martes, 10 de marzo de 2026

Sumisión de mujer, sumisión de hombre (parte III)

 



   En una conversación sostenida hace años en el marco de una fiesta BDSM, un amigo me confesó que si él se declarara sádico a cara descubierta, esa actitud le garantizaría una áspera y desagradable soledad dentro la comunidad BDSM argentina. Con mucho sentido del humor, me dijo Todos los dominantes varones estamos en permanente campaña electoral. Presentamos una plataforma prolija y demagógica para no perder votantes. Confesarse sádico es un sincericidio que equivale a suicidarse. A una sumisa le sonaría "me usó para divertirse y una vez que acabó, se vistió y se fue". Andá a encontrar una mujer que acepte eso.

   Hace poco, uno de los tantos chistes que circulan por las redes sociales me hizo recordar aquella conversación. Una supuesta feminista en tono militante declara:


Vamos a ver si les gusta que los traten como ellos suelen tratarnos. Lo invité a mi casa, cenamos, me lo cogí y lo mandé a su casa en un uber. A ver que piensa.

   Inmediatamente, aparece el comentario de él. Le escribe a un amigo y le cuenta:


No sabés lo que me pasó. No me lo vas a creer. Acabo de llegar de la mejor noche de mi vida.

 

   Por supuesto que el humor siempre ha sido útil como tapadera de sentimientos: nos resulta mucho más fácil hacer chistes sobre el sexo que hablar seriamente sobre como lo vivimos. Porque el sadismo nos pone frente a una divergencia total en cuestiones de género: si nosotras nos comportamos sádicas, ellos lo disfrutan. Fantasean con que seamos así. Pero si los sádicos son ellos, las mujeres se ofenden. Aclaro en primer lugar que cuando hablo de sadismo, no me refiero a la administración controlada de dolor sino al sadismo como goce sexual egoísta, como el ejercicio de un poder arbitrario que por definición es la antítesis del consenso.

   El famoso consenso que los amos suelen citar cuando se presentan a sí mismos como amos responsables (es decir, no sádicos) no es otra cosa que en un simulacro de negociación entre ambas partes en donde desde el primer minuto se acepta que la sumisa va a poner sus condiciones. Te prometo que no te voy a hacer nada que no te guste es un clásico rompehielos masculino para iniciar el levante. Y del otro lado responden con frases del estilo Aceptaría ser tu sumisa pero me tenés que hacer esto y esto otro y mis límites son así y así. Es un lugar común en foros y comunidades BDSM que se planteen denuncias acerca del supuesto mal comportamiento del dominante cuando éste sólo privilegia su propio goce. Un ejemplo típico de lo que digo se puede encontrar en las tan celebradas subastas de esclavas en las fiestas BDSM. Dichas subastas no son otra cosa que encubiertas subastas de amos: las candidatas a esclavas ponen previamente sus condiciones de modo tal que sólo podrán ser adquiridas por los amos que cumplan con dichas condiciones.

   No importa de qué lado del látigo estén, siempre deciden ellas es una máxima de acero que parece cumplirse en todos lados. Lo interesante es que cada tanto, aparece un amo que patea el tablero y se confiesa. Una vez leí a uno en el ya cerrado Círculo BDSM, de habla hispana, que escribió en un rapto de sinceridad: Quien domina en realidad?, soy yo porque tengo el título? o en realidad es ella, por mi insufrible deseo de poseerla? La pregunta es pura retórica; la conclusión es más que obvia. Una sumisa un tanto rebelde inició en otro sitio web un debate bajo el título: Hasta donde obedecer a un amo? y alguien le respondió con otra pregunta que ponía de relieve la propia contradicción del planteo. Y hasta donde un amo acepta ser obedecido? Estos son debates en los que ninguna Dómina participaría porque, sin importar lo que exijamos, en el momento en que somos deliberadamente desobedecidas o cuestionadas, la relación se acaba.

   Por algo será que a las Dóminas bisexuales nos cuesta tanto someter mujeres; mucho más que someter hombres o travestis. Mientras ellos se entregan fascinados y cuidan de no hacer ni decir nada que pueda significar perdernos como Amas, ellas están demasiado acostumbradas a dirigir desde su supuesta sumisión y no aceptan otras exigencias que no coincidan con las suyas propias. El topping from the bottom de las sumisas se ha institucionalizado tanto que ha terminado por volverse invisible. Ya nadie lo cuestiona ni lo debate.

   Cuenta una leyenda en la antigua Grecia que cuando Diógenes cayó esclavo y fue puesto a la venta, sus captores le preguntaron que sabía hacer, con el fin de subastarlo a un mayor precio. Mandar, respondió. Busquen a alguien que necesite un amo. La historia indica que movido por semejante sentido del humor y la fina ironía, un filòsofo lo compró y le concedió la libertad a cambio de su amistad. Las denominadas mujeres sumisas en el BDSM sólo se diferencian de Diógenes en que suelen carecer de su sinceridad irónica.




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