El Magazine Femdom de Mistress Roxy
martes, 31 de diciembre de 2013
Parásitos miedosos y mediocres
jueves, 26 de diciembre de 2013
Bettie Page por Olivia de Berardinis
miércoles, 18 de diciembre de 2013
Humillación. La miel de mi sadismo
…..puta barata, no me darian dos pesos si te pongo en la esquina a vender tu culo, la próxima traeme a tu novia porque vos servís para divertirme y nada más, a que te afeitas los pelos de las manos por pajero, no mereces ni una brisa de Mi fusta….
Pocas cosas me excitan más
que la humillación verbal. Pero no soy la única que se excita cuando
humillo. Me consta que muchas veces estas expresiones duras, denigrantes, tal
vez soeces, pronunciadas con la entonación femenina adecuada y en el momento y
lugar correcto funcionaron como el mejor Viagra
sobre mujeres y hombres de alto nivel social y de gran calidad humana a las que
hoy quiero rendir homenaje.
Recuerdo en particular una sesión espontánea, tiempo atrás (fiesta mixta con crossdressers, travestis y chicos solos en una disco swinger) en donde un muchacho al que estaba sometiendo, en un momento de pasión me dijo, con voz temblorosa, Señora, de verdad me va a poner una bombachita? Horas después, ya en mi guarida, conversamos con mi esclavo marido sobre este prejuicio tan extendido en donde se cree que la feminización es sinónimo de humillación cuando para muchos es todo lo contrario: la exaltación de lo femenino por parte de aquellos que nacieron con cuerpo de varón y que representa lo máximo en poder erótico y sensualidad. No me sentí muy humilladora sádica que digamos después de aquella charla pero siempre reconocí que en aquel prejuicio anida gran parte del placer.
Alinari (a.k.a. Smooth Circe) escribió una vez que ser mujer es algo tan bello y erótico que no podía ver ninguna condición humillante en la feminización. Ella insistía que en la feminización no buscaba la humillación sino la perfección porque no estaba dispuesta a tolerar una versión grotesca de su género. Irónicamente, Alinari agregaba.. lo mismo le pasa a muchas que se tapan el agujero poniéndose penes de plástico como si hubiéramos nacido castradas. El dildo es un implemento maravilloso para jugar, pero no es algo que nos falta! En cambio, Niní, mi amiga sissy y compañera de largas noches Femdom, ha escrito muchas veces con brillante claridad que prefiere gozar de la humillación, del efecto de querer aparentar femineidad sabiendo que no podrá hacerlo y así fracasar cayendo en el ridículo, lo que es también a su manera un poderoso motor de la sexualidad y la fantasía fetish desde un punto de vista que yo clasificaría como típicamente masculino.
Mis gustos sexuales en feminización se mueven entre ambas posiciones. Me gustan las dos, depende del ambiente y de la materia prima que tenga entre manos. Cuando feminizo a un muchacho quiero y deseo sentir, saber y pensar que la partera le gritó a su madre es un varón. Pero seducir lentamente a una chica cross que viene a la fiesta con ínfulas de reina de la noche y llevarla de la mano como a una muñeca, mi muñeca, ofreciéndola a todos los placeres incluido el más dotado de los chongos disponibles para, ahí sí, tratarla de puta arrastrada y oír cuando me confiesa su Sí Señora, quiero ser Su puta!… ah, eso sí que es música para mis oídos. Es que la humillación verbal es una intensificación del morbo a dos voces. Una voz es la Mía y la otra es la del sumiso, que consigo sacarle bien desde adentro. Un dúo hedonista. Esta teatralidad siempre supera los límites de cualquier sesión o dungeon porque se graban en el inconsciente. Es como el cuckolding: una vez concretado, no hay vuelta atrás en tu mente. No es una técnica mecánica de sometimiento.
Me consta que muchos sumisos se sumaron con cierto temor a mi playroom de placeres verbales pero que a la mayoría les encantó. Este estilo de sadismo entroncado en lo psicológico es mas hard que el BDSM clásico, que el torbellino de aplicaciones para masoquistas. Yo arriesgo mucho porque la gracia del juego se basa en la espontaneidad y en lo inesperado, en lo no consensuado, pero también sé que una sobredosis de palabras o de significados me vuelve burda y me quita toda la magia seductora con la que intento someter a mi víctima. Pero vale la pena correr ese riesgo si lo que me interesa no es domar a un potro desbocado sino hacer boquear de placer a su muñeca interior, más sutil, más romántica, que lucha por florecer en una primavera de radiante espíritu sumiso. Entonces, mi lengua humillante será el mejor látigo para flagelar su masculinidad al mismo tiempo que voy saboreando las primeras gotas del néctar de dulce miel que va destilando su femenina putez.
martes, 10 de diciembre de 2013
Almas sumisas, sufrientes y entregadas
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| Bettie: la sumisa feliz |
miércoles, 4 de diciembre de 2013
Navidad Von Teese
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viernes, 29 de noviembre de 2013
La sumisa. Grey (2012). A la sombra de La historia de O
Como corolario de la columna que hace unos meses publiqué en mi página, redactada por Vicente Battista, sobre las Cincuenta sombras de Grey, hoy quiero compartir estas reflexiones de Verónica Chiaravalli, que arriesga un paralelismo entre dicha novela y la legendaria Historia de O.
La serie de novelas sobre la pasión de la joven Anastasia Steele y el millonario Christian Grey (Cincuenta sombras de Grey, Cincuenta sombras más oscuras, Cincuenta sombras liberadas , títulos que, desde su publicación encabezan listas de best sellers en el mundo) propicia la evocación de un texto paradigmático de la literatura erótica del siglo XX, firmado por Pauline Réage: Historia de O. Su heroína es un antecedente trágico del personaje de Anastasia, y condensa todos los peligros que E. L. James, autora de Grey, evita a sus lectores.
Como la de Anastasia, la parábola de O también consiste en un viaje de iniciación en el terreno de una sexualidad desconocida, de la mano del hombre que ama. Pero así como en O el viaje del cuerpo hacia la sumisión absoluta implica una puesta en abismo del alma, en Grey el juego de amo y esclava que propone la trama se reduce a la anécdota erótica, más o menos picante. En ambos casos la relación de dominio y sumisión se organiza en torno al consentimiento, pero sólo O muestra el problema de la aquiescencia en su dimensión metafísica.
Mientras que Anastasia, antes de iniciar la relación con Grey, considera un contrato con cláusulas que puede discutir, a O se le exige que consienta por anticipado todo lo que va a ocurrirle, sin conocerlo. Lo que se le pide, en definitiva, es un acto de fe movido por el amor ("y amándolo como lo amaba, ella no podía sino amar todo aquello que viniese de él"). Anastasia, contrato de por medio, adquiere, no digamos una mercancía, pero sí un objeto: una relación novedosa y excitante que puede dar por terminada al cabo del período de prueba estipulado. O, en cambio, enfrenta un destino. Y con el destino no se negocia: se lo acepta o no, y cualquiera sea la decisión, se paga el precio.
El lector de Grey se convierte así en el espectador de un juego sin consecuencias. Pero detrás de la silueta fresca de Anastasia, acecha la sombra terrible de O, el cuerpo de la mujer sagrada, que ha dejado de ser humano. La naturaleza verdaderamente mortífera del juego, que en Grey se oculta, es llevada en O hasta su extremo, destructivo o redentor, según lo que cada quien crea que trae la muerte. Sin velos protectores, O arranca al lector de la pasividad voyeurística que Grey le consiente, y lo obliga a interpelar los fundamentos de su vida individual y social al poner en cuestión las fuentes de la autoridad y la justicia, la legitimidad de sus ejecutores, la razonabilidad de las normas que nos regulan. Y sobre todo, la inocencia del amor.
Dice Jean Paulhan en el prólogo de O: "La palabra amor y la palabra libertad se contradicen. El amor es depender -y no sólo para el placer, para la existencia misma y para las ganas mismas de existir- de una y mil cosas extrañas: de unos labios, de un hombro, de unos ojos, en definitiva, de todo un cuerpo ajeno, con el espíritu o el alma que lo habite, de un cuerpo que, a cada instante, puede hacerse más deslumbrante que el sol o más helado que una llanura nevada".
Verónica Chiaravalli,




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