domingo, 16 de abril de 2017

Conchas argentinas







   Una vez a la semana, visito un salón de estética femenina para hacerme las uñas. Soy testigo, y a veces participante, de conversaciones femeninas sobre temas varios. La semana pasada, sentada y esperando mi turno, escuché a una chica joven a quien se le escapó un insulto al consultar no sé qué cosa en su teléfono celular. La concha de la lora. Una señora algo mayor, la amonestó suavemente con un qué boquita, nena. Ella sonrió como disculpándose. Aburrida y sin poder contenerme, me atreví a preguntar al resto de las asistentes qué palabras usaban cuando hablaban de sus conchas. No dije la palabra, apenas moví los labios para que se comprendiera la pregunta evitando provocarles la incomodidad de la expresión tan vaginalmente condenada.

   La más conversadora del grupo y experta en toda clase de temas triviales tomó la palabra y dijo que cuando hablaba con sus hijas, se refería a la concha como la casita. Lo curioso para mí no fue el eufemismo doméstico sino que tuvo que referirse a la concha de sus hijas para hablar de vaginas. Como si ella no fuera poseedora de algún tipo de órgano sexual por sí misma. Otra, algo mayor, lo cual parecía hacerla más respetable para decir verdades, dijo que en su casa se le dice la joyita. Me gustó por la valorización de lo femenino; me la imaginé al instante como lectora de mi blog. Otras decìan que no. Al principio, no entendí. Como qué no? Así es, no le dicen nada, no tiene nombre, no existe. Una me aclaró Es que yo no tengo hijas mujeres. Su aclaración terminó por dejarme a oscuras.

  Ninguna la llama vulva, vagina o concha. No me extraña para nada. Hasta la tan supuestamente osada revista Cosmopolitan versión argentina, solía referirse a tu zona sur o a tu zona V cuando la nota trataba sobre sexo.

   Aquí en el Río de la Plata, la concha tuvo la mala fortuna de ser amiga de la ch. Se la llama cachu, cachucha, chucha, chuchi, chunchuna, chacha, cucha, etc. Formas coloquiales de esconderla detrás de una frase. Y digo bien esconderla, pues creo que ese es el objetivo. La vagina avulvada de toda mujer sigue siendo un misterio del que sus dueñas no hablan. Apenas son las vedettes, las bailarinas de carnaval o las strippers quienes hablan de ponerse el conchero, esa pieza de lencería que les permite ocultarla sabiamente. Pero se sabe que esas son las chicas malas, de ellas tampoco se habla, salvo cuando llegan a famosas. Mi sueño es alguna vez poder ponerme un conchero y caminar luciéndolo me confesó una chica cross en el baño de mujeres de Class, mientras nos retocábamos juntas el maquillaje después del sexo. Te entiendo perfectamente le respondí. Es que la mayoría de ellas (aunque siempre hay tristes excepciones) están enamoradas de nuestras conchas.







   Mis adoradas lectoras, esa mañana volví a mi casa con mis uñas rojas relucientes y un profundo sentimiento de orgullo vaginal que quise volcar en esta breve columna. Cómo voy a privarme del placer de proclamar mi orgullosa condición de portadora de una concha bien usada en este mundo tan hipócritamente conchudo? Soy mujer, tengo concha y me gusta tenerla. Una condición tan políticamente inaceptable como el sado, tan sugentemente ofensiva como lo sensual, tan placenteramente laudatoria como todo lo femenino.


4 comentarios :

  1. Ay como me gustó esta entrada.
    Entrada vaginal, desmesura vulvar de tenerla y amarla, y usarla y comerla.
    Besos Roxy.
    Sol.

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    Respuestas
    1. Tenerla, usarla, amarla y comerla. Delicias femeninas. Gracias Sol

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  2. Me encantó la propuesta. Yo amo las conchas, no para penetrarlas porque soy mujer transexual, para tener una, para darla al placer del Otro, y por donde recibir su placer; para besar y diosfrutar las de las mujeres que la tienen en forma natural; para mirarlas tan sólo, cuando no puedo tocarlas, olerlas, saborearlas. Silvia Sumi.

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    Respuestas
    1. A veces, cuando estoy con pocas ganas de ponerme a escribir algo para compartir, me vienen a la mente los maravillosos comentarios que recibo.

      Como éste, de Silvia Sumi, que me llena de emoción

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