La palabra fetiche en el sexo permanece como un tabú
con connotaciones negativas, particularmente entre las mujeres. Si un hombre
que conocemos se define como fetichista, es muy posible que le adjudiquemos una
mirada negativa, asociada a obsesivo, perverso, maníaco sexual. Pero remitirse
a la verdadera definición de fetiche, un objeto mágico, nos devuelve a las
primeras civilizaciones humanas, cuando los primitivos rezaban a fuerzas de la
naturaleza, construían ídolos a los que adoraban y llevaban amuletos buscando
inmunidad frente a enfermedades, implorando por lluvia o buscando fertilidad. Las
prendas fetichistas de hoy se relacionan íntimamente con aquello: son sensuales
amuletos mágicos que nos conectan con antiguos rituales de sexo, rituales en
donde la mujer era adorada como una diosa porque era dadora de vida.
Una de las sombras que siempre ha revoloteado sobre la
dominación femenina es su marcado carácter fetichista, el fuerte contenido de
imagen asociado a la misma. La prenda fetichista sobre el cuerpo de la mujer es
profundamente transformativa: desde lo visual y también desde lo psicológico y
cultural, acelera el deseo del hombre a someterse a ella. Muchas dominantes se
quejan de la moda fetichista porque sienten que es un boomerang que se ha
vuelto contra ellas pero nadie puede negar que más que víctimas somos las
victimarias que llevamos la seducción del fetiche al extremo para ganar en el
juego erótico y obtener de los sumisos todo lo que queremos.
Si el reconocimiento público de nuestra sexualidad es
una conquista de las mujeres del siglo XX, la dómina profesional fetichista tiene
una historia mucho más antigua, con mucho camino recorrido en gabinetes y
prostíbulos especializados. Es la fantasía masculina la que creó la dominatriz
profesional con el atuendo fetichista, mucho antes que se hablara del orgasmo
femenino. Cuando el fetiche salió del closet, a algunas de nosotras nos gustó y
lo usamos con gusto y placer. Leímos los conceptos del BDSM. Nos incorporamos a
la corriente del leather, que era patrimonio exclusivo de los gays. Redescubrimos
a Masoch y a Sade. Miramos con curiosidad pornografía de dominación femenina. Nos
excitamos con las provocaciones de Madonna. Así llegamos hasta hoy, siglo XXI. Pero
sabemos muy bien que muy al principio, los arquitectos diseñadores fueron
ellos, los sumisos y sus fantasías de ser esclavizados. Ellos inventaron a la
dominatriz. Por eso es que el Manual Mitológico de la Dómina, tan uniformador y
estereotipado, sigue funcionando y se impone cada vez más. Porque complace por
igual a las dos partes del juego.
Dicen que el asesino
serial siempre pone la firma en su obra. Es como una compulsión. La firma que
lo delata está en los detalles que no son necesarios para la
realización del crimen. Sea por nuestra propia voluntad o por mera
conveniencia, las dominatrices somos las mujeres que llevamos el fetiche
como firma. Podríamos alcanzar el orgasmo desnudas o vistiendo cualquier
atuendo. Pero en el mundo del sexo, somos las asesinas seriales y nuestros clásicos
fetiches son la firma que nos delata ante el resto de la sociedad. El
fetiche es la firma de nuestro sexo. Como los primitivos seres
humanos, Nosotras y nuestros adoradores recreamos la magia a través del uso de
los fetiches. Nosotras lo hacemos así.
Entradas relacionadas: