De no haber
existido, tendríamos que haberla inventado. Habríamos hecho como los griegos
con Helena de Troya, concentrar en su persona toda la belleza. Por ella no
se ha armado ninguna guerra, aunque sí cierta revolución, y ambas son igual de míticas
a su manera. Este 1 de junio se cumplieron cien años de la llegada al mundo
de Norma Jeane Mortenson (1926-1962), esa diosa nacida de la espuma
del celuloide como Marilyn Monroe y renacida gracias a Andy Warhol y tantos otros, de las
aguas del arte pop. Y se reafirma como siempre y a la vez como nunca su
inmortalidad, mientras el común de los mortales seguimos siendo devorados por
el tiempo. Un siglo ya?
En el Westwood
Village Memorial Park de Los Ángeles, el mayor mito erótico del siglo XX
descansa en un nicho tras una placa sencilla, con sólo un nombre y dos
fechas: Marilyn Monroe, 1926-1962. Apenas un mármol marcado por las
huellas de las manos de los visitantes. Algunos dejan flores, hay mujeres y
travestis que estampan sus labios pintados, pero otros quisieron algo más
permanente. Richard Poncher, un empresario, compró el nicho vacante directamente encima del de Marilyn para obtener una forma
extravagante de fetichismo mortuorio: ser enterrado boca abajo, sobre ella. En
2009, poco después de su muerte, su viuda decidió terminar
con ese capricho: vendió la cripta en eBay para pagar la hipoteca de su casa en
Beverly Hills. La oferta superó los 4,6 millones de dólares. A pocos
centímetros, Hugh Hefner había comprado en 1992 el nicho vecino.
También él quiso quedar para siempre junto a la mujer a la que había ayudado a
convertir en mito y mercancía cuando publicó sus fotos, desnuda, en el primer
número de Playboy, en 1953.
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Marilyn nunca fue víctima dócil del dispositivo carroñero del cine; sin las armas suficientes, intentó rebelarse repetidas veces contra él, aunque no lo logró. Billy Wilder la dirigió y la maltrató tanto como la necesitó. Dijo una vez que si lo que quería era alguien puntual y capaz de aprenderse las líneas, tenía una vieja tía en Viena; el problema era que nadie pagaría una entrada para verla. Wilder no santificaba a Marilyn, la describía como un problema de producción y un milagro de pantalla. En una entrevista recordó sus retrasos enfermizos, las jornadas de rodaje alteradas por su culpa, las excusas inverosímiles. Pero, enseguida admitía la radiación única que salía de ella en la pantalla apenas aparecía.
La posteridad separó las dos Marilyn: la del caos y la del glamour. Una llegaba tarde, olvidaba líneas, detenía rodajes, irritaba a directores. La otra cantaba I Wanna Be Loved by You con una mezcla de inocencia perversa y cálculo de mujer fatal que no ha perdido ni una gota de encanto.
El
episodio Kennedy llevó el caso Marilyn a otra escala. El 19
de mayo de 1962, en el Madison Square Garden, ella cantó Happy
Birthday para John F. Kennedy en una gala de recaudación del
Partido Demócrata, como saludo anticipado por el cumpleaños 45 del presidente.
La escena duró poco pero quedó fijada para siempre: la luz sobre ella, el vestido
color piel, la voz casi susurrada. Fue una forma de poner el deseo erótico en
el centro del poder; Marilyn no cantaba para un galán de Hollywood, sino
para el presidente de los Estados Unidos. Lo que en otra película hubiera sido
un número musical, allí se volvió una controvertida escena institucional. La
imagen alcanza para encender miles de conjeturas. Hay testimonios sobre un
encuentro íntimo con JFK en marzo de 1962; hay rumores persistentes
sobre Robert Kennedy; hay versiones contradictorias, silencios y un
archivo que siempre arroja más dudas que certezas. La muerte de Marilyn,
menos de tres meses después, hizo el resto. La investigación oficial habló de intoxicación
aguda por barbitúricos y probable suicidio. A partir de los años sesenta, y
con más fuerza en los ochenta, crecieron las teorías sobre asesinato,
encubrimiento, mafia, CIA, Robert Kennedy, diarios desaparecidos y
teléfonos intervenidos. La fiscalía de Los Ángeles revisó el caso en 1982 y no
encontró pruebas que sostuvieran una teoría de homicidio. Pero las sospechas
siguieron y siguen.
Lo que permanece
inalterable son las películas: Los caballeros las prefieren rubias, donde la supuesta codicia de Lorelei Lee es
inteligencia práctica; Cómo atrapar a un millonario, donde la belleza miope de Marilyn produce
comedia física antes que glamour, La comezón del séptimo
año, aunque la imagen del vestido que flota sobre el respiradero del
subte haya devorado la película; Una Eva y dos Adanes, donde ella es Sugar Kane y entre Jack Lemmon y Tony Curtis componen una comedia perfecta, y,
entre otras, Los inadaptados, donde ya no hay
manera de separar la fragilidad del personaje del cansancio de la persona.
Antes de los
Kennedy estuvieron Joe DiMaggio y Arthur Miller, dos formas casi
opuestas de prestigio masculino alrededor de Marilyn. DiMaggio, el
héroe del béisbol, parecía ofrecerle la promesa de una vida sólida, doméstica,
fuera de los estudios; pero el matrimonio duró menos de un año y la escena del
vestido blanco en La comezón, filmada ante una multitud en Nueva
York (entre la que él se encontraba), condensó la incompatibilidad; lo que para
Hollywood era publicidad, para DiMaggio fue una humillación intolerable.
Después de su muerte, sin embargo, fue él quien organizó el funeral y mandó flores a su tumba durante años.
Miller
representó el polo inverso, la legitimidad intelectual. Marilyn se
casó con él en 1956, estudió con Lee Strasberg, buscó papeles más serios y
pareció acercarse a una cultura que ya no la mirara sólo como cuerpo. Pero
también allí se quebró. Los inadaptados escrita
por Miller para ella, terminó siendo su última película completa y el
escenario de una separación en marcha.
Entre DiMaggio y Miller queda
una Marilyn tironeada por dos rescates imposibles: el de la mujer que
debía ser protegida del espectáculo y el de la actriz que debía ser elevada por
la literatura. Ninguno lo logró.


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