miércoles, 14 de marzo de 2018

Las alumnas de la Escuela Sissy. Dulciny



   Le pinté los ojos con un maquillaje brillante de color plata y le di pinceladas en color rosa, con brillos de fiesta. Delineé bajo sus largas pestañas postizas ya recargadas de rimmel una raya de negro bien prostibularia. Luego rodeé sus labios rosados con un lapiz oscurito para hacer contraste y una vez bien maquillada en plan prostiputa, la puse frente al espejo para que se viera. Se quedó muda. Nunca se había visto tan provocativa. Probó poses, se sacudió la melena, ensayó gestos con las manos haciendo tintinear las pulseras, se rió con una risita nerviosa... y llegó el momento de la verdad. Hasta ese momento todo había sido un juego entre nosotras. La miré con cierta severidad y le dije nena, espero que no me defraudes. Adentro de esa habitación, te van a coger y vas a ser puta para mí. Dulciny me miró con algo de temor pero sonrió.

   Entré a la habitación siguiendo su contoneo de caderas, me senté con ella en la cama, la besé suavemente en la mejilla y le prometí que la esperaría en el living. Volví a explicarle que para su debut, era fundamental que no se mostrara como una sissy novata; por eso había elegido vestirla y pintarrajearla como a una cabaretera. Si el hábito hace el monje, el maquillaje hace a la puta. Un poco nerviosa pero no tanto como ella, encendí las luces rojas y esperé que el chongo citado previamente llegara.

   Yo sabía que su primer cliente no iba a ser un chico lindo. No tenía porqué ser atenta ni considerada con mi pupila. Una famosa vedette argentina contó una vez que para poder cumplir su fantasía de ser prostituta por una noche, buscó a un hombre que le pagara por sexo pero que no le agradara; sólo así podía realmente vivir la experiencia de una puta que se deja coger por dinero. Así fue con Dulciny; su primer cliente era el típico cometravas de travestis baratas: un hombre grande de cuerpo y de edad, poco atractivo y nada galante. Sin importarle demasiado el estado un tanto nervioso de ella, después de una mamada para entrar en calor, la acomodó en cuatro patas, se calzó el preservativo y se la metió lentamente pero con firmeza, agarrándose de sus nalgas. Dulciny gimió al principio pero más por temor que por dolor porque el chongo no era demasiado dotado y pudo recibirlo en su culo sin demasiados esfuerzos. La bombeó un largo rato hasta acabar, se sacó el condón con semen, lo tiró, se vistió y se fue. 

   Cuando volví a la habitación, la nena estaba tirada en la cama. Lejos de todo temor o culpa, sonreía y movía el culo como si todavía tuviera la verga de su primer cliente adentro. Todas sus inhibiciones habían desaparecido. Le revisé el culo lubricado y le metí un dedo y después dos dedos juntos, comprobando lo abierta que había quedado. Ya veo que sos toda una puta le dije con un autoritario tono de proxeneta. Te doy cinco minutos para ir al baño porque te necesito para otro polvo. Ella obedeció sumisamente. Minutos después, volvía sonar el timbre.

   Era el segundo chongo de la noche. Este era algo más sofisticado: le pidió que se paseara por la habitación para verla con el look que yo le había seleccionado. Dulciny lo hizo como toda una profesional, dió una vuelta a toda la cama con una boa de plumas cayendo por la espalda y contoneándose seductoramente sobre los tacones de stripper. Finalizó su paseo arrodillándose ante su cliente y comenzó a mamarlo con devoción. El muchacho se excitó tanto que no quiso penetrarla, se masturbó frente a ella pidiéndole que le ponga su mejor cara de puta. A mi juego me llamaron, habrá pensado Dulciny mientras le hacía con la mirada y la lengua todas las poses de nena chupaverga practicadas durante años de masturbaciones prohibidas. Excitadísimo ante semejante show, él no pudo resistir más y le acabó en la cara. Dulci cerró los ojos y gozó cada chorro y cada gota, conociendo por primera vez las delicias de un bukkake.

   Esta vez, fue ella quien lo acompañó hasta la puerta y sin limpiarse el semen, vino a mí, feliz y orgullosa de mostrarme su maquillaje corrido. Yo le mostré los billetes que había ganado con ella diciéndole mirá puta, esto lo gané gracias a vos. Andá a limpiarte y no se te ocurra besarme con esa boca! Sí, mi Ama, la escuché responder mientras iba hacia el baño moviendo el culo a cada paso. Al rato apareció feliz con cara de golosa bien cogida; se había vuelto a maquillar y traía en la mano el gloss para darle brillo a sus labios rosados delante mío. 




   Sonreí satisfecha cuando la ví pintarse, ya no para un cliente, sino por puro vicio. Se notaba lo orgullosa que estaba por haberme demostrado que era una puta de carrera. Como leí una vez en un blog de una travesti, mi sissy Dulciny ya formaba parte de una Hermandad Femenina, la más antigua y noble del mundo.


2 comentarios:

  1. Es increible la de cantidad de veces que nosotras las maris hemos leido o imaginado una situación como esta. La fantasia de convertirse en una puta al servicio de un proxeneta especial ( femenino y dominante ) es una de las mas típicas de todas las sissies y aún así cuando está bien relatada como es el caso nos lleva a ponernos muy muy calientes...y yo de hecho me he imaginado a un buen chongo corriendose em mi cara mmmm

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    1. Ya lo sé, mi amor. Las conozco muy bien. Por eso, les escribo lo que les escribo

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