domingo, 1 de noviembre de 2026

Me ruega siempre lo mismo

 



   Mi arribo a las costas de la dominación femenina se produjo por una acumulación de experiencias. Desde mis inicios sexuales en la adolescencia, fui colonizando toda clase de territorios de placer lo que me permitió a la vez ir tachando de mi repertorio todas aquellas experiencias a las que notaba desabridas o simplemente desagradables. Lo que atravesó el filtro fue la dominatriz que aún no tenía nombre, ni siquiera yo misma sabía que lo era. Si bien era plenamente consciente que el cuerpo femenino es fetichizable en casi todas sus partes y que jugar con esa fetichización nos otorga a las mujeres un poder inmenso, no calibraba plenamente todas las perspectivas y las posibilidades que se me abrían si me definía como Dómina. Hasta que un día conocí a alguien muy carente de experiencia y con una pesada mochila de fracasos sobre su espalda, a quien sus fantasías al estilo Sacher - Masoch no le habían dejado demasiadas opciones en los campos de batalla del amor; alguien que al conocerme entre las sábanas por primera vez, me aseguró, sin dudar: te amo, quiero casarme con vos, quiero ser tu esclavo.

   Más de un cuarto de siglo después y ya con una familia formada, me sigue sorprendiendo su vocación, casi diría su devoción o quizás su necesidad? por el sexo aderezado con vestimentas fetichistas y actitudes de adoración y sometimiento. Muchas mañanas, mientras guardo en mi vestidor las fustas, los guantes, los nylones y los tacones protagonistas de la batalla de la noche anterior, me he preguntado...No se aburren los hombres sumisos de pedirnos siempre lo mismo? Como puede un hombre ya maduro excitarse con los mismos fetiches, recordando las mismas orgías y pidiendo que me vista con los mismos accesorios noche tras noche, durante años, años y más años? Las enemigas de la objetivación femenina sostienen que un fetichista sumiso va a exigir cada vez más niveles de fetichización hasta llegar a un agotamiento.  Mi conclusión es la opuesta: ellos quieren vernos bellas y sexies a su manera, que es siempre la misma, y así nos adoran de noche y se someten mansamente durante el día.

   Italo Calvino en su ensayo Porqué leer los clásicos, se atreve con una definición que explica a la perfección el porqué de mi inquietud. Según Calvino un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir. Señala también que un libro (o un film o una música) universalmente reconocido como un clásico, provoca siempre una sensación de redescubrimiento: que aunque lo estemos leyendo o contemplando por primera vez, lo que estamos mirando ya habitaba en nuestra consciencia de manera clandestina, subterránea, a través de experiencias y fantasías que habitaban nuestro inconsciente. Un clásico no es un monumento de mármol ni una pieza de museo; es un hecho estético, un objeto vivo que posee la extraña virtud de adornar nuestro presente con su brillo venido desde otros tiempos. Envejecen con nosotros, por así decirlo; con una complicidad hecha de años, experiencias y momentos de reflexión. Calvino define el placer de los niños que escuchan fascinados los mismos cuentos infantiles gracias a su ansiosa espera de que se repita siempre la misma magia; las situaciones, las frases, las escenas. La misma fórmula una y otra vez. Así son los sumisos en el sexo.

  Otra de las tesis de Calvino sobre los clásicos es que absorben situaciones y escenas que son clichés y los elevan a la categoría de arquetipo universal. La dominatriz fetichizada que apenas muestra piel es uno de los estereotipos sexuales femeninos por excelencia, casi tan fuerte como la clásica imagen sumisa de la mujer desnuda dispuesta al sexo. Ambas son clásicos del sexo pero a los sumisos sólo les conmueve el alma una de las dos.

   Nuestra era digital de la tercera década de este siglo parece sometida a una dictadura de la novedad perpetua, una fábrica de crear contenidos instagrameables y tiktokeables para el consumo y el placer efímeros. En cambio la dominación femenina fetichista nos propone un regreso perpetuo a un clásico atemporal, siempre adornado con cuero, botas de taco, vinilo y fustas. Más de lo mismo, y cuanto más, mejor.

 




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