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viernes, 20 de mayo de 2016

Cleopatra

  



   Esta semana, mi Magazine cumple cuatro años. No se me ocurrió escribir sobre ningún balance de lo que he posteado en estos años ni tampoco compartir ninguna reflexión. Mi celebración de aniversario está dedicada a recordar a quien fuera la primer gran Dama Femdom de la historia. Cleopatra, la legendaria Reina del Nilo. 

   En Femdom written by Shakespeare, la periodista Cristina Pérez describe a la Cleopatra de Shakespeare como el apetito insaciable y adictivo de la lujuria. Antonio la llama mi serpiente del antiguo Nilo cuando le concede su espada. En la interpretación shakesperiana que le debemos a Harold Bloom, la serpiente y la espada son símbolos del poder de una mujer fálica. Hoy, gracias a la genial pluma de Indro Montanelli, recordamos el momento histórico del encuentro entre el general romano, poderoso y creído, con su futura amante, reina y dominadora.

   Así lo cuenta Indro:

   Como primera medida, Marco Antonio mandó un mensaje a Cleopatra instándola a reunirse con él en Tarso para responder a las acusaciones, que algunos le hacían, de haber ayudado y financiado a Casio. Cleopatra obedeció. El día fijado para su comparecencia, Antonio se dispuso a recibirla desde lo alto de un majestuoso trono en medio del foro ante la población excitada por el inminente proceso. Cleopatra llegó en una nave de velas rojas, espolón dorado y quilla laminada en plata. La dotación estaba formada por sus doncellas, vestidas de ninfas, que hacían corona a un dosel de lamé bajo el cual ella yacía en un provocador vestido de Venus, escuchando la música que le tocaban con pífanos y flautas.

   Cuando la noticia de aquella extraordinaria aparición sobre las aguas del río Cidno se difundió por la ciudad, todos acudieron al puerto para verla, como hoy acuden para ver a Sofía Loren, dejando a Antonio solo y fuera de quicio. El la mandó llamar. Ella le envió un recado de que le esperaba a bordo a cenar. Furioso, Antonio fue, considerándose a sí mismo todavía como juez y a ella como acusada. Al verla, se quedó petrificado. La había conocido de chiquilla en Alejandría, luego no la volvió a ver más y ahora se la encontraba delante, toda una mujer radiante de belleza, lo que explicaba muy bien porqué hasta César se había quedado prendado. Sus generales ya estaban todos acurrucados a los pies de ella. En el aperitivo, todavía Antonio se puso a acusarla con arrogancia. Pero a los postres, además de Egipto, le había regalado Fenicia, Chipre y casi toda Arabia y Palestina. Ella le recompensó esa misma noche y los generales tuvieron que conformarse con las ninfas. Luego lo remolcó hasta Alejandría donde él olvidó todo lo delicada que era su situación y la de toda Roma.

Indro Montanelli, Historia de Roma, 1957.



viernes, 3 de mayo de 2013

Femdom written by Shakespeare. Venus, Lady Macbeth y Cleopatra.


 Los poderosos personajes femeninos creados por Shakespeare encubren su fragilidad con los atributos de mando característicos de los hombres y terminan siendo víctimas de su propia omnipotencia.
Cristina Pérez
   

Mujeres con cetro. Bajo el dominio de Venus, Lady Macbeth y Cleopatra
  

  Cleopatra porta la espada de Marco Antonio y le hace vestir a él sus ropas. Los acosos de la poderosa diosa Venus derivan en la muerte de Adonis, penetrado por el colmillo de un jabalí. Lady Macbeth le inocula masculinidad a su marido casi pariéndole la hombría mediante su propia asexuación como mujer. El concepto de mujer fálica parece en sí mismo una ironía shakesperiana y bien podría haber sido una de sus lúdicas construcciones oximorónicas. Porque las mujeres no tienen falo. Entonces, la mera idea de una mujer fálica es portadora de una imposibilidad fáctica. Una contradicción que deviene en todo lo que deparan las irrealidades: una peripecia de reconocimiento a veces dramática, a veces trágica.

   El concepto se aplica a las mujeres investidas con los atributos de poder asociados a los hombres. En las heroínas shakesperianas, la trampa de estas mujeres supuestamente poderosas radica precisamente en la dependencia de lo masculino, tan esencial para su subsistencia que conduce a la disolución de sus propias identidades femeninas. La paradoja es que son mujeres supuestamente fuertes pero esencialmente débiles.

   Lady Macbeth convoca a los espíritus del crimen y les pide que le arranquen el sexo, como si eso la librara de las debilidades femeninas y la dotara de una crueldad e impiedad instrumentales y deseadas. Va aun por más, les reclama: cambien mi leche por hiel. Es la mujer fálica que se realiza en la toma del poder, controlando a su marido, cuya masculinidad cuestiona y a la vez incita. No engendres más que hijos varones, le dice él cuando ella lo convence de matar al rey para quedarse con la corona. Harold Bloom afirma que hasta que se vuelve loca, ella parece tanto la madre de Macbeth como su esposa.

   Podríamos ir más allá y afirmar que Lady Macbeth ha parido a su marido en el instante en que lo convence de cometer el horrendo crimen. Le activa el falo a ese hombre aparentemente incapaz de producir herederos, situación que, según Freud, funciona como motivación de la pareja para cometer el regicidio y la usurpación del trono. Pero cuando Macbeth ya se ha convertido en una especie de vampiro que se regodea en su voracidad (Mi alma está demasiado cargada de la sangre de los tuyos  le dice desafiante a McDuff luego de matar a su familia), ella se disuelve hasta perderse en la locura y el suicidio. Autoasexuada como mujer, y sin falo que sustentar, queda parada en la nada.  A thing of nothing, esa cosa de nada, como le dice Hamlet a OpheliaNothing, nada, es en el inglés isabelino, una de las formas populares para llamar a la genitalidad femenina, a la vagina, como mención peyorativa de sus condiciones de continente, de espacio vacante. A esa nada sexista, la mirada masculina de Lady Macbeth la ha reafirmado como nada. Sin maternidad, sin reconciliación con su esencia femenina, materializa el desprecio misógino desde su propia psique y la ecuación es insoportable.

   Venus desea a Adonis hasta aniquilarlo. Su deseo es depredador. Pero enfurece porque no gobierna el deseo de él. Actúa como un águila hambrienta sobre su presa. La violencia sexual con una agresora femenina como connotación atípica es la temática de este poema narrativo de William Shakespeare, publicado con mucho éxito en 1593. La historia está basada en las Metamorfosis de Ovidio, uno de los libros fundamentales en la biblioteca de Shakespeare. Ya en la fuente, se trazan las líneas fálicas de la deidad, capaz de abstenerse del cielo mismo pero no de Adonis, cuya belleza la inflama. Jonathan Crewe, en su introducción al poema para The Complete Pelican Shakespeare, relaciona el cortejo del joven por parte de la mujer mayor con la amenaza estereotípica experimentada por los hijos abrumados por demandantes y asfixiantes figuras maternas. La diosa no soporta que su bello objeto de deseo prefiera la compañía de otros hombres en vez de estar con ella. Luego, su advertencia sobre las peligrosas bestias que Adonis no será capaz de enfrentar se convierten en la profecía autocumplida de su muerte. ¿Adonis es penetrado por el colmillo de un jabalí o por Venus?

El corrió con su aguda lanza hacia el jabalí,
que no hubiera clavado su diente en él,
porque sólo pensaba en persuadirlo con un beso,
y haciéndole caricias el amoroso puerco,
le hundió sin darse cuenta el colmillo en su
suave ingle. (1111-16).

   Venus parece envidiar al jabalí o directamente se confunde con él en el relato que ella misma hace. Cuenta la leyenda que, al enterarse de la muerte de Adonis, la diosa del amor y el deseo dictamina que, de ahí en adelante, todos los mortales enamorados estarán condenados a sufrir. En el libro de Ovidio, Adonis se convierte en una flor con pétalos colgantes y blandos que no pueden durar.

   Cleopatra corporiza el apetito insaciable y adictivo de la lujuria. Su deseo irrefrenable se concreta en el dominio. Es la reina del Nilo que conquista al conquistador romano. Ese general, comparado con el mismísimo dios Marte en la Tierra, es ahora el bufón de una zorra. Él, que es uno de los tres pilares del mundo, no es más masculino que Cleopatra, según se mofan sus pares generales. Y ella, que lo nombra como mi hombre entre los hombres, hace de su dependencia fálica un vicio capaz de cualquier treta, mentira o manipulación. A Marco Antonio incluso le resulta arduo partir por los funerales de su esposa. ¿Puede Fulvia morir?, le responde Cleopatra, minimizando hasta la muerte en pos de su deseo de retenerlo. Para Marco Antonio partir es romper cadenas. Reconoce que está cautivo pero también integra un círculo de retroalimentación erótica: el nunca-cansado de lujuria, como lo llama Pompeyo.

   De alguna manera, Antonio también disfruta de la Cleopatra fálica. La llama mi serpiente del antiguo Nilo y le concede su espada. Serpiente y espada son dos símbolos fálicos por excelencia y dominan la producción de significado hasta el final de la obra. Sobre tu espada se sienta la victoria, le dice Cleopatra, y así también la guerra se hace espacio sexual. En el entorno cómico de esta tragedia fulgurante, sirvientes, mensajeros y adivinos son espejos de los excesos en que se consumen y confunden los personajes. Aquí viene Antonio, dice Enobarbo. No es él, es la reina, le responde Charmian, sirvienta de Cleopatra. Es que Cleopatra consume y abduce a Marco Antonio. Y cuando él ya ha jugado hasta su carrera militar al retirarse de una batalla por seguirla, asegurando la derrota y escenificando la torpeza, la muerte vendrá no de una apoteosis militar por honores sino de otra infantil trampa de su reina. Ella le hará decir que está muerta y él, desolado, se quitará la vida. Allí, en la baldosa misma de la finitud, se apreciará más claramente el sentimiento amoroso que también ha resultado opacado por el remolino permanente de posesión y deseo. Todo derivará en un retiro heroico de Cleopatra, la más sutil y formidable representación femenina de Shakespeare, en una pieza que para Harold Bloom es la verdadera obra maestra del bardo, más aún que Hamlet El Rey Lear .

   El suicidio de Cleopatra es un verdadero acto sexual, como lo remarca Stanley Wells. Ella le hace creer a César que le rendirá lealtad pero pide que le lleven secretamente la serpiente del Nilo que mata y no provoca dolor.  A lo largo de la obra se utiliza el verbo die, morir, como forma popular para referirse al orgasmo. Para Cleopatra, la muerte será un orgasmo con una serpiente y en clave mística para unirse a quien considera su esposo: Marco Antonio. ¿Me comerá?  le pregunta juguetona al Bufón en la hora final.  Ni el diablo mismo comería una mujer, le responde él. Cleopatra se pone su corona, toma la serpiente y la lleva a sus senos. Come, que puede traducirse del inglés como ven, es la primera palabra que expresa, con innegable alusión al orgasmo, antes de ser picada. ¡Oh Antonio!, exclama ella, ya en trance. Pide otra serpiente que muerde su brazo. Te tomaré a ti también. ¿Para qué debería quedarme aquí?  Y muere.

   Cleopatra, Venus, Lady Macbeth no son fálicas por ejercer poder o romper con códigos de dominio masculino. Son mujeres fálicas porque terminan engullidas por una masculinidad insustentable que trasvasa sus sentidos de la realidad. Casi precursoras de Freud.

Cristina Pérez
    








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