miércoles, 18 de marzo de 2026

Fanny Hill. La iniciación lésbica de Fanny

 





   Fanny Hill es considerada uno de los clásicos de la literatura erótica universal y durante dos siglos sufrió no sólo censura y prohibición por inmoral, sino juicios y condenas al autor y al editor. Todavía en 1960 se quemaron ejemplares en Inglaterra y en España no conoció la luz en forma oficial hasta 1977.  

   Nacido en Londres en 1710 y fallecido en 1789, John Cleland fue diplomático además de escritor y su carrera le condujo, entre otros lugares, a Esmirna y Bombay. Autor de varias novelas y obras de teatro, se dedicó también a la filología inglesa y, con diferentes pseudónimos, al periodismo. Aunque durante mucho tiempo se sostuvo que Cleland escribió Fanny Hill en la cárcel, donde estuvo recluido por deudas, al parecer en la prisión sólo pulió un texto ya escrito en 1730, cuyo título oficial es Memoirs of a woman of pleasure.

   El libro está escrito en forma epistolar, como una serie de cartas que Fanny Hill escribe a una mujer desconocida. Frances "Fanny" Hill es una joven con una educación muy rudimentaria que vive en un pequeño pueblo cerca de Liverpool. Al poco de cumplir los quince años sus padres mueren. Viaja a Londres y después de una serie de vicisitudes, Fanny conoce a Miss Brown, quien le da alojamiento a cambio de servicios sexuales pero debe compartir cuarto con Phoebe, otra prostituta que la inicia en las delicias del amor lésbico y le enseña el arte de satisfacer a los hombres. Desde ese momento, su vida como pupila en distintos burdeles y como amante de varios hombres le permite mejorar su estatus social y disfrutar al máximo del placer del sexo. Este es el relato de su iniciación.

   Después de la cena, la señorita Phoebe me acompañó a la recámara, mostrando cierta renuencia a que me desvistiera y me quedara en camisón en su presencia, por lo que, una vez retirada la doncella, se me acercó y, empezando por desprenderme el pañuelo y el vestido, pronto me instó a que continuara desnudándome. Sin dejar de sonrojarme al verme en paños menores, corrí a guarecerme bajo la ropa de cama, a salvo de sus miradas. Phoebe rió, y no tardó mucho en acomodarse a mi lado. Contaba unos veinticinco años, según sus dudosas cuentas; pero aparentaba haber olvidado por lo menos otros diez, aún tomando en cuenta los estragos que una larga trayectoria de manoseo y de aguas turbulentas debieron haber hecho en su constitución. Ya había llegado, sin pensarlo, a esa etapa de envejecimiento en la cual las mujeres de su profesión reducen a pensar en lucirse en compañía, más que ver a sus amistades.

   Apenas se había recostado junto a mí la preciosa sustituta de mi señora, cuando ella, que jamás perdía su compostura frente a cualquier situación de liviandad, se volteó y me abrazó, besándome con gran entusiasmo. Esto era nuevo, esto era raro: atribuyéndolo a la más pura bondad y sospechando que tal vez ésta pudiera ser la costumbre londinense de expresar los sentimientos, determiné no quedarme a la zaga, y le devolví su beso y su abrazo con todo el fervor que la perfecta inocencia sabe poner en ello.

   Alentada por aquello, sus manos adquirieron gran soltura y vagaron libremente por todo mi cuerpo, palpando, presionando, abrazándome, despertando en mí más ardor y sorpresa, lo novedoso de tales maniobras, que sobresalta o alarma.

   Los elogios que entremezclaba con esas incursiones también contribuyeron, en no poca medida, a sobornar mi pasividad. Ignorante de todo mal, no le temía, y menos aún de quien había disipado toda duda de su feminidad al conducir mis manos hacia un par de senos con gran soltura, cuyo tamaño y volumen atestiguaban la distinción más que suficiente de su sexo. Fue suficiente para mí, al menos, que jamás había empleado otra norma de comparación...

   Yacía yo completamente dócil y pasiva, y como ella lo deseaba, sin que su audacia despertara en mí más emociones que un placer extraño y hasta entonces desconocido. Nada escapaba a las licenciosas manipulaciones de sus manos, que como un fuego ondulante recorrían todo mi cuerpo, descongelando toda frialdad a su paso.

   Mis senos, si así se pudieran llamar entonces dos duras y firmes elevaciones que apenas empezaban a proyectarse y a producir significado alguno al tacto, dieron a sus manos empleo y solaz durante un buen rato, hasta que, deslizándose a regiones más inferiores, siguieron una ruta tersa y llana hasta sentir el satinado esbozo, que apenas unos meses antes había empezado a poblar esos montes, prometiendo extender un generoso abrigo sobre el lugar de la más exquisita de las sensaciones, que hasta entonces había sido el asiento de la más insensible inocencia. Sus dedos jugueteaban, ávidos de enredarse en los tiernos hilillos de aquel musgo que la naturaleza ha destinado tanto a utilizar como a ornato.

   Pero no contenta con esos parajes exteriores, enfila ahora hacia la fuente principal, empezando por tímidas fintas, siguiendo con insinuaciones, y terminando por introducir con firmeza un dígito en el vaso mismo. Lo hizo en forma tal que si no hubiese procedido por insensibles graduaciones que me inflamaron más allá del poder de mi modestia para oponer resistencia de su avance, yo habría abandonado violentamente el lecho, pidiendo socorro a gritos contra aquellos extraños ataques.

   En lugar de ello, su lascivo tacto había encendido un nuevo fuego que surcaba por todas mis venas, y que se asentaba con gran fuerza en aquel centro vital de la naturaleza, donde ahora las primeras manos extrañas estaban ocupadas en palpar, presionar y comprimir los labios. Los abrió nuevamente, con un dedo entre ellos, hasta que un ¡Ay! le hizo saber que me estaba lastimando. La estrechez del conducto, incólume aún, impedía el paso a mayor profundidad. Mientras tanto, el movimiento espasmódico de mis extremidades, mis lánguidos encogimientos, mis suspiros y mi respiración entrecortada, conspiraban para asegurar a esa sabia libertina que su proceder me producía más placer que ofensa. No vaciló en sazonarlo con repetidos besos y exclamaciones tales como: Oh, qué linda criatura eres! Qué feliz será el primer hombre que haga de ti una mujer! Oh, qué daría yo por ser un hombre! Estas y otras expresiones igualmente truncadas, eran interrumpidas por besos tan fervientes y fieros como jamás recibí del otro sexo.

   Por mi parte me sentía transportada, confusa y fuera de mí: aquellas sensaciones tan nuevas eran demasiado para mí. Mis sentidos, enardecidos y azorados, eran un torbellino que me robaba toda libertad de pensar; lágrimas de placer corrían a borbotones de mis ojos, apaciguando un tanto las llamas que me abrasaban por todas partes.

   La propia Phoebe, aquella pura sangre tan montada a quien todas las formas y artificios del placer le eran conocidos, al parecer encontraba en su oficio de iniciar a las jóvenes la gratificación de uno de esos gustos arbitrarios que no tienen explicación. No era que odiara a los hombres, ni tampoco que tuviera predilección por las de su propio sexo; pero cuando se encontraba en situaciones como la que describo, una avidez de saciarse de deliquios en la zona común, y acaso también algún secreto prejuicio, la instaban a derivar el máximo placer donde fuere, sin distinción de sexos. Con tal visión en la mente, y segura ya de haberme encendido con su tibio toque lo suficiente para cumplir sus propósitos, bajó suavemente las mantas, y me encontré tendida cuan larga era en toda mi desnudez, con mi camisón elevado hasta el cuello, sin encontrar la fuerza ni la voluntad para evitarlo. Hasta mis encendidos sonrojos expresaban más deseo que modestia, mientras la bujía, que permanecía encendida (indudablemente, no por azar), alumbraba todo mi cuerpo.

   No!, exclamó Phoebe. No debes, mi dulce niña, pensar en ocultarme todos estos tesoros. Deja que también mis ojos se alimenten. Y mi tacto. Déjame devorar estos tiernos capullos... Déjame besarlos una vez más... Cuán firme, cuán tersa es su blanca piel y qué formas tan delicadas...! Ay y qué delicioso vello! Déjame contemplar tu pequeña, tu adorable y tierna gruta! Esto es demasiado, no lo puedo soportar! Tengo que..., tengo que...

   En un arranque de éxtasis, me tomó la mano y la condujo hasta donde usted fácilmente adivinará. Pero, qué diferente era siendo la misma! Una tupida urdimbre de gruesas hebras rizadas señalaban a la mujer madura y completa. La cavidad, a la cual guió mi mano, fácilmente franqueó la entrada; y tan pronto como la sintió enclavada en su interior, comenzó a oscilar hacia adelante y hacia atrás con una fricción tan rápida que hube de apartarla, húmeda y fría. Después de dos o tres hondos suspiros y ayes se serenó; y, plantándome un beso en el que pareció exhalar el alma, me volvió a colocar las mantas suavemente.




No hay comentarios:

Publicar un comentario

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...