornudo esclavo marido, soy la más puta de las señoras en la
sociedad y la más señora de las putas en nuestro dormitorio. Cuando tengo sexo
o sesiono a una chica crossdresser o travesti, me gusta tratarla de señorita
puta o de putita. Con un sumiso al que reconozco como hetero, me
gusta abordarlo por detrás y tratarlo de puta con un claro mensaje
humillatorio. A algunas mujeres, suelo encenderlas cuando las trato de putas,
las libero de tabúes y les despierto sus reprimidas feromonas. Pero en todos
los casos, la palabra puta es un premio, hay que ganárselo, no se lo merece
fácilmente.
Lo que
en nuestro castellano solemos catalogar como malas palabras son en realidad
aquellas vinculadas a lo genital, a aquello que por pudor suele mantenerse
oculto y sale a la luz de una forma no sexual, deliberadamente chocante y
despectiva. Con el tiempo, el uso común ha ido mutando el significado y
hoy decir hijo de puta apunta más a un carácter negativo que a una
condición social. Hasta suele verse como un elogio, un sinónimo de picardía e
ingenio cuando en realidad; la historia de la palabra tiene que ver con
la bastardía, con la condición de hijo ilegítimo, de no pertenecer
legalmente a la línea patrilineal con las correspondientes dificultades para
heredar y para ser reconocido en sociedad.
Usamos puta para describir tanto a la mujer que vende su
sexo a cambio de dinero o favores como a la mujer cuyo gusto por el
sexo le hace rechazar una relación convencional monogámica. En
tiempos no tan lejanos, esta última era una ninfómana o tenía la fiebre
uterina: definiciones urticantes para reconocer como enfermedad al deseo sexual
femenino que escapaba de lo establecido. En ambos casos, sea prostituta o
ninfómana, esa mujer no tenía valor matrimonial porque nunca el hombre que se
casara con ella iba a poder estar seguro de que su descendencia iba a ser suya.
El idioma inglés en cambio tiene un
vocabulario sexual mucho mas interesante. Whore o hooker describe
a las trabajadoras sexuales mientras que bitch lo hace con aquellas que
descaradamente obtienen ventajas a partir de su sexo y slut se refiere
ya a la cuestión candente del deseo femenino. Una prostituta lo hace por
dinero, porque le conviene, no por el gusto. La moral de la prostituta que
piensa así resulta ser la misma que la de las llamadas mujeres decentes. Por
eso, la prostituta nunca fue una amenaza para la sociedad mientras estuviera
restringida a ciertos barrios y a ciertas zonas porque se sabe lo que es y
sobre todo, lo que representa. Ellas lo hacen por la paga, no por el
deseo.
El sexo por amor a la pareja constituida
(fundamentalmente reproductivo) o el sexo por conveniencia; he aquí las
opciones posibles. El problema insoluble aparece con la slutty girl que
lo hace por el placer, indiscriminadamente. El deseo sexual femenino tiene
entonces la capacidad de desatar una verdadera catástrofe social porque puede llegar
a poner en duda la capacidad del hombre para satisfacer sexualmente a una
mujer. Aún en círculos supuestamente más liberales como el swinger, el deseo
femenino aparece presentado de una forma correcta y previsible. El protagonismo
femenino en el intercambio de parejas suele limitarse a un preludio lésbico
para excitar a los hombres que serán los verdaderos protagonistas
del sexo cruzado. Pero una orgía lésbica o un gang bang -
bukkake (en donde una mujer goza sexualmente de la ofrenda sexual de varios
hombres) le ofrece a ella la oportunidad de gozar del sexo sin límites. El BDSM
también refleja ingenuamente esos prejuicios. La conducta libertina es
promovida y aplaudida pero sólo en sumisas porque el libertinaje femenino debe
depender en última instancia de la voluntad de un hombre.
A las Dóminas en cambio, nos
enseñan que debemos saber conservar cierta dignidad. Me han señalado muchas
veces la supuesta contradicción entre mi carácter de Dómina y mi gusto por el
sexo al estilo slutty. Se supone que una dómina no debe ser sinónino
de sexo, que una dómina se debe hacer valer, que debe poner cierta distancia
entre ella y la carne sexual. Pero resulta que Yo me defino como Dómina por mi absoluta libertad para
cumplir con mis deseos y ejecutarlos sin rastros de pudores ni éticas ajenas.
Por lo tanto, no me siento alcanzada por aquellas sentencias y por supuesto,
disfruto violándolas. Mi poder no es fruto de una cesión consensuada; es el
poder de la Pompadour
y de Wanda, de Marlene y de Mesalina. El temible y omnipotente poder de Isis y
Afrodita. El poder que disfrutamos las señoras que elegimos divertirnos con el
sexo, las que abrimos la caja de Pandora: señoras sensuales, femeninas
y muy putas.