El film sueco Soy
Curiosa de Vilgot Sjöman es uno de esos documentales sobre sexo y sociedad que
fueron en su momento revolucionarios y controvertidos y que hoy apenas
despertarían sonrisas. Nos cuenta la historia de Lena, una
insistente y rebelde joven y su cruzada personal por entender la condiciones
sociales y políticas en Suecia en los años sesenta, así como su determinación
de explorar su propia identidad sexual. Me detengo en una escena que me parece
brillante por su don de síntesis: Lena pregunta
acerca de la diferencia de clases sociales en Suecia, si la sociedad
sueca es clasista o no y uno de los entrevistados responde: si estamos
desnudos no hay diferencias de clase pero ponle ropa a la gente y ya tienes una
sociedad clasista.
La lucidez con que aquel sueco anónimo definió las relaciones de poder a través de la ropa tiene un aire familiar con la frase más actual de Ru Paul. Nacemos desnudos: todo lo demas es drag. Nada más habitual en las sesiones sexuales de dominación femenina que la dominadora esté fetichizada, draggeada, mientras el sumiso yace desnudo, sin atractivos y vulnerable. El CFNM (clothed female naked male) define por sí mismo quien manda y quien obedece. A través de la vestimenta (o de la ausencia de la misma) definimos culturalmente quien es quien y cual es el rol de cada uno.
En la fantasía Femdom, el look de la dominatriz la convierte en una diosa sexy, qué duda cabe, pero además cumple con lo que los sumisos y las sumisas esperan de una mujer dominante. Es una relación simbiótica de complementos. Con el fetiche te estimulo, con el fetiche me adorás, fetiche es lo que esperás. Entonces fetiche te doy y obtengo lo que yo quiero; el poder de dominarte. La mayoría de las mujeres que se ponen bellas para seducir o simplemente para verse más atractivas no se definen como fetichistas pero manejan el mismo concepto. No hace falta meterse en el BDSM para constatar algo tan obvio.
El fetiche es un poderoso constructor de fantasías antiigualitarias y placeres sensoriales pero en su faz más oculta es también un modo particular de relacionarse en el sexo y hasta es capaz de generar toda una cosmovisión estética de la vida y de la sociedad. Las vestimentas y actitudes, los objetos del fetiche, ya no se usan solamente para excitar los sentidos sino que son resignificados desde una cultura que organiza el sexo en términos de quien manda y quien obedece. Donde muchas personas no iniciadas sólo ven ropas raras, los cultores del fetiche distinguen claramente mágicas construcciones de poder y formas exquisitas de gozar.
La explosión del fetichismo en revistas sado, videos y posteriormente Internet le ha agregado una dimensión histórica a los fetiches. Cuando Serena Williams se presentó a jugar en Roland Garros con un catsuit negro, fue inútil que explicara una y otra vez que necesitaba una prenda que sostuviera con firmeza su vientre dado que recientemente había dado a luz. Los comentarios hablaban de que el sadomasoquismo había invadido al tradicional deporte blanco. Para todo el mundo, lo que Serena llevaba puesto era un fetiche sado. Así lo determina históricamente nuestra cultura.
Pero entonces qué cosa es el fetiche? Como definirlo? Que parte le corresponde a lo visual, que parte a las texturas suaves femeninas, a lo simbólico, a lo histórico, a lo mágico, a los juegos de poder en el sexo? El fetiche Femdom es todas esas cosas a la vez y allí reside su gracia. Cualquier intento por desunir algunos de esos eslabones para analizarlos por separado tendría el mismo efecto que una autopsia que mataría al organismo entero. El fetiche Femdom es un todo que trasciende ampliamente a la suma de elementos que lo forman. Analizar un par de botas o un par de guantes largos de latex negro e intentar establecer una conexión con la libido de las Amas o los sumisos sin incorporar el resto de los elementos que constituyen la escena del sexo y, lo más importante, sin tomar en cuenta la historia sexofetichista y el anclaje que esas prendas tienen en la psiquis sexual de la cultura libertina occidental, es un camino directo a la incomprensión. Porque si la pasión fetichista fuera simplemente una satisfacción a través del objeto sin otra conexión con el resto del universo simbólico del sexo, ocurriría en algún momento una saturación y el placer decaería. Pero ocurre lo contrario: para la tribu fetichista cuanto más haya de lo mismo, más es siempre mejor.


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