viernes, 29 de noviembre de 2013

La sombra de O

   Como corolario de la columna que hace unos meses publiqué en mi página, redactada por Vicente Battista, sobre las Cincuenta sombras de Grey, hoy quiero compartir estas reflexiones de Verónica Chiaravalli, que arriesga un paralelismo entre dicha novela y la legendaria Historia de O.

   Una lectura de Grey a la sombra de O


   La serie de novelas sobre la pasión de la joven Anastasia Steele y el millonario Christian Grey (Cincuenta sombras de GreyCincuenta sombras más oscurasCincuenta sombras liberadas , títulos que, desde su publicación encabezan listas de best sellers en el mundo) propicia la evocación de un texto paradigmático de la literatura erótica del siglo XX, firmado por Pauline RéageHistoria de O. Su heroína es un antecedente trágico del personaje de Anastasia, y condensa todos los peligros que E. L. James, autora de Grey, evita a sus lectores. Como la de Anastasia, la parábola de O también consiste en un viaje de iniciación en el terreno de una sexualidad desconocida, de la mano del hombre que ama. Pero así como en el viaje del cuerpo hacia la sumisión absoluta implica una puesta en abismo del alma, en Grey el juego de amo y esclava que propone la trama se reduce a la anécdota erótica, más o menos picante. En ambos casos la relación de dominio y sumisión se organiza en torno al consentimiento, pero sólo muestra el problema de la aquiescencia en su dimensión metafísica. Mientras que Anastasia, antes de iniciar la relación con Grey, considera un contrato con cláusulas que puede discutir, a O se le exige que consienta por anticipado todo lo que va a ocurrirle, sin conocerlo. Lo que se le pide, en definitiva, es un acto de fe movido por el amor ("y amándolo como lo amaba, ella no podía sino amar todo aquello que viniese de él"). Anastasia, contrato de por medio, adquiere, no digamos una mercancía, pero sí un objeto: una relación novedosa y excitante que puede dar por terminada al cabo del período de prueba estipulado. O, en cambio, enfrenta un destino. Y con el destino no se negocia: se lo acepta o no, y cualquiera sea la decisión, se paga el precio. 

   El lector de Grey se convierte así en el espectador de un juego sin consecuencias. Pero detrás de la silueta fresca de Anastasia, acecha la sombra terrible de O, el cuerpo de la mujer sagrada, que ha dejado de ser humano. La naturaleza verdaderamente mortífera del juego, que en Grey se oculta, es llevada en hasta su extremo, destructivo o redentor, según lo que cada quien crea que trae la muerte. Sin velos protectores, O arranca al lector de la pasividad voyeurística que Grey le consiente, y lo obliga a interpelar los fundamentos de su vida individual y social al poner en cuestión las fuentes de la autoridad y la justicia, la legitimidad de sus ejecutores, la razonabilidad de las normas que nos regulan. Y sobre todo, la inocencia del amor. Dice Jean Paulhan en el prólogo de O: "La palabra amor y la palabra libertad se contradicen. El amor es depender -y no sólo para el placer, para la existencia misma y para las ganas mismas de existir- de una y mil cosas extrañas: de unos labios, de un hombro, de unos ojos, en definitiva, de todo un cuerpo ajeno, con el espíritu o el alma que lo habite, de un cuerpo que, a cada instante, puede hacerse más deslumbrante que el sol o más helado que una llanura nevada".

Verónica Chiaravalli,




jueves, 21 de noviembre de 2013

El Lido y la gran fiesta femenina








   Para millones de personas en todo el mundo, el Lido de París simboliza el placer de vivir noches refulgentes y espectáculos maravillosos. Casi que es un sinónimo de todo aquello que hace de París la ciudad sensual por excelencia. Ha sido definido, durante décadas, como el espectáculo nocturno más vistoso del mundo. Las razones no son difíciles de entender: belleza femenina, atavíos deslumbrantes, originalidad en las puestas de escena, gracia y precisión en sus coreografías. 

   El Lido fue fundado en 1947, en esa Europa que intentaba levantarse por sobre las cenizas de la Segunda Guerra Mundial. Si bien es heredero de la gran tradición del cabaret francés, no guarda una historia comparable a la del Moulin Rouge o el Folies Bergere. Su alma mater, Pierre Louis Guerin afirmó una vez "Aposté en cierta ocasión a que yo era capaz de ofrecer el espectáculo más caro del mundo al precio más bajo del mundo. Y gané la apuesta". Guerin siempre contaba que a los 20 años, pudo ver en escena a la célebre Mistinguette, la primera vedette del varieté francés y quedó electrizado por su gracia, su belleza y la sensualidad del atavío de plumas y joyas con que se adornaba. Así abandonó su primera vocación de estudiar medicina e ingresó al Conservatorio de Música de París para aprender violoncello pero con la secreta aspiración de ingresar al gran mundo del espectáculo.

   Guerin adquirió el Lido cuando éste era un establecimiento de baños turcos que tomaba su nombre de su por entonces deteriorado y envejecido decorado veneciano. El supo que la solución para revitalizar la decaída escena nocturna parisina, por entonces en decadencia, era hacer las cosas a lo grande. Nombró como director a René Fraday, que había alcanzado notoriedad por haber montado fastuosos espectáculos en los Estados Unidos. Dieron su primera función en junio de 1947, una revista titulada Made in Paris.  En una entrevista concedida y publicada por el Reader's Digest en julio de 1970, Fraday dijo "Nuestro sistema es muy sencillo. Concebimos algo que parezca imposible de hacer..y eso es lo que hacemos". 

   Pero Guerin y Fraday fueron reconocidos por algo más que sus hazañas técnicas para montar revistas con grandiosas coreografías: para ellos era fundamental que el gran público pudiera presenciarlas a un precio razonable. Y allí también supieron triunfar contra todos los pronósticos agoreros. Ellos adivinaron que un mundo entero que salía de la pesadilla de la guerra (tanto hombres como mujeres) necesitaba del Lido. No quizás del Lido propiamente dicho pero sí de lo que el Lido iba a significar como concepto. Fraday y Guerin apostaron grandes sumas a lo imposible pero su imposible estaba aderezado con una alta dosis de conocimiento y sentido común, que puede resumirse en una sola frase. La belleza y gracia femeninas elevadas al cenit del glamour son las llaves que abren la puerta del éxito en cualquier emprendimiento que tenga que ver con la noche y el sexo. Porque pese al eterno discurso mediocre que relativiza el poder del atractivo sexual frente a otros valores femeninos supuestamente superiores (o peor aún, lo niega en nombre de una supuesta liberación), ellos, como todos los que han recorrido algo de mundo y han sabido observarlo, supieron que la gran noche es y será por naturaleza el dominio por excelencia de las damas bellas y de aquellos hábiles tramoyistas que en silencio y al costado de los focos, se consagran a exaltarlas. Su mérito indiscutible fue haber sido eficaces y precisos a la hora de diseñar lujosos escenarios y los más suntuosos atuendos para lucir a sus vedettes, las célebres Bluebell Girls, elegidas de entre las mejores y más hermosas bailarinas. 


   Muchas veces se ha acusado a la revista de ser un género frívolo, de escaso nivel artístico y que suele degenerar en bajas pasiones y denigración de la mujer. Pero para Pierre Louis Guerin y para muchos otros que piensan y actúan como él lo hizo al crear el Lido, una revista lujosa no se trata sólo de un show  banal y frívolo sino que es una propuesta que tiene mucho de dignidad y nobleza. Un espectáculo esplendoroso y sexy  le brinda a muchos hombres y mujeres de todas las clases la posibilidad de escapar de una realidad, muchas veces gris y desagradable y gozar, aunque sea por un par de horas, de un mundo pleno de refinamiento y fantasía. Un mundo más feliz y  más hermoso, como el que los fetichistas solemos recrear en nuestras paganas celebraciones Femdom.  Estoy segura que si Pierre Louis hubiera sido sumiso, nos hubiéramos llevado muy bien.  










jueves, 14 de noviembre de 2013

Las Señoras y la caja de Pandora








   Potencialmente, la palabra puta es como una caja de Pandora. En lo que hace a su fonética, me encanta escucharla de parte de mis enemigos porque sé que me lo he ganado en buena ley. Pretendo, casi con un ciento por ciento de éxito, que muchos me identifiquen con esa puta que les quedó pendiente en su vida, esa perra inalcanzable, inaccesible.

   Lo divertido del caso es que en mis encuentros con partenaires sexuales en los que realmente soy puta (o por lo menos, me muestro como tal), me gusta que se refieran a mí como dama o señora. Y para aquellos que me ven como una señora casada con familia pero a la vez tejen sospechas sobre mi sexualidad, ahí sí me gusta referirme a mí misma como puta. Para mi cornudo esclavo marido, soy la más puta de las señoras en la sociedad y la más señora de las putas en nuestro dormitorio. Cuando tengo sexo o sesiono a una chica crossdresser o travesti, me gusta tratarla de señorita puta o de putita. Con un sumiso al que reconozco como hetero, me gusta abordarlo por detrás y tratarlo de puta con un claro mensaje humillatorio. A algunas mujeres, suelo encenderlas cuando las trato de putas, las libero de tabúes y les despierto sus reprimidas feromonas. Pero en todos los casos, la palabra puta es un premio, hay que ganárselo, no se lo merece fácilmente.

   Mi habitualmente citada Niní (a.k.a sobrelafalda) expuso una vez en un debate de Círculo BDSM que lo que en nuestro castellano solemos catalogar como malas palabras son en realidad aquellas vinculadas a lo genital, a aquello que por pudor suele mantenerse oculto y sale a la luz de una forma no sexual, deliberadamente chocante y despectiva.  Con el tiempo, el uso común ha ido mutando el significado y hoy decir hijo de puta apunta más a un carácter negativo que a una condición social. Hasta suele verse como un elogio, un sinónimo de picardía e ingenio cuando en realidad; la historia de la palabra tiene que ver con la bastardía, con la condición de hijo ilegítimo, de no pertenecer legalmente a la línea patrilineal con las correspondientes dificultades para heredar y para ser reconocido en sociedad.

   Usamos puta para describir tanto a la mujer que vende su sexo a cambio de dinero o favores como a la mujer cuyo gusto por el sexo  le hace rechazar una relación convencional monogámica. En tiempos no tan lejanos, esta última era una  ninfómana o tenía la fiebre uterina: definiciones urticantes para reconocer como enfermedad al deseo sexual femenino que escapaba de lo establecido. En ambos casos, sea prostituta o ninfómana, esa mujer no tenía valor matrimonial porque nunca el hombre que se casara con ella iba a poder estar seguro de que su descendencia iba a ser suya.

   El idioma inglés en cambio tiene un vocabulario sexual mucho mas interesante. Whore o hooker describe a las trabajadoras sexuales mientras que bitch lo hace con aquellas que descaradamente obtienen ventajas a partir de su sexo y slut se refiere ya a la cuestión candente del deseo femenino. Una prostituta lo hace por dinero, porque le conviene, no por el gusto. La moral de la prostituta que piensa así resulta ser la misma que la de las llamadas mujeres decentes. Por eso, la prostituta nunca fue una amenaza para la sociedad mientras estuviera restringida a ciertos barrios y a ciertas zonas porque se sabe lo que es y sobre todo, lo que representa. Ellas lo hacen por la paga, no por el deseo.

   El sexo por amor a la pareja constituida (fundamentalmente reproductivo) o el sexo por conveniencia; he aquí las opciones posibles. El problema insoluble aparece con la slutty girl que lo hace por el placer, indiscriminadamente. El deseo sexual femenino tiene entonces la capacidad de desatar una verdadera catástrofe social porque puede llegar a poner en duda la capacidad del hombre para satisfacer sexualmente a una mujer. Aún en círculos supuestamente más liberales como el swinger, el deseo femenino aparece presentado de una forma correcta y previsible. El protagonismo femenino en el intercambio de parejas suele limitarse a un preludio lésbico para excitar a los hombres que serán los verdaderos protagonistas del  sexo cruzado. Pero una orgía lésbica o  un gang bang - bukkake (en donde una mujer goza sexualmente de la ofrenda sexual de varios hombres) le ofrece a ella la oportunidad de gozar del sexo sin límites. El BDSM también refleja ingenuamente esos prejuicios. La conducta libertina es promovida y aplaudida pero sólo en sumisas porque el libertinaje femenino debe depender en última instancia de la voluntad de un hombre.

    A las Dóminas en cambio, nos enseñan que debemos saber conservar cierta dignidad. Me han señalado muchas veces la supuesta contradicción entre mi carácter de Dómina y mi gusto por el sexo al estilo slutty. Se supone que una  dómina no debe ser sinónino de sexo, que una dómina se debe hacer valer, que debe poner cierta distancia entre ella y la carne sexual. Pero resulta que Yo me defino como Dómina no debido a la gracia y entrega de un sumiso sino por mi absoluta libertad para cumplir con mis deseos y ejecutarlos sin rastros de pudores ni éticas ajenas. Por lo tanto, no me siento alcanzada por aquellas sentencias y por supuesto, disfruto violándolas. Mi poder no es fruto de una cesión consensuada; es el poder de la Pompadour y de Wanda, de Marlene y de Mesalina. El temible y omnipotente poder de Isis y Afrodita. El poder que disfrutamos las señoras que elegimos divertirnos con el sexo, las que abrimos la caja de Pandora: señoras  sensuales, femeninas y muy putas.



Joan Collins en The Bitch

lunes, 11 de noviembre de 2013

Amazonas Femdom

 
   La Fuerza, Belleza y Presencia de los caballos han tenido brutal influencia en las horas decisivas de la historia de la humanidad. En escudos, en la heráldica, hasta en la misma roja máquina automovilística célebre por estar entre las más veloces, está brillando, rampante. Lealtad, vigor y grandeza. Los fetiches relacionados con el ponyplay son una de mis debilidades. Soy Escorpio en la astrología, Tigresa Blanca en la vida y Caballo de madera en el horóscopo chino (las malas lenguas dicen que siempre fui un caballo de Troya).
  
    La salvaje y amazónica relación de las Mujeres con los equinos es lo que Me moviliza en este noviembre. Busquen su Diva y su potro, su corcel y su princesa, su yegua y su Domadora. 
Dedicado a mi querida Wild Kingdom (Savage) y su amor tanto equino como lésbico.



Enero. Nicole Kidman


Febrero. Dita Von Teese



Marzo. Lady Gaga


Abril. Grace Kelly


Mayo. Catherine Zeta Jones



Junio. Linda Carter



Julio. Angelina Jolie


Agosto. Christina Aguilera


Septiembre. Madonna


Octubre. Farrah Fawcett


Noviembre. Elizabeth Taylor.


Diciembre. Marilyn Monroe


domingo, 3 de noviembre de 2013

Una mujer normal




   Normal,  qué palabra tan  desagradable!

  Normal es lo que reglamenta. Lo que nivela. Lo que iguala. Desafortunadamente esta entrada se trata de eso. Haré todo mi esfuerzo para sobrellevar la monótona tarea de definir al varón crossdresser normal, desligándome lo máximo posible de mis propios prejuicios.

  Y a qué vengo con esto? A que busco investigar sobre esa temible simetría, esa demoledora similitud, ese acerado y aparentemente indestructible estereotipo que recorre las cabezas de los varones que encuentran el placer cuando se visten con la secreta intención de parecerse lo más posible a una mujer. Qué  mujer es la elegida como muestra? Cual es la mujer normal?

   Cuando ellos se visten de mujer, qué es eso que definen como la mujer? Dicen excitarse con las sensaciones que les despierta la femineidad pero qué cosa es ser femenina? Porqué será que les gusta tanto la parafernalia de la lencería, el maquillaje y los zapatos cuando tantas mujeres contemporáneas supuestamente normales la ignoran o directamente la rechazan?

   Tengo contacto con chicas crossdressers de muchos rincones del mundo. Algunas en español, otras en inglés. Las leo. Sé que son millones, pero  la mayoría tienen un ideal de mujer, quizás inalcanzable y elusivo y por esa misma razón tan deseado. Un prototipo de mujer a la cual hoy voy a definir en un científico identikit de la mujer normal a la que ellos desean parecerse. O la que ellos desearían ser

   Aquí está mi chica crossdresser modelo bajo la lupa de mi laboratorio. A primera vista desde arriba, sobresale y encandila la rubia platinada, la pelirroja  fogosa o la morocha azabache. Muchas son naturales, otras en cambio son más artificiosas que artificiales. Bien, parece que el impacto de una melena brillante y definida  es algo así como la puerta que nos permite acceder al castillo encantado de la princesa

   Pero sigamos. Qué vemos? Unos faroles ocultos con pantallas de mariposa. Son unos ojos decorados con sobredosis de largas pestañas postizas rebosantes de rimmel y sombras de colores fríos, violetas y azules en los párpados, en contrapunto con una ardiente pupila de ansiedad.  El uso del lápiz delineador negro realza una mirada inquietante. Qué buen pulso para delinear. Aprobada con todos los honores.

   Y entonces que observo en las cercanías de la mirada coquetona? Unos labios de fresa, invitadores, sensuales, glosseando con la natura perversa de una boca que parece más ansiosa por devorar  que de dar un tímido besito. Confieso que empiezo a excitarme. Bajo mi lupa, recorriendo mejillas rebosantes de rubor y aros de largos pendientes, alcanzo a un cuello importante, que se destaca revestido con una gargantilla que parece tener todas las perlitas del mundo y un pañuelo sujetado por un broche a lo Chanel, que hubiera provocado el asombro de la mismísima Cocó....

   Aún no sé lo que piensa. No veo sus arrugas, ni sus manos laboriosas, con huellas de uso de herramientas de taller o de volante de camión,dónde están? Claro, pero si las ha enfundado en guantes de raso. Y no conforme con su enguantada sutileza, ha ocultado femeninamente sus antebrazos luciendo operagloves hasta el codo y realzándolos con un brazalete. Lleva anillos sobre los dedos enguantados. Maldita sea mi vista microscópica, no puedo siquiera divisar los rastros de los codos de un macho trabajador. La acaricio, me dejo envolver por la suavidad. El tintineo de sus pulseras cuando responde a mis caricias me saca de mi ensoñación y me devuelve a la responsabilidad de mi investigación.

    Paso a esa cinturona que parece encorsetada en acero, tan adorable a la vista. La presión en los sitios correctos dibuja, insinúa, una cintura en un cuerpo que no fue preparado para semejante lujuria de curvas. Un look super ochentoso y potente. Un cinturón ancho remata esa zona antes llana, hoy plena de valles para recorrer.

   Ahora quito la lupa, pues a simple vista veo esas piernas largas, divertidamente cruzadas y encimadas una sobre la otra. Los muslos me invitan. La brillante y vistosa minifalda los deja al descubierto casi con impudicia. Medias de red brillantes, que no se conforman con ser tales sino que se exhiben junto a los ganchos del portaligas. Admito envidiar esta imagen, tan adorable y tan cabaretera. Busco una silla donde sentarme, pues creo voy a ver lo que más me gusta. Y sí, es lo que busco con esta pericia. Las botas de taco alto. Qué poderosas! En su cruce de piernas, ella realza la altura de los tacones y también de la caña, que oculta con sabia intención unas varoniles rodillas acostumbradas a masculinas jornadas deportivas de sábado a la tarde pero que ahora parecen tan lejanas.

    Pero no culmina en este punto mi labor (a pesar de que ya para una mujer normal lo mío es más que explícito). Vuelvo a la zona de la cintura, acaricio debajo de la minifalda y registro hasta encontrar un miembro, que algunos investigadores poco avezados llaman pene, pero que otros más conocedores denominan cockette sissy clit. Está dentro de un culotte sedoso, oculto bajo tanta suavidad. Me cuesta encontrarlo. Cuando finalmente lo hallo, lo acaricio. Ella  ronronea suavemente. Mi mano no está, como la de mi modelo, enguantada pero mis largas uñas parecen tener un efecto mágico. La miro a los ojos. Por debajo de las mariposadas pestañas, sus ojos brillan con deseo. La boca refulgente de gloss me dibuja una sonrisa perversa

   Quito mis elementos de observatorio, dejo a esta mujer normal desplegada en mi mesa y corro a buscar mi arnés y mi dildo bien calzado. Ella es normal. La rara soy Yo.  



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