sábado, 6 de agosto de 2016

Catsuits de ayer y de hoy


   El catsuit es un must entre los outfits clásicos de la dominación Femdom. No es difícil entender el porqué: el catsuit nos regala a las mujeres fetichistas una gran libertad de movimientos y se siente como un sedoso guante que se ajusta a nosotras. El catsuit se adapta a la forma de mi cuerpo; por eso se dice que no hay dos iguales; cuando me pongo uno, es como una segunda piel que llevo conmigo adondequiera que voy.  

   En España se acostumbra a llamarlo mono y en los países anglosajones se lo conoce también como skintight, skinsuit o bodysuit; todas terminologías técnicas que me resultan muy poco sensuales; a Mí me gusta seguir llamándolo catsuit porque cuando decido ponerme uno, quiero que me transmita el andar felino y el poder de una Tigresa sexual. Como ocurre con las botas altas y con los guantes largos, el catsuit es una prenda que potencia la sexualidad de la mujer que lo viste porque nuestra cultura occidental ha creado una mitología alrededor de su uso.

   En los años sesenta, de la mano del rock and roll, de la liberación femenina y del desarrollo tecnológico de telas expansivas y brillantes, el catsuit representaba a la nueva mujer poderosa que avanzaba sin pedir permiso. Las chicas ajustadas que se subían a las motos o protagonizaban películas de ciencia ficción rompieron para siempre con el molde de las muñecas de porcelana de la década anterior como Audrey Hepburn o Marilyn Monroe. Pero al mismo tiempo, las nuevas femmes fatales jamás resignaron femineidad; ellas fueron la combinación perfecta de poder femenino y sex appeal durante las décadas siguientes en la pantalla y sobre los escenarios inspirando a su vez a millones de seguidoras que lucieron sus catsuits en discotecas, dungeons y alcobas Femdom.

   Así llegamos al siglo XXI. Nunca antes en la historia del cine hubo tantas bellas mujeres vistiendo catsuits gracias a las megaproducciones de Hollywood, muchas de ellas basadas en sagas del mundo del comic. Algunas de ellas se han hecho famosas junto a los personajes que encarnaron como Carrie Ann Moss (Matrix), Kate Beckinsale (Underworld), Angelina Jolie (Tomb Raider), Milla Jovovich (Resident Evil), Sienna Miller (The rise of Cobra), Malin Ackerman (Watchmen), Scarlett Johansson (Iron Man) y siguen las firmas....

   Para una fetichista madura como yo, este panorama visual debería ser una fiesta pero confieso sentirme un tanto decepcionada. Siento que en algún lugar del camino entre los años sesenta y hoy, el catsuit ha perdido mucho de su seducción original. No me siento demasiado atraída por las nuevas heroínas que se van sumando año tras año al ritmo de los estrenos, conformando una colección de bellas chicas superpoderosas en actitudes siempre combativas, expertas en disparar sofisticados armamentos, rodeadas de sangre y violencia, luchando y venciendo a los hombres en terrenos históricamente masculinos de fuerza y poder. Ni siquiera las remakes de viejas perlas fetichistas como Emma Peel en The Avengers o Gatúbela en la última de las Batman han podido escapar a esta tendencia; cuando Uma Thurman o Anne Hathaway visten sus negros catsuits, componen personajes femeninos hermosos, potentes y estilizados pero encuentro en ellas muy poco de aquella pícara sensualidad que hiciera tan famosas a Diana Rigg y a Julie Newmar.   

   En mi memoria, la sensualidad de la mujer va siempre asociada con sus movimientos lentos y acompasados, con la cadencia que lleva el ritmo de las caderas femeninas. Me atrevo a denunciar a los directores de cine que viven absortos ante la demanda insaciable de vértigo, velocidad y efectos especiales cada vez más estremecedores pero al mismo tiempo han olvidado el glamoroso arte seductor de la mujer que camina en catsuit y tacones altos contoneándose con aires felinos y derramando a su paso la miel de una sonrisa. Aunque quizás ya sea tarde para empezar a reclamar por lo que parece pertenecer definitivamente a otra época.

   Que Julie y Diana os lo demanden.




Diana


Julie

lunes, 1 de agosto de 2016

La revista Marquis y el arte de Peter Czernich


   Peter Czernich es uno de los más renombrados fotógrafos fetichistas y eróticos de las últimas décadas. La revista Marquis es la nave insignia de su obra; desde sus páginas, notables modelos como Dita Von Teese, Masuimi o Emily Marilyn empezaron a escalar las cimas de la fama. 
   
   Czernich ingresó en el mundo de la fotografía fetish en 1990 como editor de la revista O, interesándose poco a poco en el tema mientras detectaba y corregía los errores que cometían los fotógrafos. Al poco tiempo, comenzó a fotografiar por su cuenta a su novia, la futura modelo fetish Anette K. Hoy suele decir con mucho humor que lo primero que un novel fotógrafo erótico necesita es una novia bella para poder practicar y aprender. Los primeros tiempos fueron muy difíciles dado que las modelos se negaban a posar con ropa de látex o zapatos muy altos porque no querían ser clasificadas como modelos porno o prostitutas. Hoy sus modelos editan sus propias páginas en Internet y van a los codazos entre ellas para conseguir que él las fotografíe.

   La mejor definición que he leído sobre qué es la belleza fetichista es la de Peter Czernich. La belleza fetish es todo lo que sea ultrafemenino. Me gustan los atributos femeninos exagerados: tetas grandes, piernas largas, pies arqueados en tacones ultraaltos, cinturas de avispa, ropa brillante y muy ajustada, maquillaje extravagante, peinados artísticos, uñas locas. Me gusta el arsenal completo.


   Belleza fetish es todo lo que sea ultrafemenino. La que escribe este blog, opina lo mismo.




Enero



Febrero




Marzo




Abril




Mayo





Junio




Julio




Agosto




Septiembre




Octubre



Noviembre




Diciembre



Fuente

http://www.bedeseme.com/2011/10/peter-w-czernich-issue-13/

http://www2.peterwczernich.com/de/3/


domingo, 17 de julio de 2016

Dadaísmo en el sexo BDSM







   Cien años atrás, el 14 de julio de 1916, el poeta Hugo Ball leyó un manifiesto frente a los asistentes del Café Voltaire de Zurich. La ciudad se había transformado en un hervidero de intelectuales y artistas procedentes de toda Europa, por obra y gracia de la neutralidad suiza en la primera guerra mundial. El movimiento al que Ball daba formalmente inicio había nacido de las reuniones en el propio Café Voltaire y se denominó dadaísmo. Su hermoso y utópico objetivo era hacer tabla rasa con todo convencionalismo artístico y moral. Con su proclamación de que toda obra humana podía ser considerada como arte, precursor del pop art, de los happenings masivos y de los movimientos contraculturales del siglo XX, Dadá cuestionaba el concepto mismo de arte en un intento supremo por liberar la creatividad humana de toda restricción.


   Mientras tanto en Nueva York, Marcel Duchamp, el pintor francés que había huido de la guerra como tantos otros, se había convertido en el referente de otra efervescente movida cultural. En 1917, la Sociedad de Artistas Independientes a la que Duchamp pertenecía, organizó una exposición de arte sin premios ni jurados. Allí Duchamp presentó una obra que lo haría célebre. Firmó un urinario con el pseudónimo R. MUTT y lo envió a la exposición con el título de Fuente. 






   Así fue como Duchamp y su grupo comenzaron a ser conocidos como los dadaístas de Nueva York. Para 1919, Duchamp realizaría su ready made más famoso: los bigotes y la barba sobre la Gioconda, titulada L.H.O.O.C. que significa Elle a chaud du cul (Ella tiene el culo caliente). Así Duchamp dinamitaba el respeto histórico por el arte, por aquello que se exhibe y se estima como arte, usando un procedimiento simbólico para quitarle valor histórico.





   Un siglo después, el BDSM nos encuentra navegando en una corriente de sexualidad Femdom que también explora formas de dinamitar en forma simbólica los valores patriarcales que solemos tener incorporados como propios en nuestra sociedad. Los hombres siempre necesitaron controlar la propia inseguridad de no poder satisfacer sexualmente a la hembra y enfrentados al abismo del temor, no suelen encontrar mejor método que intentar controlar a la misma hembra. La dominación femenina no sólo rompe todo control sino que propone recorrer nuevas  superficies de placer como el cuckolding y la sissificación, que juegan con el tabú de la ruptura de la identidad masculina tal como ha sido vista históricamente. 


   El cuckolding pone en juicio la capacidad del hombre para poseer a su esposa en su doble acepción de ser el único capaz de llevarla hasta el orgasmo y de ser el único autorizado a poseerla como algo propio que jamás puede cederse porque se necesita dormir con la seguridad de que los hijos (los futuros herederos) son de su sangre. Enfrentando estos temores tan ancestrales, la esposa cuckoldress es libre para gozar de los hombres que la atraen incluso en la presencia del marido cornudo; a veces él debe acompañarla en sus correrías haciendo de chofer o criado, limitado a un rol secundario o simplemente observando.


   En el sissismo, el sumiso es vestido de mujer haciendo entrega de la actitud viril que está asociada a la dignidad del varón. Así como la chica cross se dedica a perfeccionarse como mujer sin que haya necesariamente una excitación erótica de por medio, las sissies son sumisos feminizados por una Dómina mujer con un necesario nivel de forzamiento sexual que puede incluir escenas de sodomía, humillación, ridiculización y prostitución forzada. En la petticoat discipline (disciplina en enaguas) la sissy goza y se complace en entregarse para ser usada por la mujer sádica que la domina como mucama o putita, destruyendo en forma ritual toda relación con la clásica imagen masculina.


   En esta semana en que se cumple un siglo de aquel manifiesto de Zurich que dió impulso a todo un movimiento que fue artístico y revolucionario a la vez, quiero afirmar que al celebrar nuestras sesiones, las dominatrices estamos haciendo mucho más que entregarnos al goce sádico de los sentidos. Al estar nuestros rituales tan cargados de simbolismos, nos hemos convertido, quizás sin saberlo, en las modernas dadaístas del sexo. A lo largo de los años, entre orgasmos y risas, hemos transformado a los cuerpos humanos sumisos en orgiásticas obras de arte que encubren sutiles operaciones de desmonte de todos los convencionalismos patriarcales. A cien años del nacimiento de Dadá, creo que Hugo Ball y Marcel Duchamp estarían muy orgullosos de Nosotras.










Imágenes: Bill Ward



domingo, 3 de julio de 2016

Mamie Van Doren


  De las famosas rubias 3M que incendiaron las pantallas en los años cincuenta y sesenta, Monroe (Marilyn), Mansfield (Jayne) y Mamie, no cabe duda que la primera fue la más famosa pero la última fue por lejos la más sexual, la más pecaminosa y prohibida.

   Nacida en 1931 como Joan Lucille Olander en Dakota del Sur, Mamie ya estaba instalada en Los Angeles para 1942. Elegida Miss Palm Springs en 1948, Mamie firmó en 1953 su primer contrato con Universal Studios y se convertiría en la bad girl por excelencia, una versión platinada de pinup a la Bettie Page capaz de erotizar a hombres y mujeres por igual. En Untamed youth, se consagró como la primera mujer en cantar una canción con ritmo de rock and roll en el cine. Esta es su primera aparición en mi Magazine pero prometo que no será la última. Para mi calendario de julio, Mamie Van Doren.




Enero





Febrero




Marzo




Abril




Mayo





Junio




Julio




Agosto




Septiembre




Octubre





Noviembre



Diciembre

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