El médico y militar francés François Amédée Doppet publicó en 1788 Aphrodisiaque externe ou Traité du fouet et de ses effets sur le physique de l’amour, un tratado médico - filosófico en el que analiza las relaciones entre la flagelación y el acto sexual. Doppet no oculta en ningún momento la finalidad de su obra: convencer a las autoridades francesas de la necesidad de prohibir los azotes en las nalgas a los niños. Tomando como punto de partida los estudios de Meibom y teniendo en mente las Confesiones de Rousseau, Doppet se propuso dos objetivos: mostrar la eficacia de la flagelación en el despertar de la voluptuosidad y criticar el uso inadecuado de los castigos corporales. Justamente por su poder para excitar los apetitos sexuales, la flagelación debía evitarse en ámbitos educativos. Siglos después, si alguien cree que Meibom, Doppet o Rousseau estaban equivocados, que le consulte a cualquier dominatriz o simplemente a una prostituta moderna del bando de las sofisticadas.
Teniendo en cuenta las creencias sobre la naturaleza mecánica de la reacción genital eréctil ante el estímulo de los azotes, Doppet aseguraba que muchos niños azotados experimentaban su primera excitación sexual. La tesis de Doppet es que como consecuencia de esa experiencia iniciática, los niños comienzan a buscar ese placer en forma clandestina, a azotarse y acariciarse entre ellos. Frente a la prohibición, ese placer se convertirá en una obsesión y cuando ya sea adulto e intente copular con su esposa, necesitará que ella le azote para poder cumplir con el mandato conyugal. Así ambos serán infelices y él necesitará recurrir a prostitutas para satisfacerse.
Doscientos cincuenta años después y habiendo leído tantos testimonios de esclavos BDSM que sufren por no poder encontrar una mujer que los acepte en sus gustos sexuales, me asombra la clarividencia de este médico francés.
Admirador de Rousseau, Doppet invitaba al lector a recorrer la obra educativa del filósofo ginebrino para comprender hasta donde podían llegar las consecuencias eróticas del despertar de la sensualidad mediante el azote. Había que mantener alejados a los niños de cualquier estímulo sexual prematuro, capaz de perturbar su desarrollo normal. Doppet va más lejos y sostiene que lejos de ser inocentes, los maestros que se especializan en flagelar las nalgas de los niños como herramienta de castigo, ocultan detrás de la vara sus tendencias sodomíticas. Y nuevamente el BDSM moderno le daría la razón: sodomía y spanking van de la mano en todos los gabinetes de las modernas dominatrices expertas en disciplina.
Lo más interesante del estudio de Doppet es que no sólo condenaba el azote como hecho físico. En su libro, fue el primero en advertir que el spanking como castigo colegial iba necesariamente relacionado con la realización de una ceremonia que buscaba avergonzar al castigado, exponiendo ante sus condiscípulos sus nalgas a ser azotadas. A pesar de su fidelidad a una explicación física del placer sexual originado en la flagelación, poco faltó para que Doppet encuentre que en la obligada revelación de lo prohibido, en la exhibición vergonzosa y humillante del nalgas, se encuentra una de las claves del porqué la flagelación es capaz de generar tanta excitación. Casi sin saberlo, Doppet estaba golpeando la puerta del spanking como acting humillante: una de las más comunes experiencias en las sesiones BDSM, en las que los sumisos y sobre todo las sumisas buscan ansiosamente, histéricamente digo yo, que su supuesto sacrificio ocurra en presencia de testigos para satisfacer sus ansias exhibicionistas.
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